martes, diciembre 23, 2008

Navidad




Aquí no hay navidad.

Y a mí la navidad no es que me haya gustado mucho, más allá de la hallaca y el aguinaldo (no el musical, sino ese que se refleja en cifras en la cuenta del banco, hecho que me ocurrió escasas pero extremadamente recordadas veces) Sin embargo, desde que vivo en este lado del mundo celebro la navidad porque aquí es cosa de grupúsculos, sub - mundos, sectas, extranjeros, marginales, muchas veces ilegales. Y yo, que no puedo con mi genio a la hora de llevar contrarias, me dedico en estos días a colgar guirnaldas en un arbolito plástico que compré en la estación de autobuses (templo de la “otredad”) Ese arbolito es casi un acto político. Cada vez que sus luces brillan, es como si voces desde la ventana me señalaran por diferente.

(Esto, por supuesto, es un tontería mía, que si soy diferente es por el acentazo con el que hablo y no por un arbolito de plástico. A parte de que la industria navideña es tan fuerte y está tan bien armada que no es de extrañar que empiecen a poner arbolitos algún día por estos pagos)

Pero el problema de todo acto de rebelión son los niños. Si mi arbolito era en un principio símbolo de resistencia cultural, ahora es nuevamente un arbolito de navidad frente al cual dos niños gritan y aplauden contentísimos.

Y cómo explicarle a mis niños que apesar de que Jesús nació aquí mismito, en una ciudad llamada Belén, somos los únicos de nuestra zona que ponemos un arbolito para celebrar su nacimiento. Mi niña, más sabia que yo, ni siquiera me pregunta. No le interesa. Sus ojos se llenan de luz sólo ante el árbol y los futuros regalos y me dice:

- Mamá, a mi no me gusta Moisés – ese que iba en una cesta también, pero por un río. Yo prefiero a Jesús.

- ¿Por qué?

- Por los regalos.

El sentido práctico de los niños.

El año pasado, cuando por primera vez le eché el cuento del niño Jesús, me dijo:

- Ahora yo te voy a echar el cuento de Jesús y Don Quijote.

Y me contó una historia alucinada que mezclaba el cuento recién escuchado y escenas de un Don Quijote para bebés.

La sabiduría de los niños.

Recuerdo que entonces pensé que algo hay en esa mezcla. Digo, la de Don Quijote con Jesús. La misma bondad. ¿La misma locura? Yo creo en un jesús quijotesco.

Ahora que mi arbolito es sólo un arbolito de navidad, ahora que mis niños brincan y aplauden a su alrededor, ahora que estoy loca por abrir los regalos y porque ellos abran sus regalos, creo que por fin entiendo un poquito de lo que se supone que es la navidad.

¡Feliz navidad!

jueves, diciembre 18, 2008

Desvío 3



Me gustaría hacer una teoría del desvío literario que comenzara así:

Un desvío siempre es perverso.

Porque a fin de cuentas un desvío es un rehuirle a la norma. A la vía principal. A la regla genética. A la gramática reproductiva.

Tendría que aclarar primero a qué tipo de desvíos me refiero. Se me ocurre que hay un desvío semántico. Otro sexual. Otro sintáctico. Otro anecdótico. Otro genético.

Probablemente existan sólo dos grandes tipos de desvíos, siguiendo a la escuela clásica: el desvío de la forma y el del contenido. Y dentro de estos dos, miles de posibilidades.

Es mi abuela tratando de poner un ejemplo didáctico, para que nos quede clara la posibilidad de la traición, del desvío amoroso. Pero también es Laila cambiándole la vida a la familia libanesa que la traducía, descarriando el destino propio y ajeno. Soy yo misma, olvidando mi supuesta teoría y fajándome a escribir una anécdota familiar que ya creía olvidada. Somos yo y mis primas desperdiciando la moraleja.

Tal vez existan mejores formas de llamar a las divagaciones, pero me gusta la palabra desvío porque tiene en el fondo algo de insurrección. Me recuerda a la palabra portuguesa "viado", tan desviada.

Un descarrío, un perder el camino, un perderse. Desviado el honor. Perdida la honra., pero ¿según quién?

Siento un gusto retorcido por mirar como el que narra pierde el norte. Me gusta perderme yo misma también. Comenzar a contar algo que no viene al caso y no poder parar.

También me gusta la versión inglesa de la palabra: detour. El anti tour. Un paseo que nos lleva por carreteras olvidadas, caminos secundarios, sin paradas prefijadas ni ilusión de simetría.

Vila-Matas, rey de los viados, es decir, amante de bifurcaciones y descarrilamientos, cuenta en "El mal de Montano" una película llamada "Detour" y muestra dos posibilidades de desvíos. Una: dejarse llevar por el cuento de la película. Otra: la propia película, un film noir estadounidense de bajo presupuesto en el que una tal Ann Savagge hace de femfatal fatalísima. Un músico de Nueva York va a Los Angeles a encontrarse con su novia -cantante que se ha ido a probar suerte en el cine-, pero va de autostop y con en el primer carro que lo lleva comienza su desgracia o su desvío.

La película es de culto y pueden ver el inicio al principio de este post o verla completa aquí.


No recuerdo como se dice desvío en la lengua que me rodea, será por eso que siempre me pierdo cuando manejo.

jueves, diciembre 11, 2008

El chicle de Marla Singer o "Cosmética del enemigo" de Amelie Nothomb.



Amelie Nothomb se parece físicamente a ese personaje de la película "El club de la pelea", esa chica llamada Marla Singer. Y "Cosmética del enemigo" tiene algo de esa película: el tema del desdoblamiento de la personalidad, de ese enemigo interno que se hace cuerpo e interpela (y enloquece) a los protagonistas. Pero como la película (y en todo caso, el libro de Chuck Palahniuk) es anterior a "Cosmética..." entonces uno se queda como pensando en si Amelié vio la película y tomó la idea o fue casualidad. De todos modos, eso no sería mal de morir, todo ha sido ya contado, diría Borges. La falla de la novela va por otra parte: a mi juicio esta cortísima novela es un cuento estirado, cosa que se ve tanto en la narrativa de los últimos tiempos, al menos en la que me ha tocado leer. Eso de estirar la anécdota como un chicle hasta alcanzar el mínimo de páginas necesarias para una novela corta. El producto de ese estiramiento es un chicle mascado y fofo, sin sabor ni contextura. Pero bueno, no voy a exagerar, que la novela de Marla, que digo Amelie, no es tan fofa y sí tiene lo suyo en las primeras páginas. Una novela muy corta que se lee en una sentada porque además tiene la agilidad que le proporciona el hecho de estar escrita en diálogos. Sigue un esquema tradicional de personajes enfrentados (que según cuentan es el esquema favorito de la autora) Así nos presenta a dos tipos contrapuestos que coinciden en un aeropuerto. El vuelo se retraza y uno se empeña en contarle su vida al otro, a como dé lugar. Dos personajes que se contraponen y que terminan siendo uno solo, como si Sancho Panza fuese el amigo imaginario de Don Quijote, o viceversa. Los diálogos son buenos, aunque en algunos casos tienden a ser demasiado explicativos. No sé, me imagino que a falta de narración, se le hizo necesario explicar y negó al lector la posibilidad de completar los vacíos de información. Ese es el gran problema: no exigir más del lector. Creo que una novela de diálogos debe exigir al lector la tarea de rellenar la escena, la anécdota, no sé. Unas 15 páginas antes de terminar, los diálogos se dedican a repetir y explicar lo que ya el lector armó en su cabeza, es decir, no eran necesarias. Le restan agilidad, perversidad a la historia. Y la explicación final está totalmente fuera de lugar, demás, no hacía falta. Si la novela hubiese terminado unas 15 ó 20 páginas antes, hubiese sido un muy buen cuento, pero nadie le dijo esto a Amelie, o si se lo dijeron ni le importó. Me la imagino irreverente, parada como Marla, estirando un chicle que ya sabe a nicotina, enrollándoselo en los dedos o en la punta de la lengua, mirándome con cara de "y a mi qué, pendeja" y con ojos de "quién eres tu pa criticar, anda, mejor despiértate a las 4 de la mañana a escribir todos los día" o con boca de "a quien le importa", con hombros de "total".

Mientras yo paso siglos colgando la ropa en las cuerdas, descolgándola cuando está seca, doblándola y poniéndola en su lugar; la fastfood de la Nothomb saca un libro cada septiembre.

miércoles, diciembre 10, 2008

Desvío 2


Lo que diferencia a un cuento de una novela son sus desvíos.

O un desvío es un cuento dentro de una novela. Un cuento que funciona solo, como esos que están al final de "La tarea del testigo" de Rubi Guerra, pero que en el entramado que los contiene adquieren mayores resonancias. O las historias contadas por la madre del narrador en "Historia de amor y oscuridad" de Amos Oz. O ese cuento, para seguir con Oz, del gorila en "No digas noche". Un hombre quiere hacer una clínica de desintoxicación en honor a su hijo muerto de una sobredosis, habla con una de sus profesoras y en medio de la conversación – que gira esencialmente alrededor del tema que les atañe- echa el cuento de un bebé gorila que encontraron mientras vivían en algún lugar de África. El pequeño gorila es criado como un hijo y como tal se comporta hasta que llega a la pubertad (que en los gorilas llega más rápido que en los seres humanos) Entonces se enamora de la madre y entra en conflicto con el hijo de la pareja y con el padre. Celos, asedio sexual, depresiones. El cuento es espectacular, dura unas cuantas hojas y termina en la frase: "Pero no sé por qué le cuento todo esto" dicha por el padre avergonzado. El cuento no es una reproducción en pequeño de lo que pasa en la novela, como suele suceder, que Oz no es así de predecible, aunque si uno se pone a buscar las 5 patas al gato, algo encuentra. Es un cuento en apariencia gratuito. Me encanta esa gratuidad aparente, un cuento que nos atrapa pero que no tiene nada que ver con lo que estamos leyendo a primera vista. Es como si el narrador también se preguntara: ¿por qué cuento todo esto? Como si estuviese poseído por un ansia de contar que le hace salirse del cause y regodearse en las ramificaciones. Un desvío es una muestra de cómo la historia se apodera del que la escribe y lo hace irse por ramificaciones inesperadas. Me gustan los desvíos que en apariencia son gratuitos, son una muestra de la locura e imperfección de las novelas.

