Para llegar a la médula de la novela Vease: amor, de David Grossman, hay que atravesar varios horrores. Y esa médula no será dócil: nos seguirá espantando, nos hurgará el corazón con un palillo lleno de sal. Y aún así, en medio de todo aquello, sonreiremos con esa sonrisita paradójica y amarga de quien ha atravesado las múltiples capas del dolor, la locura, el mar; las múltiples capas de la ficción de la mano de un maestro.
Es como si en esas líneas todo estuviese vivo y palpitando: Antes de entrar en esas historias, hay que tener el corazón dispuesto.
I
"¿Tienes el corazón dispuesto?" era la pregunta clave y la consigna con la que los protagonistas comenzaban sus aventuras en "Los niños del corazón", una historia por entregas dirigidas al publico infantil que escribía y publicaba en la Polonia de entre guerras bajo el seudónimo de Sherezade, Ansel Wasserman, el tío abuelo del protagonista de esta novela. Ese mismo tío abuelo que fue depositado como un escombro en la casa del niño cuando la crisis azotó al ancianato/psiquiátrico donde el pobre viejo se encontraba. Como no lo podían ya tener en esa institución, se lo llevaron de vuelta a la familia. Pero la familia era toda pobreza en el Israel de mediados del siglo pasado y el viejo era una carga. Momik el niño, quedará encargado tácitamente del viejo y se dedicará a hurgar en su silencio y en su demencia, así como hurgaba en las conversaciones adultas y en los viejos objetos de la casa. Hijo y nieto de sobrevivientes del holocausto, Momik vivía en la total ignorancia de los horrores por los que pasó su familia. Sólo los vislumbraba en ciertos comentarios, ciertas manías, ciertas lejanías. La bestia nazi de la que se hablaba entre susurros por los rincones de su casa o en la plaza vecina era, a sus ojos, realmente una bestia, un animal furioso, un perro infernal. Para investigar a la bestia nazi se dedicará al escudriñamiento de animales en un sótano, al lado de una maleta llena de recuerdos. Para matar a la bestia nazi, elaborará un plan con el que matará también su infancia.
II
Momik, de grande, es el escritor atormentado que quiere escribir sobre la vida del escritor polaco de origen judío Bruno Schulz quien estuvo en el gueto de Drohobycz y murió asesinado en la calle, como un perro. Una tarea que le queda grande, le dicen. Tal vez por eso lo salva de su muerte real y lo lanza al mar. Le da vida en forma de salmón, lo hace atravesar profundidades que se traducen en páginas y más páginas. El mar inmenso y femenino. El vuelo de los cardúmenes. La vida quebrada de quien pretende escribir un horror. La imposibilidad de decir de quien ha anulado todo sentimiento. Las corrientes profundas del abismo. El lector debe tener el corazón dispuesto para atravesar este océano.
III
Pero la historia que en verdad debe contar Momik es la de su tío abuelo Ansel Wasserman. Ese otro escritor polaco de bestsellers para niños. Ese que escribía historias que imitaban a los clásicos infantiles. Fábulas repetitivas, llenas de lugares comunes y erratas. Aventuras con las que crecieron los niños de la entre guerra polaca y que fueron traducidas a otras lenguas eslavas y emocionaron a miles de niños en Europa.
Dedicado a sacar dientes de oro a los cadáveres de sus propios compatriotas en un campo de concentración, Wasserman se salva de la muerte en varias oportunidades y es llevado ante el comandante como una curiosidad. Ese judío que no se muere con nada, que se salva hasta del gas, llega ante Herr Niegel, el comandante nazi, con verdaderas ganas de ser asesinado, pero no es así. En el mismo espacio narrativo están los tres: el nazi, Wasserman y el nieto – narrador que reconstruye la historia. Wasserman y su nieto se hablan entre paréntesis mientras se lleva a cabo la conversación en la que el nazi descubre que el anciano es el famoso Sherezade de su infancia.
"Es entonces – y es un gran momento- cuando Niegel le dice muy bajito (sin perder a Wasserman de vista, como una serpiente hipnotiza al ratón que se prepara a tragar):
- ¿Tienes el corazón dispuesto?
Y Ansel Wasserman responde, sin pensar:
- El corazón está dispuesto.
Silencio." (p.203)
Entonces la ficción se multiplica. Se teje y se desteje ante nuestros ojos. Se transforma en una mil-hojas y nos lleva de una capa a otra sin punto y aparte. Vamos de la mano del nieto que narra y arma la historia. Escuchamos a Wasserman corregirlo, comentar, detallar algunas escenas, tratar de inventar la última aventura de sus héores. Wasserman que cuenta porque quiere morir. Ese Sherezade al revés, como el mismo se autodenomina.
Pero la bala nunca llegará. O tal vez sí, pero será también una bala inversa.
IV
Momik, que quiere escribir una enciclopedia para niños sobre el Holocausto, termina escribiendo la enciclopedia completa de la vida de Kasik. En orden alfabético, la enciclopedia nos lleva –palabra tras palabra- a la última aventura de "Los niños del Corazón" y a la última aventura de Herr Niegel, el nazi, destrozado por la ficción de Wasserman.
"Pero promete que al menos escribirás con COMPASIÓN (V.), con AMOR (V.) !No ese tipo de amor! No digas: Véase: Amor, Shlomik. ¡Ama!" (332) le pide su ex –amante, horrorizada ante la posibilidad del frío ordenamiento de las palabras que supone será aquella enciclopedia.
Kazik es el bebé que encuentran los niños del Corazón, ahora viejos, escondidos de los horrores de la guerra en un viejo zoológico de Varsovia entre 1939 y 1943. Lugar en el que junto a animales muertos de hambre, están algunos hombres que ellos logran rescatar del gueto o de la muerte, en esa nueva misión que se imponen. Los rescatados son denominados "artistas": hombres que habían perdido la razón y experimentaban con el cuerpo y el alma. Artistas incomprendidos que se dedicaban a inventar máquinas ilógicas que mezclaban la física, la psicología, la locura. Una conjunción imposible que da como resultados engendros como "el sistema del grito" o "la máquina de robar el tiempo". Entre ellos hay un farmaceuta que realiza experimentos para conocer mejor los sentimientos. "Desde el principio, tuvo claro que el origen de esos sentimientos residía en el lenguaje; las personas son educadas para sentir sólo aquello que pueden nombrar" (421) Y esto recuerda a una frase de Bruno Schulz que leí en alguna parte y que señalaba que la esencia de la realidad es el significado, lo que no tiene significado no es real para nosotros.
Toda la novela trata de darle un significado a algo innombrable. Darle nombre a un nuevo sentimiento. La novela es en sí misma un artefacto portentoso y terrible como esos que inventaban los artistas enajenados por la muerte, el hambre y la guerra que se refugiaban en el aquel zoológico. Para atravesarla, hay que tener el corazón dispuesto.
Adorno se preguntaba si era posible la poesía luego de Auswitchz. Yo creo que Grossman, con este libro infernal, le responde que sí.
La enciclopedia - y por tanto la novela- termina en la letra V.
Otro abecedario. Otra vez Polonia.
El dibujo que acompaña a esta entrada es de Bruno Schulz.
Otro abecedario. Otra vez Polonia.
El dibujo que acompaña a esta entrada es de Bruno Schulz.







