domingo, febrero 12, 2012

El abecedario del estío: V de "Véase: amor"

Para llegar a la médula de la novela Vease: amor, de David Grossman, hay que atravesar varios horrores. Y esa médula no será dócil: nos seguirá espantando, nos hurgará el corazón con un palillo lleno de sal. Y aún así, en medio de todo aquello, sonreiremos con esa sonrisita paradójica y amarga de quien ha atravesado las múltiples capas del dolor, la locura, el mar; las múltiples capas de la ficción de la mano de un maestro.


Es como si en esas líneas todo estuviese vivo y palpitando: Antes de entrar en esas historias, hay que tener el corazón dispuesto.


I
"¿Tienes el corazón dispuesto?" era la pregunta clave y la consigna con la que los protagonistas comenzaban sus aventuras en "Los niños del corazón", una historia por entregas dirigidas al publico infantil que escribía y publicaba en la Polonia de entre guerras bajo el seudónimo de Sherezade, Ansel Wasserman, el tío abuelo del protagonista de esta novela. Ese mismo tío abuelo que fue depositado como un escombro en la casa del niño cuando la crisis azotó al ancianato/psiquiátrico donde el pobre viejo se encontraba. Como no lo podían ya tener en esa institución, se lo llevaron de vuelta a la familia. Pero la familia era toda pobreza en el Israel de mediados del siglo pasado y el viejo era una carga. Momik el niño, quedará encargado tácitamente del viejo y se dedicará a hurgar en su silencio y en su demencia, así como hurgaba en las conversaciones adultas y en los viejos objetos de la casa. Hijo y nieto de sobrevivientes del holocausto, Momik vivía en la total ignorancia de los horrores por los que pasó su familia. Sólo los vislumbraba en ciertos comentarios, ciertas manías, ciertas lejanías. La bestia nazi de la que se hablaba entre susurros por los rincones de su casa o en la plaza vecina era, a sus ojos, realmente una bestia, un animal furioso, un perro infernal. Para investigar a la bestia nazi se dedicará al escudriñamiento de animales en un sótano, al lado de una maleta llena de recuerdos. Para matar a la bestia nazi, elaborará un plan con el que matará también su infancia.



II
Momik, de grande, es el escritor atormentado que quiere escribir sobre la vida del escritor polaco de origen judío Bruno Schulz quien estuvo en el gueto de Drohobycz y murió asesinado en la calle, como un perro. Una tarea que le queda grande, le dicen. Tal vez por eso lo salva de su muerte real y lo lanza al mar. Le da vida en forma de salmón, lo hace atravesar profundidades que se traducen en páginas y más páginas. El mar inmenso y femenino. El vuelo de los cardúmenes. La vida quebrada de quien pretende escribir un horror. La imposibilidad de decir de quien ha anulado todo sentimiento. Las corrientes profundas del abismo. El lector debe tener el corazón dispuesto para atravesar este océano.



III
Pero la historia que en verdad debe contar Momik es la de su tío abuelo Ansel Wasserman. Ese otro escritor polaco de bestsellers para niños. Ese que escribía historias que imitaban a los clásicos infantiles. Fábulas repetitivas, llenas de lugares comunes y erratas. Aventuras con las que crecieron los niños de la entre guerra polaca y que fueron traducidas a otras lenguas eslavas y emocionaron a miles de niños en Europa.

Dedicado a sacar dientes de oro a los cadáveres de sus propios compatriotas en un campo de concentración, Wasserman se salva de la muerte en varias oportunidades y es llevado ante el comandante como una curiosidad. Ese judío que no se muere con nada, que se salva hasta del gas, llega ante Herr Niegel, el comandante nazi, con verdaderas ganas de ser asesinado, pero no es así. En el mismo espacio narrativo están los tres: el nazi, Wasserman y el nieto – narrador que reconstruye la historia. Wasserman y su nieto se hablan entre paréntesis mientras se lleva a cabo la conversación en la que el nazi descubre que el anciano es el famoso Sherezade de su infancia.


"Es entonces – y es un gran momento- cuando Niegel le dice muy bajito (sin perder a Wasserman de vista, como una serpiente hipnotiza al ratón que se prepara a tragar):
- ¿Tienes el corazón dispuesto?
Y Ansel Wasserman responde, sin pensar:
- El corazón está dispuesto.
Silencio." (p.203)

Entonces la ficción se multiplica. Se teje y se desteje ante nuestros ojos. Se transforma en una mil-hojas y nos lleva de una capa a otra sin punto y aparte. Vamos de la mano del nieto que narra y arma la historia. Escuchamos a Wasserman corregirlo, comentar, detallar algunas escenas, tratar de inventar la última aventura de sus héores. Wasserman que cuenta porque quiere morir. Ese Sherezade al revés, como el mismo se autodenomina.