Pero, ojo: un desvío no es un turning point. No son esos desvíos de las autopistas rizomáticas y grises de por estos lados, esas de asfalto nuevecito y miles de carriles. Yo con más de dos carriles no puedo, mucho menos con anuncios que brillan de tan nuevos, por eso evito meter mi carrito en esas arañas, pero es tan inútil como evitar el oxígeno, así que un día me encontré a mi misma sufriendo en el pavimento de una araña urbana. "Arañas" las llamo porque en este idioma antiquísimo autopista y araña suenan casi igual y porque me las imagino como las arañas metálicas e industriosas de The Matrix o porque me viene a la cabeza el distribuidor "La araña", allá en la lejana Caracas. Lo cierto es que tenía que correr más de lo que mi pobre carro puede, más incluso de lo que está marcado en el velocímetro, que aunque hay velocidad regulada, mi carrito no llega a los 120 sin desintegrarse. Estaba mareada por tantos carriles, tantos carros. Así fue como erré mi desvío y sólo me quedó la posibilidad siguiente. Entonces entré en una zona de miles de edificios idénticos, calles en círculo, pocos transeúntes. Un laberinto del que salí cuando ya no tenía sentido alcanzar mi destino. Me regresé sin nunca haber llegado.

En un desvío hay retornos.

miércoles, noviembre 26, 2008

Desvío 1


Lo que más me gusta de una novela son sus desvíos.

Me recuerdan a mi abuela queriendo dar lecciones de moral o de vida a través de algún cuento largísimo y divertido que al final nadie recordaba de dónde había venido ni por qué. Si un novio de alguna de las primas iba a llevar a casa a una amiga, la abuela desempolvaba el cuento de Laila. Laila era una especie de femfatal que acababa de llegar del Líbano y se había mudado en un apartamentico de la populosa Av. Urdaneta caraqueña de los 60, en un edificio cundido de extranjeros: libaneses, judíos, italianos y mis abuelos que eran de la provincia, otra forma de ser extranjeros. Laila no paraba de llorar y de rezongar en su idioma y otra libanesa con un español un poquito más avanzado, atravesado por mucho francés, la consolaba y la traducía a las otras señoras italianas, judías y a mi abuela, yaguaraparera (si es que se dice así) ¿Qué era lo que hacía llorar de esa forma desgarradora a la pobre Laila desde que llegó del Líbano? – se preguntaban las demás señoras entre curiosas y conmovidas. Por chisme o por compasión, las invitaban a tomar café y cada una con un cigarrillo en mano –también mi abuela- se sentaban a escuchar el menjurje linguístico: primero Laila en su idioma de jotas raspantes, luego la otra señora en un español rudimentario. Laila, oscura como la noche, había tenido que huir de un marido malvado que le pegaba y demás; un marido tan malo que no andaba en nada bueno allá en el Líbano y allí las señoras judías temblaban y recordaban la guerra de los seis días, aunque no sé si eso fue antes o después. Lo cierto es que en su carrera, Laila, tersa como una pantera bañada de lluvia, tuvo que dejar atrás a sus dos hijos. Por ellos lloraba desde que había pisado Caracas. Un familiar o un paisano le había prometido ayudarla a resolver desde aquí el problema, apelando a no sé qué procedimiento de derecho internacional, pero antes tenía que conseguir un piso económico, trabajar día y noche en el negocio, como esclava, para reunir no sé cuanta plata y no recuerdo para qué. Tal vez para los pasajes de los niños. Lo cierto es que la pobre Laila llegaba todas las noches a ese edificio de la Av. Urdaneta con el lomo partido de tanto trabajo y el alma quebrada de desconsuelo. Cada vez más flaca, con los labios cada vez más rojos de tanto mordérselos, los ojos cada vez más claros de tanto llanto, Laila subía las escaleras de aquel viejo edificio como un alma en pena y las señoras movidas por el chisme o la compasión, se la llevaban a tomar una sopita o un té, a que comiera algo, pobrecita, que no podía ser que estuviese extinguiéndose así, a fuerza de trabajo, tristeza y poca comida. La que más la consolaba era la otra libanesa, la que fungía de traductora. Otro que comenzó a traducirla y consolarla fue el esposo de la señora libanesa. En este punto debo confesar que no recuerdo si el señor era pariente lejano de Laila o algo por el estilo. Lo cierto es que un día, probablemente la madre desconsolada (la mamacita, porque era de una belleza abrumadora, según mi abuela) ya había reunido una cantidad de dinero suficiente como para tratar de solucionar la separación de sus hijos, se decidió un viaje de urgencia a Beirut. Laila iría acompañada por un hombre que la representara: el esposo de su traductora. Así fue como se largaron y más nunca se supo de ellos. No porque el marido malvado hubiese metido las manos en el asunto, sino porque el amor había nacido entre ellos luego de tantas traducciones y consuelos. La pobre señora libanesa se quedó con 5 hijos en el destartalado edificio de la Av. Urdaneta, llorando para adentro. Las vecinas, por chisme o compasión, la invitaban a tomar un cafecito, a jugar las cartas, a preparar la comida de navidad o de jánuka. El nombre de Laila nunca se mencionó en su presencia. El marido era como si nunca hubiese existido, como si ella hubiese llegado sola de Beirut. Laila era un nombre impronunciable también para mi abuela, como si todo los oscuro estuviese en ese nombre, toda la trampa y la perversión, la trastada y la puñalada trapera. ¿Sabría mi abuela que Laila en las lenguas semíticas quiere decir "noche"? No sé, lo cierto es que cuando mi abuela terminaba su cuento, todas estábamos viviendo en ese edificio de la Urdaneta, preguntando detalles de los demás inquilinos o de nuestras madres. Ya nadie se acordaba de dónde venía la cosa y probablemente el novio que se había ofrecido a llevar a su casa a la amiga, estaba disfrutando de la piel y el reverso de una Laila criolla. ¿Y qué? Si nosotras estábamos metidas en ese cuento, en esos nombres, en Beirut. Perdidas en ese desvío.

domingo, noviembre 16, 2008

Magnificat de Oz


Una mañana de felicidad naranja: me levanto
a las cuatro y media y a las cinco después del café
me siento a la mesa y casi al instante salen
dos líneas perfectas, salen del bolígrafo hacia la hoja
como un gatito elástico que surge tambaleándose de
la espesura, salen y ahora existen como si no se hubiesen
escrito, como si hubieran sido siempre, no mías sino
de sí mismas. La luz de las montañas del este
alarga los brazos sin vergüenza alguna, toca
lugares ocultos y provoca jadeos en todo,
pájaros, copas de árboles, avispas
estamos tan contentos que dejamos el escritorio
y antes de las seis salimos a trabajar al jardín, el narrador
ficticio, los protagonistas de esta confesión
el autor implícito, el escritor madrugador y yo
.


Amos Oz: "El mismo mar"

viernes, octubre 31, 2008

Escritoras


Una noche brillante de rascacielos y lluvia, corría yo a tomar el tren que me devuelve a mi suburbio campestre. El penúltimo tren, la penúltima oportunidad de abandonar esa ciudad de mediterráneo y cafés con nombres de personajes famosos. Corría pues, aunque más que correr lo que hacía era deslizarme en el brillo de los pozos y el asfalto. Entonces es mejor escribir que me deslizaba entre la gente, cuando de pronto apareció una chica de impermeable rojo frente a mí y con cara húmeda e increíble me dijo:

- Soy escritora.

Me paré en seco. Casi me caigo, pero la chica me agarró de un brazo con una mano, mientras que con la otra pegó unos papeles mojados y borroneados a la punta de mi nariz.

- Esto es lo que escribo- dijo

Apenas reconocí algunas letras en ese amasijo, mientras ella comenzaba una cantaleta, que pronto iba a publicar pero que ahora no tenía dinero para comprar el billete del tren, que esos papeles algún día tendrían gran valor, que yo los podría vender, que ahora ella me los vendía por sólo una moneda de 10.

Su aliento y su olor hacían una trenza muy fuerte. Sudor, nicotina, una botella de vodka o algo así, que entretejidos se volvían un sólo olor grosero y hostil. Mi primer instinto fue decirle que no y sacármela de encima, pero me sonó ese tilín que a veces me suena a destiempo, siempre descolocado. Ella se llamaba a sí misma escritora, un adjetivo que a mí me queda grande, que yo no me atrevo a colocar junto a mis demás adjetivos así tenga varias hojas escritas. Ella dijo "escritora" en otro idioma ("soferet") y la palabra brillo mucho más que la lluvia y los espejeados rascacielos. Traducida a mi idioma, la palabra creció por encima de todas las cosas, incluso de sus escritos que pegados a mis ojos me impedían verle bien la cara.

Tal parece que uno levanta una piedra y salen 10 escritores. Todos con la valentía de llamarse a sí mismos escritores. Algunos se publican en ediciones de autores, otros ganan premios, no muchos venden sus escritos a las puertas de cualquier estación de trenes, no pocos escriben blogs. Escritores que se llaman a sí mismos escritores, algunos sin haber escrito nada. ¿Será que la literatura es una enfermedad, que el que se pone a leer termina escribiendo un blog, armando una "peña literaria", vendiendo poemas, o cuando menos agarrando la pose y el adjetivo? ¿Será que yo también debo llamarme a mí misma escritora a pesar de sentir que la palabra es más grande que los rascacielos de aquella noche? ¿Será que en el fondo pienso que para llamarse escritor hay que estar legitimizado por algo o alguien fuera de nosotros mismos?

El tilín me dijo que me equivocaba, que yo también era escritora, pero una escritora de pacotilla que ni se atreve a llamarse a sí misma escritora, ni vive de lo que escribe. En cambio, esa chica estaba apoderada de su rol ("soferet") y sacaba un billete de tren con sus escritos.

- Yo también soy escritora – le dije.

Y ella me soltó como pensando "de esta no voy a sacar nada". Retrocedió, junto a su olor.

Me acordé de esos cuentos en que alguien se consigue con su doble viviendo la vida que él podría haber tenido. Cortázar o "Dimensión desconocida", no sé. Probablemente ella pensó lo mismo cuando me vio sobria y queriendo llegar a mi casa a tiempo. Por eso me soltó asqueada y se quedó en silencio.

Le saqué los papeles de la mano, le entregué una moneda de 10 y me fui corriendo – deslizándome - a esperar el último tren.

miércoles, octubre 29, 2008

Heme aquí!

Soy anónima!

Es decir que este blog es anónimo, pero a veces me pongo a pensar que para qué, si no es que sea yo una estrella queriendo pasar desapercibida, una escritora de renombre que escribe tonterías en un blog, pero no quiere ser reconocida. Es decir, que si digo mi nombre o no lo digo, a quién le va importar! No es que alguien me vaya a reconocer! No es que nadie vaya a decir: !ay, qué horror!

Creo que soy anónima por tímida.

Tímida, pero pretenciosa y pantallera, heme aquí en el video que mandé a la presentación de mi libro, haciendo pucheros por no haber ido!


miércoles, octubre 22, 2008

Édita


Señoras y señores acabo de abandonar el renglón de escritora inédita y me he instalado en el de édita, cómodamente –ni se imaginan, qué lujo-, codeándome con todos los éditos míticos, porque ahora yo también tengo un libro y estamos en el mismo gremio (que si este tiene más, que si yo tengo uno sólo, eso a quien le importa, una autora édita es édita no importa si con medio libro o con miles)

Tan édita, que ni yo misma lo creo y voy de la risa al llanto sin pausas ni preámbulos.

Sobre todo al llanto porque no voy a estar presente en la presentación (paradójica redundancia) Si una pitonisa hubiese leído en la palma de mi mano que me iban a publicar un libro y que yo no asistiría a la presentación, no le hubiese creído ni media palabra. Bueno, lo de publicar un libro tal vez ... pero lo de no estar en la presentación... ¿a quién se le ocurre? ¿en qué cabeza cabe? ... Ya no estuve en la premiación, ahora no estoy en la presentación. "Los jardines de Salomón" anda dando tumbo por allí, solo como un niño abandonado. Quien no me conoce creerá que es por misteriosa, por dármela de Thomas Pynchon, que no aparezco en ningún acto público que tenga que ver con mi libro, pero no. Qué más quisiera yo, con toda la pantallería acumulada que se me está venciendo por falta de uso, que ir a un acto lleno de gente, vestida de ninfa o de femfatal, quizá teñirme el pelo de rojo como la Gorodischer o poner pose de diva o tocarme el diente roto con la punta de la lengua, sacarle brillo al piercing de la nariz, eso sí, hablar de mí misma y de lo que escribo, firmar autógrafos, posar para las fotos, emborracharme sonoramente e irme esa misma noche a buscar a "El dolar" por todas las calles y callecitas del puerto cumanés. Qué más quisiera yo que estar allí, aunque por vergüenza no haga ninguna de esas cosas! Ay, escribir para mí es un acto solitario, tan solitario que ni siquiera estoy cuando finalmente se hacen públicos mis cuentos....

Pero me río: qué honor que mis historias traspasen el monitor, se vayan más allá de mis dedos con vida propia. Que mi nombre esté impreso en una portada. Que esté édita. Qué honor. Qué placer.

jueves, octubre 09, 2008

¿Ya no más verde?


Este blog fue verde desde sus inicios, vaya usted a saber por qué, lo que es a mi el verde no me gusta. Debe ser porque yo estaba más verde en eso del blogueo y no es que ahora esté madura pero me dio por el nuevo look y por perder el tiempo buscando una cabecera gratuita en la red.

¿Qué tal me veo en blanco?

¿Qué tal las chupetas?

¿Prefieren que siga verde?

Ojalá alguno de mis cuatro lectores me oriente!

miércoles, octubre 08, 2008

El ansia de escribir historias o "Tumba de jaguares" de Angélica Gorodischer


Angélica Gorodischer es terrible. Terrible por lo buena, certera, maestra de maestras, única y tremenda. Ya sé que no es serio comenzar este supuesto informe de lectura desde el fanatismo absoluto, pero qué le voy a hacer.

Apenas comencé a leer "Tumba de jaguares" pensé que mi fanatismo había llegado a su fin, que la memorable Gorodischer de "Trafalgar" se había descompuesto, le habían pegado los años o la fama, había parado en loca y ahora publicaba algún cuaderno de notas, esas anotaciones sin concierto, ese desastre de lo fragmentario y lo divagado, ese fluir de conciencia que algunas veces me suena a facilón, a que no hay nada en el tintero para decir, a falta de oficio, a flojera. Qué memorable equivocación, que la maestra es MAESTRA, así, con todas las letras en mayúscula, ahora y siempre. Si una, de escritora novata, se esmera en que las primeras líneas o páginas sean las mejores, esta señora se da el lujo de empezar así no más, con ese borrador! Pero, por supuesto, todo encaja en su "artefacto" y se va poniendo cada vez mejor.

Qué envidia de quienes la han visto de cerca, con su pelo rojísimo como la sangre de los jaguares .... pero ese es otro tema.

"Tumba de jaguares" es una novela de escritores, lo que ya se ha convertido en todo un género (o subgénero) de tan repetido y tan de moda, pero ya sabemos (yo y quienes la adoran) lo que la Gorodischer es capaz de hacer con los géneros. "Tumba de jaguares" es también una novela sobre la imposibilidad de escribir, otro tema muy contemporáneo –con su máximo exponente en español, Vila-Matas- pero ya sabemos, quienes la adoramos, que ella no repite ni defrauda.

Tres novelas cortas conforman esta novela, tres narradores que se escriben los unos a los otros, Celina a Bruno, Bruno a Evelynne, Evelynne a Celina, un círculo, ese octágono casi circular que está en medio de la casa emblemática que se repite en las tres novelas y que es escenario importante en todas. No es la típica estructura de muñecas rusas, ni las cajas chinas porque como bien lo dice el primer narrador, Bruno:

"... alguien seguro va a hablar de cajas chinas y si hay algo que me revienta es eso de las cajas chinas, pobreza del lenguaje, pereza del entendimiento y por otra parte quién sabe lo que son las cajas chinas, quién ha visto cajas chinas, hágame el favor"

Tan tremenda la Gorodischer, por eso me encanta. Creo que este párrafo y la casa con centro octogonal es clave para comprender la estructura de esta novela de escritores que se escriben los unos a los otros, pero explicarlo sería toda una tesis ....

La novela muestra desde diversas aristas la imposibilidad de escribir:

1.- No poder escribir desde o por la tragedia personal. ¿Qué hacer? ¿Disfrazar lo que sentimos? ¿escribir sobre cosas o países que nos son ajenos, lejanos? ¿regodearnos en nuestro propio dolor?

2.- No poder escribir desde o por lo cotidiano, la vida o la muerte. El día a día que nos oprime, la enfermedad que nos inmoviliza, la cotidianidad que nos aleja de la mesa, de las páginas, de los personajes que se han quedado suspendidos, aunque en los intersticios del tiempo escuchemos sus voces que nos llaman.

Nunca está la imposibilidad de escribir por sequedad o agotamiento. Hay, eso sí, un "ansia de contar historias" que es obstaculizada en algunos casos, pero que cuando renace o se desborda, permite que los personajes narradores redescubran la felicidad. Porque es un ansia feliz.

Creo que la novela da vueltas al rededor del ansia de escribir historias, más que en la imposibilidad de escribirlas. Esa pulsión que no abandona a los personajes ni aún en medio de selvas, desaparecidos, cuentas por pagar, enfermedades y muertes.

jueves, octubre 02, 2008

En Roma sin mapas ni coliseos




Si todos los caminos conducen a Roma, no son necesarios los mapas. Así fue que con unas cuantas indicaciones telefónicas de mi señor marido - mi GPS espiritual- me metí en el Leonardo Express, vía Termini sin ningún mapa y casi nada de plata. Ajá, ¿pero de dónde viene todo esto? ¿cómo es que en plena peladera aparecimos en Roma? Muy simple: el avión de regreso de la patria hacía una escala de doce horas en la capital de la bota mediterránea y a pesar de que al menor de mis retoños le dio un fiebrón inesperado en pleno vuelo, me dije a mi misma que quien sabe cuando volveré a Roma, que un buen antipirético y siestica en el coche calman todo estado febril, que me hiciera estampar ese sello en el pasaporte y saliera. Sólo me faltaba preguntarle a mi niña si estaba dispuesta a caminar a pesar del estrago del huso horario y la mala dormida en una silla de avión. "Sí", me dijo con los ojos brillantes de alegría bajo su corona de Burguer King, al mismo tiempo que brincaba para que viera las luces de sus zapatos invencibles: "Con estos puedo caminar todo el día y toda la noche" No me quedaba la menor duda, así que nos largamos pues, apenas nos sellaron los pasaportes, siguiendo las flechas que llevaban al tren. Y precisamente el tren –y una dosis doble de remedio de frambuesa- hicieron que mi niño se animara: "tren, tren, tren" –gritaba desesperado mientras esperábamos que se abriera la puerta del vagón. Yo, que sueño con escribir un manual de cómo viajar con niños y hacerme millonaria, el único consejo que puedo dar a quienes vayan a Roma con cochecito de bebé es que se metan en el vagón para bicicletas. Eso, por supuesto, lo descubrí luego de tratar inútilmente de subir a mi niño por la escalera empinada y angosta de un vagón cualquiera. Luego de atascar el flujo normal de pasajeros durante algunos minutos, un hombre se condolió de la madrecita latinoamericana que viajaba sola con dos niños y me ayudo a subir el coche. El metro fue otra cadena de piedades y caridad ajena. "Siñora" me gritaban de todas partes y salían manos dispuestas a subir el cochecito, mientras yo agarraba de una mano a mi niña felicísima por la cantidad de escaleras mecánicas que nos tocaron bajar y subir. Nos bajamos en Barberini y otra vez miles de escaleras. Una vieja mendiga me quedó mirando con cara de "qué –bolas-tiene-esta-tipa" y sin siquiera osar pedirme plata, me preguntó: "¿il bambino camina?" o algo por el estilo. Sí, contesté. A lo que ella replicó: "Entonces sácalo del coche, mijita!!"- o algo por el estilo que seguramente no terminaba en "mijita". Con coche a cuestas y niño de la mano de la niña, emergimos a plena calle. Si todos los caminos conducen a Roma, todas las calles llevan a la Fontana di Trevi. Apenas ver el agua verde esmeralda, las estatuas tan blancas que quemaban los ojos, el bochinche de turistas, mi niño comenzó a gritar "agua, agua, agua" y a querer quitarse la ropa. Mijito, que esto no es una piscina. Casi tuve que llamar a un carabinero para que lo detuviese en su terquedad. Y no sé cómo logre convencerlo de que lo único que íbamos a hacer en aquella fuente era lanzar una monedita y pedir un deseo. Según algunos turistas hay un deseo estipulado: volver. Pero si la moneda es mía, yo pido lo que me da la gana. Mi niña pidió un deseo en voz alta, yo lo pedí en voz baja. El deseo de mi niño era bañarse y tuve que frenarlo en el aire: se iba a lanzar con moneda y todo!



Después del helado de vainilla y un breve descanso en uno de esos escalones, seguimos. "Caminas unas cuadritas más – me había dicho mi amado GPS – y llegas al foro romano". Así que le echamos bola por calles y callejones, los niños con sendas chupetas, hasta que llegamos al foro. Yo estaba tan cansada y tan impresionada que no sabía que carajo era lo que estaba viendo. Se me venían a la mente nombres como Partenón, ágora, acrópolis, cualquier cosa menos foro. Hasta allí nos llegó la fuerza y cómo ya llevaba yo más de 24 horas sin dormir y no me veía a mi misma subiendo el coche por esa escalinata infinita (tampoco veía mucha caridad en los ojos de los turistas alemanes), nos quedamos sentados en uno de los primeros escalones, viendo toda esa maravilla desde abajo.




De regreso un viento súbito le arrancó la corona de Burguer King a mi niña: la vi rodar en medio del tráfico romano mientras mi hija lloraba a los gritos. "La corona, la corona, la corona" – gritaba, o tal vez sea más exacto decir que berreaba- y yo estaba ya a punto de rodar entre carros y autobuses para rescatarla, pero la verdad es que hubiese sido un acto suicida. "No llores más – le dije – después de todo el foro romano no es un mal lugar para perder una corona". Por supuesto que no me entendió y redobló la fuerza de su llanto. Pero siempre hay un templo de la comida chatarra a mano para salvar a una madre desesperada, así que no más alzar la vista vi el castillo del rey de la hamburguesa y sentí mucha más alegría de la que sentí al ver el foro, la fuente y todos los caminos de Roma. Dios existe, definitivamente: allí había una pirámide de coronas de cartón, idénticas a la que había perdido mi niña y ni siquiera había que comprar algo para poder recibir una. No obstante, compre unas papas fritas.



A dos cuadras de todo eso estaba el coliseo, pero eso sólo lo supe cuando ya no estaba allí.

miércoles, julio 30, 2008

Un mar de dudas


Aquella noche, mi hija me pidió que le leyera "El ratoncito que dudaba y dudaba", más que por la historia, por los dibujos: ¡los hizo su tía!. Para ella es mágico eso de tener una tía que ilustra cuentos y muchas veces ha querido seguir su ejemplo. Así, armadas con hojas, creyones, grapadoras, hacemos cuentos. Yo sólo hago el trabajo pesado (grapar, grapar, grapar/ transcribir, transcribir, transcribir) Ella se encarga del arte y el dictado, pero esa es otra historia. Lo cierto es que aquella noche le leí ese cuento porque a ella le gustan los dibujos. Apenas lo cerré me puse a pensar si miniña sabría qué quería decir la palabra "dudar". Me imagino que todas las niñas de su edad conocen el significado de esa palabra, pero como ella es bilingüe, hay ciertas palabras que tiene incorporadas en una lengua y no en la otra.

- Dudar es cuando una persona no sabe lo que hacer – le dije.
- Yo sé, mamá – me dijo, no sin antes verme con cara de "te-volviste-loca"
- ¿Tu dudas? – le pregunté - ¿Has dudado alguna vez?
- No – me dijo, certera- Nunca dudo.
- ¿De verdad nunca dudas? – le pregunté con cara de "ay-dios-mío-estoy-criando-una-serial-killer" – Yo, sí dudo – agregué, dudando del dudoso ejemplo que pudiera darle- A veces, no sé qué hacer o qué ropa ponerme o qué comer o qué escribir o ...
- ......

No me contestó, pero por su mirada pensé que era mejor pasar a otro punto. O mejor no abordar ningún otro tema a esas alturas de la noche y a dormir. Así cerró los ojos y me abrazó, pero un segundo antes de dormirse me dijo con tono de reproche:

- Mamá, tu dudas.
- Sí hija, pero sólo a veces- le contesté aterrada.

En ese instante todas las dudas me cayeron encima como cuchillos afilados. ¿Una madre que duda y duda será una buena madre? ¿En su sueño estaré como ese ratón que no sabía si ir a la izquierda o la derecha o seguir derechito?

La primera madre que no dude, que lance la primera piedra (digo para consolarme)

La verdad es que yo nací bajo el signo de la duda (alguien dijo esto primero que yo, pero no recuerdo quién) Nunca sé lo que decir, todo lo que hoy me parece bueno, al instante lo creo terrible de una forma casi esquizofrénica. Pero en tres o cuatro momentos de mi vida he hecho las cosas con una firmeza que yo misma no lo puedo creer.

Y si en algo nunca he tenido dudas es en el amor infinito a mis hijos, a las luces de sus ojos.

Lo que si me convierte nuevamente en un mar de dudas es en mi capacidad de serles un buen ejemplo, yo que le hablo de dudas a mi niña ....

domingo, julio 20, 2008

¿Cómo me gustaría escribir?




¿Cómo me gustaría escribir?

Como un viejo griego que invoca a los muertos
y envenena a los vivos. O escribir
como un hombre de las nieves que anda solo y descalzo.
Anotar la montaña señalar el mar con una aguja fina,
como haciendo el dibujo de un bordado.
Escribir como un mercader ruso que está de camino
hacia China: encontró una cabaña. La dibujó.
Por la tarde observó por la noche anotó
al amanecer terminó se levantó pagó y se puso en camino
por la mañana temprano.

Amos Oz, "El mismo mar"

lunes, julio 07, 2008

Las viejitas de Tel aviv pueden guardar manuscritos de Kafka

Tel – aviv está llena de viejitas, chupaditas, translúcidas, con ese aire de Mia Farrow delgadísima y con unos cien años a cuestas. Yo siempre me imagino que una de esas viejitas, cuyas manos tambalean al recibir el vuelto de alguna compra, tuvo una vida mucho más excitante que esta que lleva ahora, llena de pastillas y televisión a toda hora. Alguna pudo ser una bailarina, asesina, actriz, meretriz o cualquier cosa más digna que ese caminar con bastones o de la mano de una enfermera filipina. Por eso no puedo dejar de verlas y adivinarles historias en el pergamino de sus cuerpos, en las joyas antiquísimas, en la cartera puesta como un escudo sobre el pecho melancólico. Algunas notan que las veo y me muestran sus dientes sintéticos, agradeciendo mi curiosidad. Despertar curiosidad a esas altura las gratifica, les llena los ojos de una alegría infantil y la boca se abre en una sonrisa de dientes artificiales. Otras fruncen el seño, bajan la mirada o me regalan una ojeada odiosa, como diciéndome que estoy perdida, que no valgo nada, que no tengo modales ni cultura, que debo ser marica o drogona, que me vaya a que me parta un rayo, que respete. No sé detrás de cual viejita va la gran historia, si detrás de las que se ofenden o de las que se alegran. Probablemente detrás de ninguna, porque las viejitas con historias no andan deambulando libremente por allí, sino enfermas o en asilos perdidos. Es posible incluso que ninguna tenga ninguna historia, que la memoria se les haya formateado tras el alzeimer o los años, que se sientan como quien nace de pronto en otra vida y en un cuerpo viejo. Puede que ellas sean un misterio para sí mismas y dediquen sus larguísimas tardes a una actividad de autoinvestigación y descubrimiento. Puede que ya no recuerden nada o que realmente no tengan nada que recordar, pero me gusta pensar que hay algo debajo de esos vestidos de seda y esa dignidad de vieja. Las viejitas de Tel – aviv parecen las más llamadas a tener historias enrevesadas porque casi ninguna nació en esta ciudad o en este país, casi todas vinieron en barcos, huyendo de guerras. Muchas dejaron atrás idiomas y recuerdos. Casi todas hablan con acento y tienen anillos en las manos que datan de eras prehistóricas. Algunas trajeron cofres llenos de cosas que no encontrarían en el Levante: no sólo libros, telas, recuerdos, sino también papeles y manuscritos.
Una de esas viejitas murió hace un año y tal vez yo me la crucé en mis caminatas por la calle Dizengoff o por lo menos eso me gusta pensar. Aunque no sé si ella podía caminar por la Dizengoff a los 100 años... Probablemente estaba encerrada en un mínimo y húmedo apartamento luchando con sus recuerdos una guerra a brazo partido. La guerra por la recuperación de la memoria que deben tener algunas viejitas. Toda una vida tratando de olvidar amores, traumas, pesadillas. Toda una muerte tratando de recordar cualquier cosa. Esa viejita checa probablemente se preguntaba por esa cantidad de papeles mohosos que estaban guardados en el lugar más oscuro de su armario. Eran importantes, eso sí, porque los había guardado casi toda la vida. En esa lucha, en ese encierro en la propia memoria devastada, fue recordando, mientras los vecinos se quejaban del estado de abandono del apartamento, el mal olor que emanaba por debajo de la puerta, la poca disposición para el correcto evacuado de la basura. En esa memoria llena de olores, la viejita supo que fue amante y secretaria de Max Brod, el amigo de Kafka y que esos papeles que guardaba eran del escritor –del mismísimo Franz Kafka- y valían tanto que hacía 20 años había vendido algunos para poder sobrevivir a la ruina, la soledad, el abandono. Probablemente no hablaba a nadie de esos papeles y explicó la repentina fortuna que obtuvo tras la subasta como producto de una lotería o herencia. ¿Qué hizo con esos 2 millones de dólares esa viejita con aspecto de pensionada? ¿Las hijas conocían el origen de aquellos papeles antes de su muerte? ¿Qué dicen esos papeles? ¿Los escondió porque quería esconderlos o porque los olvidó? Yo creo que los olvidó, así como olvidó a Max Brod. De pronto tuvo conciencia de sí misma como una vieja abandonada en un apartamento claustrofóbico sin un antes ni un después. Una viejita eterna, translúcida, chupadita, que pierde la batalla campal a favor de la memoria cada tarde, antes del té y después de las noticias.

jueves, julio 03, 2008

San Kafka, patrono de la doble vida


Me declaro incompetente para la doble vida. O mejor dicho, no es que me declare incompetente, sino que me es muy difícil caminar y mascar chicle al mismo tiempo, frase acuñada por mi sabia hermana. Soy de las que se enredan, de las que comienzan a caminar con la boca y a masticar el chicle con los pies. Con la consabida y dolorosa mordida de lengua, claro. Al final, la bola de chicle y yo nos volvemos una sola bola (enorme, enorme, porque cuando como chicle me meto en la boca la caja entera!) Y los pies patalean en el aire, sin rumbo y sin concierto. No me declaro incompetente, pero asumo que no soy Kafka que podía escribir obras maestras sin dejar de ser un oscuro oficinista que laboraba 12 horas sin pausa. Yo, ni lo uno, ni lo otro. No escribo obras maestras y sólo trabajo algunas horas de algunos días, pero declaro que me cuesta escribir y trabajar al mismo tiempo, que cuando escribo bien, descuido el trabajo y viceversa. El problema viene de que sólo del trabajo vivo. San Kafka bendito me ilumine! Mi marido me dice que no sea floja, que así se ha forjado el arte latinoamericano: a fuerza de robarle horas al trabajo o de regalarle trabajo a las horas, que ese tiempo que paso en Youtube buscando canciones y pendejadas bien podría invertirlas en escribir al menos media página, que etcétera. Lleva toda la razón, no digo que no, pero no puedo dejar de pensar en la vida paradisíaca de esos escritores ultrafamosos que sólo viven para escribir, que se despiertan en la mañana, nadan un poco y se sientan frente a la computadora sin que ninguna preocupación económica les nuble el pensamiento. Cuando leí “Extraña forma de vida” de Enrique Vila – Matas me morí de envidia no más de ver como el protagonista era un escritor encerrado en su apartamento escribiendo, con alguna preocupacioncilla aquí o allá, pero nada del otro mundo. Esa es la “extraña forma de vida” que quisiera tener. Pero la realidad, llena de ojos y boquitas hambrientas, me obliga a trabajar en algo que me gusta (ya dije no soy Kafka ni en la genialidad literaria ni en el sufrimiento laboral) pero que me roba neuronas. Me consolé pensando que en verano no hay cursos y me tocan unas vacaciones obligadas y de pronto allí si me siento frente a la computadora. Pero son vacaciones sin sueldo y así no puede escribir nadie. Por eso esta mañana me puse mi pantalón más raído y mi cara más hambrienta y me enrumbé a la oficina del seguro social más cercana. Empujando a dos señoras y cuatro chicos con cara de drogones, llegué hasta la taquilla a exponer mi caso: Soy extranjera, pero quiero seguro de desempleo. Quiero nadar en las mañanas, escribir una novela, venir a que me sellen mi libreta de desempleada y recibir una platica de vez en cuando. La mujer no me entendió, mi acento es bien marcado. ¿Cómo dice? – me dijo. Pero no tuve el valor de repetir tan disparatada frase. Nada – contesté- que me preguntaba si me corresponde el seguro de desempleo luego de tantos años viviendo en este país. – Ah! – dijo – y me entrego una lista enorme con los requisitos que debo presentar. Tantos y de tan difícil obtención que es más fácil seguir el ejemplo de San Kafka

martes, julio 01, 2008

Escritoras, chismes de cocina y géneros de todo tipo


(Post en el que critico -con poco conocimiento de causa pero mucha intuición femenina (?)- a la literatura escrita por mujeres y pongo en un pedestal a mis tres maestras, en una mañana en la que debería estar escribiendo mi novela)


No se si es casual, pero las tres escritoras que más me gustan no escriben desde lo que a la crítica machista le dio por llamar literatura femenina (con las subsiguientes correcciones del término hechas por señoras dedicadas a escribir o a leer sólo literatura hecha por mujeres, o de tema femenino, o de género, o ginoliteratura, o etcétera) Mis tres escritoras favoritas escriben sobre temas considerados por la critica machista y por la crítica feminista como masculinos. Algunas veces se valen de voces masculinas, otras veces usan un narrador omnisciente asexuado, o un yo femenino que no cae en el cliché tramposo de hablar desde la cocina o desde la vagina. Puede que sea una cuestión de gustos, pero a mi me desespera leer libros en los que una mujer pretenda rescatar la visión de otra mujer desde lo cotidiano, o lo pequeño, o lo trasero, o lo doméstico porque ya eso es un lugar común (poquísimas logran hacerlo con gracia, tal vez sólo las que lo hacen con humor...) Esto no hace más que hundir a la literatura escrita por mujeres (o femenina, o cómo se les ocurra llamarla) en un hueco sin salida: el de la endogamia. Sí, endogamia porque esa literatura que rescata la voz de esa loca que no fue escuchada, sólo es leída por otras mujeres, y sobre todo por otras críticas literarias dedicada a leer sólo lo femenino, entonces se puede decir que esa voz a la que una escritora quiso rescatar de la marginalidad sigue en esa otra marginalidad que es la literatura dividida en géneros y pocas veces es leída por la contraparte masculina que es, a fin de cuentas, lo que esas escritoras quisieran. Algunas mujeres quieren ser leídas por los hombres y por eso escriben desde lo que ellas creen que las hace diferentes. A mi eso me aburre.

Como diría mi maestra Angélica Gorodisher, en la literatura femenina lo que abunda son “esas señoras que escriben sobre otras señoras que sufren mucho y que son ex-cep-cio-na-les y al final terminan locas o castigadas o muertas o vaya a saber qué” y eso, en su opinión, “no sirve para nada”. Pienso lo mismo y me gusta más una literatura escrita desde lo humano.

A Patricia Hihgsmith le interesaba la ambigüedad moral, la culpa, el crimen. Sus novelas, de trazos fuertes y personajes memorables, no buscan una ruptura con el género policial, sino que se instalan en él para llevarlo a una profundidad inédita. No es una Marcela Serrano (en una novela cuyo nombre ya no recuerdo) haciendo un policial para mujeres, en el que una mujer policía investiga la desaparición de una escritora y se sumerge en la subjetividad, la cotidianidad, el sentimentalismo, el cuerpo y todos esos clichés de la literatura escrita por mujeres. No es el truco de traer una visión femenina a un escenario típicamente masculino para sacar partido de esta vieja trampa. Sino escribir desde y sobre la condición humana. A Batia Gur tampoco le interesaba sacar partido de su femineidad, tal vez por eso se inventa ese alter ego (el detective Mijael Ojaion) y desde él aborda, además del crimen y la investigación de la verdad, todo lo concerniente a tensión entre razas, divisiones religiosas, guetos. En muchos cuentos de Angélica Gorodischer el poder, las formas de asumirlo y su legitimación, son el centro y para eso se vale de lo épico y lo fantástico. En Trafalgar, la narradora cuenta las peripecias de un viajero interestelar llamado Trafalgar Medrano y si bien sabemos que la historia está narrada por una mujer, esto no es central en la obra. Si alguna ruptura con el género de la ciencia ficción hay, me parece que es lo metaficcional.

Estas tres escritoras tienen en común el hecho de que sus ficciones están enmarcadas dentro de géneros antiguamente asociados con lo masculino, como lo son la ciencia ficción, el policial, lo fantástico, pero no sienten la necesidad de darles a estos géneros un sesgo femenino. A mi juicio, las tres demostraron que no existe una literatura femenina así como no existen temas exclusivos para los hombres. Sus obras abordan problemas humanos, más allá del género sexual y eso a mi me encanta.
(en la foto: Batia Gur y su cuchillo carnicero)

domingo, junio 01, 2008

Amamos a Amos


Hay libros que como la buena comida hay que degustar despacio. Luego de un buen chocolate, no podemos tomarnos un vaso de agua o comernos un pedazo de pan. En mi caso, prefiero quedarme con el sabor del chocolate mucho tiempo en la lengua. Regodearme en el recuerdo del sabor. Así los libros. Los buenos libros no nos dejan leer otros de inmediato. En mi caso, prefiero quedarme largo rato con el sabor en la lengua, en las pestañas, en la memoria. Mi exageración ha sido “Una historia de amor y oscuridad” de Amos Oz, como verán si leen hacia abajo, no he dejado de hablar de ese libro desde que lo leí. En vano he intentado otros libros, pero no pasa de ser una lectura intermitente mientras espero que llegue el tren. En el de Oz, en cambio, me sumergí completamente porque quería quedarme con su sabor en la lengua, en la punta de los dedos (ojalá me contagiara, me influenciara de esa escritura certera y hermosísima)

Y es que la historia de aquellas páginas me llevó por muchos senderos:

El sendero de la lengua que hablo ahora y cuya riqueza desconozco (con mi hablar de mercado, calle y sobre vivencia) Es verdad, leí a Oz traducido al español, pero el libro es un canto a la belleza y las conexiones y las posibilidades del hebreo literario (ese que para mí es un misterio) Porque palabras en hebreo están en esas líneas y algunas son palabras que conozco. Porque hay letras en ese mar de letras. Porque aunque leí en español, podía ir pensando paralelamente en hebreo. El libro, Oz, así lo exige: aunque se lea en una traducción, se saborea y se piensa en ese hebreo florido. Etcétera.

El sendero de una teoría de la novela y de la escritura ficcional en general. “Una historia de amor y oscuridad” es la autobiografía de Amos Oz, pero es, a la vez una novela que habla de sí misma. O una autobiografía metaficcional que nos regala una teoría sobre la escritura literaria que, para mí, ha sido una epifanía. Quiero escribir una novela y estoy llena de dudas. Oz, leer a Oz fue como tener la posibilidad de preguntarle a un maestro. Por eso, cuando lo vi, le dije: “toda raba al acol” en su lengua y él me vio como quien dice “otra loca más”, pero no importa.

El sendero de la historia del país en el que vivo desde hace 5 o 6 años, ya perdí la cuenta. Un país difícil, reseco, curtido. Un país con demasiada historia a cuestas. Entender y respetar la historia de la gente común que perdió y pierde todo cada día en estos lares. La gente de aquí y la de allá.

El sendero de la dorada Jerusalén. Esa Jerusalén que siempre me ha dado miedo, pero que de la mano de Oz adquirió un brillo distinto. Un brillo de gente y calles que se ramifican como historias. El alef.

El sendero de las historias que llevan a otras historias y a otras y a otras y que no comienzan ni terminan.... como las historias que contaba la madre de Oz niño mientras desmotaba lentejas.

Y mucho más.

Por eso quise caminar por las calles de su Jerusalén, la de Oz, la polvorienta. Por eso quise recorrer las calles de Arad (esa ciudad elevada sobre el Mar Muerto y el desierto de Judea donde vive) a ver si me lo topaba. Y como cuando uno quiere ver a un maestro idea planes enrevesados y olvida lo más simple, olvidé la posibilidad de verlo en alguna conferencia, auditorio, librería. Entonces vino mi amiga Jacqueline desde tan lejos a abrirme los ojos.

Cuando vi “Una historia de amor y oscuridad” en la mesita de noche del hotel donde se estaba quedando, me alegre muchísimo. Cuando me dijo que estaba releyendo ese libro, me alegré mucho más. Otra fanática chiflada. En la ventana estaba la Jerusalén amarilla de la que ella sabrá hablar mejor que yo.

Unos días después de declarar que “amamos a amos”, estábamos en el “Gan ha paamón” (el jardín de la campana) frente a nuestro ídolo cual dos fanáticas en un concierto (una maracucha y otra oriental, para peor)

Llegué de primera al jardín en el que mi maestro conversaría con Nadine Godimer sobre literatura y política, en el marco de un encuentro internacional de escritores que se celebró en Jerusalén a mediados de mayo. De fondo, Jerusalén en su esplendor y ahogo: muralla, cúpula, templos, muro divisorio. Miles de Jerusalenes de fondo.

La viejita Gordimer ha ganado un nobel de literatura, pero eso poco me importó porque nunca la he leído y porque yo subí el Monte Zión para ver a mi Oz, quien como un mago me ha hechizado. Nos ha hechizado. Allí también estaba Jacqueline felicísima, en la segunda fila (la primera estaba ocupada por su editor, una mujer vestida como para una fiesta y otros que decían ser su familia)

Allí habló el mago desde un inglés quebrado y con la belleza infinita de sus ojos empequeñecidos por el sol y la sonrisa.

Pienso que fue un encuentro histórico por todo lo que se dijo. Seguramente salió reseñado en los diarios. La viejita Gordimer no quería venir a Israel. Israel que ha sido comparado con Sudáfrica (patria de la viejita) por el tema de la separación y el apartheid. Oz le mostró su buen juicio. Oz se convirtió en mi maestro político también.

Dijo tantas verdades que yo anotaba con un lápiz verde lo más rápido que podía, y mi amiga Jacqueline grababa con su grabadora microscópica. Ya escribiré sobre eso. Hoy es sólo regodearme en el azul de aquellos ojos, el dulzor de aquella voz llena de verdades literarias y políticas, la magnificencia de ese día.

Apenas terminó de hablar, brinque como un corcho hasta la tarima, aparte de un manotón a la viejita Gordimer (que me perdone la historia) y le dije al mago que “toda rabá al acol”, pero no fue en ese momento cuando saqué el libro antiquisimo que tenía, sino después.

El único libro que tengo de mi maestro es uno que rescaté de la basura. Resulta ser que el sol entraba en la biblioteca pública cercana a mi casa y fue chamuscando algunos libros de la parte de lengua inglesa. Un día vi la basura llena de libros amarillentos y pregunté si podía agarrar algunos. Mis hijos no entendían por qué la madre revolvía la basura con tanto afán y lloraban porque querían seguir rumbo al parque. Así fue que presionada por los gritos de los niños y enredada entre páginas y páginas chamuscadas, sólo alcancé a agarrar 2 libros: “My Michael”, de Oz y “Lolita”.

Y en ese mismo libro, seguramente la primera traducción al inglés, estampó el maestro su nombre. Le dije en su lengua –que para algo me he quemado las pestañas aprendiendo esta lengua muerta- que tuviese cuidado porque el libro era muy viejo. Me dijo en su lengua – por fin le vi la utilidad a hablar esta lengua tan antigua- que se alegraba muchísimo de ver un libro suyo tan viejo. Yo quedé en el paraíso.

Tan en el paraíso estaba que ni me importó que el autobús de regreso a la estación de autobuses tuviese que pararse a esperar que desarmaran un objeto sospechoso. Un policía se vistió como astronauta y se dirigió a desmontar una supuesta bomba que estaba en no sé exactamente dónde, pero, eso sí, frente a mi autobús. Yo veía todo como quien ve una película. Todavía en la lengua y en la punta de los oídos el sabor de las palabras de mi maestro.

(en la foto, Oz visto por mi teléfono celular y un pedacito de la viejita Gordimer)


(un post largo luego de meses desconectada)

domingo, marzo 23, 2008

La Jerusalén de verdad



Ayer estuvimos en Jerusalén. No la Jerusalén de verdad –como la llamó mi niña – sino la anónima. Yo quería conocer Talpiot, Kerem Abraham y todas esas zonas de las que habla Amos Oz en “Una historia de amor y de oscuridad” (debo pedir disculpas a la traductora de la novela, pues si bien traduce el nombre de algunas calles –como me quejé en un post anterior y ella sabrá por qué lo hace- el de otras lo deja tal cual. Es así como Kerem Abraham es Kerem Abraham y no “El viñedo de Abraham”, o ¿la vid?) En fin, que quería yo conocer –hasta donde es posible – esa Jerusalén cotidiana - antiquísima, pero cotidiana- de edificios claustrofóbicos de piedra crema, geranios muriéndose de sed en los alfeizares, ropas tendidas, polvo y más polvo. Así, ayer, un día de calores primaverales que presagian un verano seco e infernal, nos montamos en el carro repletos de agua y juguetes y nos fuimos a dar vueltas por las calles y callejuelas de la mítica ciudad dorada, centro del mundo. Y nada de lo que yo pueda decir de Jerusalén no se ha dicho antes. ¿Cuántos libros la nombran? Demasiada historia en aquellas piedras, incluso en las piedras menos turísticas y cotidianas. Pero razón tiene Oz –mi maestro, ya saben – en que cuando uno viaja (o pasea a una hora de casa, en nuestro caso) ve alfeizares y geranios, ve gente de negro y de prisa, pero no puede entrar a sus casas. Leer, en cambio, es entrar a esas casas, a esos cuartos, mirar qué comen, cómo duermen o aman o sufren los otros. Esos hombres de negro y de prisa. Esas mujeres de alfeizares resecos, que cierran las ventanas ante la curiosidad de nuestros ojos, estremeciendo los geranios. Leer es entrar a donde se nos niega la entrada. Pasear es imaginar la vida más allá de las pestañas, pero leer es verdaderamente entrar. Con todo esto no quiero decir que no valga la pena viajar (si me ponen a escoger entre un billete de avión y un libro, demás está decir qué es lo que escojo)
Ayer paseamos por Talpiot, por Kerem Abraham, por la calle Sofonías, por algunos de esos lugares de los que habla Oz, porque luego de entrar a aquellas casa queríamos verlas por fuera. Por otros lugares no pudimos siquiera pasar: las religiones cierran el paso a turistas de pacotilla. Si entras al otro lado de la ciudad, te tiran piedras. Si te quedas de este lado, pero unas cuadras más allá, lo mismo. Una ciudad divididísima. Otros lugares ya no existen: guerras hambrientas devoraron hasta los cimientos. Y el tiempo, pues, que también hace lo suyo, porque a lo cotidiano nadie lo restaura, generalmente. Y es allí cuando leer es, además de llave de todas esas puertas, máquina del tiempo y salvoconducto.
En un mirador nos detuvimos a comer helados. Desde allí mi niña vio la Jerusalén de las postales, la de la cúpula de oro y la muralla, y dijo: “Allá está la Jerusalén de verdad” (ella la llama “ierushalaim”, en hebreo) Otro día vamos a ir a verla de cerca – le prometí.
Entonces recordé mi primera vez en La vía dolorosa y el Santo Sepulcro y me dio escalofrío. Leer – dice Oz - es ir más allá de las murallas, pero en ciertos lugares los adobes se dejan leer –con interferencias y desorden, como miles de voces hablando sin concierto- y producen estremecimientos. Aquella primera vez en ese sepulcro negro y recargado, entramos por despiste en un lugar mucho más negro, como si el fuego lo hubiese pintado, y vimos cuadros quemados y huecos que eran túneles. Fue una imagen tan densa que me produjo pesadillas. Yo, que defiendo a capa y espada mi levedad de conga y fast food, me puse pesada (y me pongo no más de recordarlo). Aquella noche me desperté gritando. Desde entonces sólo he vuelto a entrar para complacer a visitantes (todos quieren ir allí) y nunca me he sentido bien. Demasiado dolor, demasiada unción, demasiados años, demasiados gritos, demasiados curas, demasiadas religiones, demasiados arrepentimientos flotando en el aire como oraciones aplazadas. Incluso: demasiados mercaderes (y mira que yo soy consumista) Hay piedras que se dejan leer, como si de pronto se nos mostraran en imágenes, nos vuelven videntes. Yo no estoy preparada para sentir el misticismo de Jerusalén. Sólo sus fachadas cotidianas. Sólo su gente tan disímil. Traspasar los portones comunes de la mano de Amos Oz, que sea él quien me guíe, quien ordene el desconcierto, quien me cuente la historia de lo ínfimo y de lo humano.

Demasiados predicadores en Jerusalén: hasta un guía turístico que irrumpió de pronto entre los juegos de mis niños predicaba desde lejos el significado de la disposición de la ciudad. Señalaba muros, molinos, templos que se veían desde el mirador. Explicaba como quien da misa. Nosotros le huimos al evangelista para turistas y a sus borregos y nos sentamos debajo de un árbol para seguir lamiendo nuestros helados que se derretían raudamente con el sol del centro del mundo. Un sol rabioso.


Demasiadas Jerusalenes en Jerusalén. Habrá que ver cuál es la de verdad.

jueves, marzo 13, 2008

La novela como foto de feria


Dice Amoz Oz –desde ahora mi maestro- que la novela es como una foto sin cara, de esas que usan los fotógrafos de feria y donde la gente mete su rostro para fotografiarse. En una novela el lector debe verse. Una buena obra literaria es una invitación a sacar la cabeza por el agujero del marco de cartón donde está pintado algún héroe o gigante y mirar a la cámara. Y esto dicho por mí suena a bestseller o a telenovela, pero en palabras de Oz es mucho más profundo y complicado: “El espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino el que está entre lo escrito y él mismo”. Cuando un escritor narra un problema mínimo, íntimo, doméstico, incluso con signos autobiográficos, lo sitúa en otro plano, le da universalidad. Lo que vemos en una novela no es la realidad de quien la escribe sino nuestra realidad, algo que nos hace preguntarnos acerca de nuestras propias circunstancias.

La obra verdaderamente literaria hace que sea la cabeza del lector la que sale por el agujero y no la cabeza del autor. Pero también el verdadero lector sabe verse a sí mismo en esa foto de feria.

Aquí están mezclados dos conceptos: novela y lector. Pero no cualquier lector, sino el lector competente. Y tampoco cualquier novela, sino la novela verdadera, metastásica, proteica.

Mucho se ha dicho de la necesidad de contar, que la novela tiene que contar una historia, etcétera. Todo esto es verdad, pero (es que siempre hay un pero) hay novelas que cuentan historias, pero que no mueven hormonas. Historias muy buenas, eso sí, ordenadas, prolijas. Una foto sin agujero.

(Todo esto lo escribo en mi única mañana libre, tiempo en el que debería estar escribiendo mi novela proteica, degenerada, foto de feria. Pero ya ven: es más fácil ponerse a opinar sobre cómo deben ser las cosas en lugar de hacerlas, cual poeta de restaurante chino)

(En la foto: algunos de mis hijos transformados en bailarines de tango gracias al cartón agujereado de un fotógrafo callejero de La Boca. Buenos Aires, 2006)

domingo, marzo 09, 2008

domingo, marzo 02, 2008

descalza en un sótano lleno de alacranes


Este blog no es político precisamente porque “soy de” y “vivo en” países que están sumidos en la política, en los dimes y diretes que allá son regionales y acá internacionales. Y yo no es que no tenga lo que decir al respecto, pero trato de no hacerlo en este espacio porque cuando inventé este diario anónimo y público lo hice para reírme un rato, para hablar de mis pasiones y mis tonterías, etcétera... Aunque este blog nació en medio de una guerra real y verdadera: mientras yo soñaba que bombardeaban Caracas desde el Avila, a mi alrededor eran otros los bombardeos, mucho más reales. Para no mirar la tristeza y la ira de la guerra, traté de evadirme escribiendo este blog y un libro de cuentos que no tenían nada que ver con la realidad, pero –al menos en el caso de los cuentos- fueron escritos con urgencia. Sin embargo, a veces la realidad es inevadible, vuelve en forma de sueños recurrentes e irresueltos. Irresuelta la historia, siempre se muerde la cola. Y es así como me encuentro en medio de nuevos bombardeos, esperando que no se vuelvan más serios, que acaben lo más pronto posible, que no sea esta otra guerra. Y no quiero expresar ninguna opinión al respecto, sólo contar que vivo entre alarmas que anuncian proyectiles, que uno de esos proyectiles cayó en el lugar en donde trabajo y trajo muerte y miedo. Si esto hubiese pasado en Venezuela, se paraliza el país. Pero pasó aquí, en este país regido por la política de “el show debe continuar” y es así como mañana debo ir a ese lugar enlutado, blanco de misiles y de odios, a enseñar español. Enseñar a hablar español mientras nos caen a plomo desde el otro lado y mientras el ejercito cae a plomo desde acá. Ya uno de mis estudiantes me anunció que su facultad se puso en huelga y no vendrán a clase hasta que no haya un cese al fuego. Ojalá todas las facultades y departamentos hagan los mismo. Yo, aunque quisiera declararme en huelga y no dar clases hasta que no haya paz, no puedo dejar de ir. Y la verdad es que me da miedo. Me viene a la cabeza una imagen de Amos Oz: “caminar descalza en un sótano lleno de alacranes”. Así estaré mañana cuando vaya a enseñar español en medio del va y el viene.

sábado, febrero 09, 2008

Ceguera


Aunque nací en una ciudad grande y atormentada, toda la vida he vivido en pueblos ganaderos o pueblos marinos. Y, lo que me faltaba, ahora vivo en una comunidad agrícola. Entre el hedor del repollo y el trigo (a veces verde, a veces dorado) Un brevísimo retorno a Caracas me mostró cómo se nota y se huele que uno es del campo o por lo menos eso es lo que uno cree, paranoico. Siempre me he sentido como si llevara un cartel que dijera “soy del interior”, de donde todo es monte y culebra. A eso atribuí que en Caracas haya sido carne fácil para asaltadores y tramposos. En ciudades más primermundistas, fui aquella que rompe el lavamanos para que deje de echar agua o se asusta con el basurero que habla. Eso sí: siempre he disimulado con aplomo y soltura mi condición provinciana. En la mayoría de los casos he pasado por excéntrica, insólita, rara.

Ahora, que realmente vivo en la nada, voy dos veces a la semana a trabajar a la gran ciudad (desatormentada y mediterránea) que me queda a una hora de viaje. Allí voy, disimulando mi olor a repollos o a duraznos –depende de la estación- , limpiando a cada rato mis botas llenas de polvo, evitando asombrarme de cualquier cosa. Encubriéndome.

Pocas veces tomo autobuses dentro de la ciudad, prefiero unas vans que me recuerdan a las camioneticas de mi patria, pero en una de esas no me quedó más remedio. Así, un día me metí en un autobús lleno de gente. El único puesto libre era uno extremadamente pequeño, al lado de una chica. Yo no noté el tamaño del puesto hasta que me senté, empotrada entre la chica y el apoya brazos. Raro, pensé. ¿Por qué habrán hecho este puesto doble cuando en realidad parece uno y medio? Pero en el fondo me alegré de caber: Después de todo no estoy tan gorda – pensé mientras acomodaba el trasero mejor en aquel puestico y mirando a la chica, delgadita, como quien ve a su doble. La chica trataba de no mirarme, aunque de vez en cuando me echaba un vistazo retrechero, antipático, que olía a perfume de última moda. Ella ponía la mente en blanco como cuando estamos adosados a miles de seres humanos en un ascensor ministerial. Subía la mirada, respiraba de puntillas, evitando más contacto conmigo: suficiente ir pegadas como hermanas siamesas. A veces no podía evitar mirarme como diciendo “cómo se le ocurre a esta tipa sentarse a mi lado”. Y yo, con mi paranoia, pensaba que era por mi olor a comunidad agrícola, el polvo de mis botas o lo arrugado de mi abrigo.

Apenas se liberó algún otro puesto en el autobús, la chica salió despavorida (y como un corcho, luego de algún esfuerzo para desencajar su trasero de entre la ventana y mis caderas) Y yo, para disimular mi condición extraterrestre, me encogí de hombros y puse cara de estar más allá del bien y del mal.

Momentos antes de llegar a mi parada ví un cartelito al lado de mi asiento que decía: “Silla especial para persona invidente y su perro guía”.

Me reí y me dije a mi misma: Bueno, “el que no sabe es como el que no ve”.

lunes, enero 28, 2008

Amos Oz, traducido


En estos momentos estoy leyendo a Amos Oz, “Una historia de amor y oscuridad”. Lo estoy leyendo en español y si decidí leerlo en mi idioma, no es sólo por comodidad, sino porque me declaro incompetente para leer literatura de altura en el idioma de la biblia. Una vez lo intenté con la magnífica Batia Gur y no pasé de las primeras páginas. Demasiados sinónimos, demasiada belleza de lenguaje. Entonces la tuve que abandonar momentáneamente, mientras espero a que mi comprensión de esta lengua avance más allá del vocabulario de supervivencia del que dispongo (no sé ni cómo... por osmosis o por inercia ...) Con Amos Oz la derrota ha sido mayor: ni siquiera lo intenté y fui directo a la traducción española. Pero, aunque estoy encantada por la facilidad con la que por fin lo leo y con la maravilla que es leer la realidad que me rodea en mi propia lengua, tengo lo que decir sobre la traducción... Así es: soy incapaz de leer literatura hebrea o de traducir un titular de periódico, pero tengo lo que opinar (y opinar mal, por supuesto) sobre la traducción que hizo una pobre señora que se ve que si dominaba esta lengua al punto de poder traducirla y no como yo que la sobrevivo y la chapuceo como puedo (con la lógica de “como va viniendo, vamos viendo”, que caracteriza a mi raza). Pero bueno, que para eso estamos “los intelectuales”, para criticar ( y mal) el trabajo de los demás, para verle las cinco patas al felino, para respirar en los resquicios de la realidad y otras divagaciones.

Aquí va: Que la señora traductora no traduce la palabra “Histadrut”, palabra importante para entender la historia, al menos en sus inicios (que en el colmo de los colmos, yo critico lo que ni siquiera he terminado) “Histadrut” quiere decir “central de trabajadores”, el sindicato, pues. Y el narrador cuenta que sus padres no pertenecían a la “histadrut” (el sindicato) y eso es importante para entender que aquellos padres no pertenecían a nada, incluso tampoco al sindicato, aun siendo trabajadores. En mi humilde opinión, la palabra “histadrut” debió ser traducida. “Histadrut” no es “mossad”. Casi todo el que más o menos conozca la historia de este país sabe lo que es el “mossad”. Traducirlo como “el instituto” sería quitarle ese misterio o esa malignidad de película de espionaje que tiene. No es el caso de la “histadrut”.

Y si por un lado la señora no traduce lo que ella cree que no requiere traducción, por otro si que traduce nombres de calles: así, yo, que podría visitar aquellas calles, no sé ni dónde están ni cuáles son. Entonces tengo que pedir a algún conocedor que me explique cuál puede ser la calle Malaquías. La calle Malaquías es la calle Malaji. ¿Puedes tu creer? No es injusto que cuando por fin puedo hacer un recorrido literario de Jerusalén, tenga yo que pedir que me traduzcan los nombres de las calles. ¿Quién ha dicho que los nombres de las calles deben traducirse? No sé, como si a Bond Street alguien la llamara Calle Unión. ¿La llaman así? ¿La traducen? Tal vez Malaji no suena tan literario como Malaquías, pero ese es el nombre de la calle y qué se le va a hacer. ¿Acaso a la Baker Street la llaman la calle del panadero?

Luego están todos esos juegos de palabras. Los padres del narrador no eran hablantes naturales de esta lengua. Cito: “Hablaban hebreo con temor a la imprecisión, se repetían frecuentemente, intentando expresar de nuevo lo que acababan de decir: tal vez se sienta así un conductor miope que va de noche por las callejuelas de una ciudad extraña en un vehículo que no conoce” (¿habla de sus padres o habla de mí? Jajaja!) Usaban verbos en desuso o que en la actualidad de la narración tienen significados contrarios (incluso escatológicos) pero no hay ni un pequeño pie de página para explicar lo mínimo de estos enredos idiomáticos. Un detalle aunque sea hubiese bastado, creo. Hay traducciones que abusan de esas notas del traductor, hay otras que las prescinden totalmente.

En fin, incapaz de traducir un titular de periódico, pero capaz de criticar traducciones ajenas. ¡Eso si!

Esta bien: algún día tengo que leer a Oz en su idioma original. Así como algún día tengo que verlo: vivimos en el mismo desierto (yo al norte y él al sur) ¡!

martes, enero 22, 2008

Juegos


Puede que se trate de un mal familiar, pensé al asomarme por enésima vez al cuarto de mi niña para pedirle que dejara de mover las manos y jugar-cantar. Ya deja de jugar y duérmete – le dije. Ella respondió que no estaba jugando, que sólo estaba mirando sus juguetes. Entonces supe que así sigue jugando telepáticamente, en su mente. Mira los juguetes desde una esquina de su camita rosa y sigue jugando porque no le hace falta tocarlos. Una vez, hace tal vez un año o más, me contó que en la guardería le habían prohibido dormir con su muñeca. A mi el corazón se me estrujó sonoramente y le dije que ya iba a hablar con la maestra, que cómo era posible, que qué vaina, que uno paga tanta plata para que al final se comporten como un orfanato de película mala, etcétera. Mi niña me miró sin entender, tenía dos años y medio en esos días, pero igual me consoló: no te preocupes mamá, no tengo muñeca, pero tengo mis manos. Entonces recordé que sus manos tienen vida y nombres propios, que están dispuestas a infinitos juegos, son niños y son pájaros, le cuentan historias que yo no puedo oír.

Nadie puede imaginar la felicidad infinita que sentí al saber que mi hija dormía sin muñeca, pero con sus manos.

Los juegos de los niños no son juegos, eso seguramente ya lo han observado muchos. Nada más serio que un niño jugando.

A mi bebé no le hace falta nada mientras juega, ni siquiera hambre le da, a pesar de que es glotón. Suele meter jugueticos chiquitos en cajas, gavetas y también en las guitarras de su papá. Así, puede estar mucho tiempo y entonces no necesita comer, ni que le cambien el pañal. No me necesita. El juego es su primera independencia.

El juego es independencia y adicción a un mismo tiempo. Nada más adictivo que el juego.

Hace miles de años perdí siglos jugando Los Sims en la computadora. No necesitaba comer ni fumar. No iba al baño ni atendía llamadas. Jugaba. Jugaba. Jugaba. Esa era mi independencia de la realidad. También parte de mi indecencia.

De adultos queremos seguir jugando. Yo, por ejemplo, tengo mi juego en la literatura. Abandoné Los Sims y me interné en los recovecos de la memoria y la manía de llenar pantallas brillantes con letras, imágenes, respiraciones, chasquidos, existencias.

Igual que mi hija, tengo mis manos.

Como mi bebé, soy autosuficiente.

El problema es que de adultos nos restringen (o nos restringimos) el juego.

sábado, enero 05, 2008

¿Nostalgia o casualidad?


La nostalgia o la casualidad hace que uno vaya a la biblioteca de Alejandría y agarre libros al azar y que en páginas disímiles, lejanas, aleatorias, aparezca nada más y nada menos que Venezuela. De la simple mención hasta lugar de desenlace, aquí va la lista:

1.-La conquista del aire, de Belen Copegui: Toda la novela transcurre en Madrid, pero una de las parejas protagonistas quiere comprar una casa casi en ruinas de unos españoles radicados en Venezuela.

2.- La carta esférica, de Arturo Pérez Reverte. El protagonista, marino de profesión, anduvo por miles de puertos, pero en una de esas recala en La Guaira, donde se faja a bonchar y termina preso en una cárcel local (sólo un rato, porque enseguida el capitán del barco le pasa plata a los policías para que lo dejen suelto y siguen viaje)


3.- Las películas de mi vida, de Alberto Fuguet. El protagonista pasa unos días en Caracas, en casa de unos familiares chilenos, en el viaje de retorno a Chile. Una muestra exacta de lo que era Caracas en los 70 ... creo ... digo, por toda la opulencia, las marcas, los centros comerciales ... el narrador casi no encuentra diferencia entre nuestra capital y gringolandia y hasta dice: “si así es Caracas, cómo será Santiago” ... Pero se encuentra con un Chile en blanco y negro, oscuro, fascista. (No sé, pero tal vez ahora la situación sea inversa) A veces es cómico mirar las cosas desde los ojos de los otros. Un detalle: le causa gracia el nombre de la leche “Carabobo”.... jajaja! Nunca me había dado cuenta que es un nombre ridículo si uno no está acostumbrado a oírlo.

4.- La última escala del Tramp Steamer, de Alvaro Mutis. El protagonista ha visto este barco en diferentes puertos del mundo y en diversos momentos de su vida. Uno de esos puertos está en el Delta del Orinoco, por allá por Tucupita, cerca de mi patiadero. En ese Orinoco amarillo y caudaloso, el barco encuentra su fin.

¿Será la nostalgia la que guía la mano y hace que uno escoja estos libros entre miles, uno tras otro, en el pasado y nostálgico último mes del 2007?

martes, enero 01, 2008

La nostalgia amarilla



La nostalgia, a veces, nos lleva por senderos sorprendentes.

Este fin de año extrañé las pantaletas amarillas.

Como provengo de una raza desordenada e improvisada, generalmente comprábamos las pantaletas amarillas a última hora, el mismísimo 31 de diciembre en la tarde, cuando sólo quedaban las tallas menos solicitadas (extra chiquitas o hipergrandes) Éramos una familia de tallas regulares, por eso algunas veces nos quedábamos sin ropa interior nueva y amarilla, esa que según la leyenda atraía a la suerte para el año venidero. Pero mi abuela, que era la madre de las supersticiones, siempre encontraba una pantaleta de su talla o no tenía problema en ponerse una de talla muy superior a la suya. Un día, inexplicablemente, no quedaron pantaletas en ninguna tienda del centro comercial más cercano. Ni grandes, ni chiquitas, ni nada. Entonces mi abuela decidió que ese año llevaríamos ropa interior masculina amarilla. Así, aquel año nuevo nos encontró con interiores amarillos a todas las mujeres de la familia.

Este fin de año extrañé incluso los interiores amarillos.

Y tirar monedas por las ventanas. Y agarrar maletas. Y las lentejas. Y las uvas.

Y como aquí, en este limbo espaciotemporal en el que me encuentro, no hay navidad ni fin de año, da como para ponerse en una nostalgia llorona.

Hubiese podido ver el fin de año español en la televisión, pero lo que extrañaba eran las pantaletas amarillas y ese salir corriendo a última hora a comprarlas.

Hubiese podido ir a una fiesta de fin de año en un pub, pero lo que extrañaba era ver a mis primas montándose en sillas a ver si ese año conseguían marido.

Hubiese podido tomar una copita de champaña, al menos...

Pero la nostalgia, a veces, nos lleva por senderos sorprendentes.

Hoy voy a comprar pantaletas amarillas, aunque sea a destiempo.