Pero la bala nunca llegará. O tal vez sí, pero será también una bala inversa.


IV
Momik, que quiere escribir una enciclopedia para niños sobre el Holocausto, termina escribiendo la enciclopedia completa de la vida de Kasik. En orden alfabético, la enciclopedia nos lleva –palabra tras palabra- a la última aventura de "Los niños del Corazón" y a la última aventura de Herr Niegel, el nazi, destrozado por la ficción de Wasserman.

"Pero promete que al menos escribirás con COMPASIÓN (V.), con AMOR (V.) !No ese tipo de amor! No digas: Véase: Amor, Shlomik. ¡Ama!" (332) le pide su ex –amante, horrorizada ante la posibilidad del frío ordenamiento de las palabras que supone será aquella enciclopedia.

Kazik es el bebé que encuentran los niños del Corazón, ahora viejos, escondidos de los horrores de la guerra en un viejo zoológico de Varsovia entre 1939 y 1943. Lugar en el que junto a animales muertos de hambre, están algunos hombres que ellos logran rescatar del gueto o de la muerte, en esa nueva misión que se imponen. Los rescatados son denominados "artistas": hombres que habían perdido la razón y experimentaban con el cuerpo y el alma. Artistas incomprendidos que se dedicaban a inventar máquinas ilógicas que mezclaban la física, la psicología, la locura. Una conjunción imposible que da como resultados engendros como "el sistema del grito" o "la máquina de robar el tiempo". Entre ellos hay un farmaceuta que realiza experimentos para conocer mejor los sentimientos. "Desde el principio, tuvo claro que el origen de esos sentimientos residía en el lenguaje; las personas son educadas para sentir sólo aquello que pueden nombrar" (421) Y esto recuerda a una frase de Bruno Schulz que leí en alguna parte y que señalaba que la esencia de la realidad es el significado, lo que no tiene significado no es real para nosotros.

Toda la novela trata de darle un significado a algo innombrable. Darle nombre a un nuevo sentimiento. La novela es en sí misma un artefacto portentoso y terrible como esos que inventaban los artistas enajenados por la muerte, el hambre y la guerra que se refugiaban en el aquel zoológico. Para atravesarla, hay que tener el corazón dispuesto.

Adorno se preguntaba si era posible la poesía luego de Auswitchz. Yo creo que Grossman, con este libro infernal, le responde que sí.

La enciclopedia - y por tanto la novela- termina en la letra V.

Otro abecedario. Otra vez Polonia.

El dibujo que acompaña a esta entrada es de Bruno Schulz.

domingo, diciembre 04, 2011

El abecedario del estío: U de urbe

La estación de autobuses es gris y muy grande. Lugares comunes del tránsito y sus domadores. La urbe se abre como un castillo lleno de malos tratos y baratijas. Cuantas veces perdí mis monedas a cambio de sus raídos espejos o su ropa plástica sin posibilidades de cambio. En ese templo de lo estrafalario venden las gorras y las camisas que sobraron de una olimpiada del 2004. ¿Qué oscuro flujo de barcos, trenes, manos, cajas, trámites, billetes debajo de la mesa trajo hasta esta costa del Mediterráneo en el año 2011 las sobras de los juegos olímpicos de Atenas del 2004? ¿Cuál será la procedencia de las demás baratijas, más allá del obvio madeintaiwan?

La urbe se abre como una feria llena también de fenómenos. Damas en-bigotadas compran perritos que ladran a pilas para llevarle al niño que las espera en casa. Señoras filipinas en cardúmenes comen en Mc Donalds. Chicas muy rubias compran una botella de vodka y una lata de Red Bull, encienden cigarros y miran con ojos corridos. Un soldado se come una salchicha, tembloroso. Un religioso con peyes y joroba asusta a una niña. Un drogado derrama su café, ya frío, ante los ojos pasmados de la mujer que espera el autobús, esa que abraza fuertemente su cartera porque es latinoamericana.

Una vez una horda de neonazis aterrorizó a todos los extranjeros en la estación de autobuses mientras anuncios en altavoces ofrecían piercings o libros en idish usados. ¿Qué oscuros tratos y malos momentos trajeron a esos libros en idish hasta este fortín de lo rechazado? ¿Qué extraña negociación convirtió a esa horda en perseguidores perseguidos?

Nunca he tenido la "ventura" de vivir en una ciudad y suelo llegar hasta ellas por sus puertas traseras. Ese despeñadero que los citadinos en su casi mayoría desconocen. Eso que no puede ser urbe porque allí la urbanidad es palabra extranjera que no significa nada. Menos que un ruido. Reductos de lo tosco, lo rústico, lo ilegal, lo que no acepta ninguna norma. El billete pasado debajo de la mesa. El baño usado para intercambios sexuales. La pacotilla. Las apuestas.

La colilla apagada en los restos de café turco

Y yo, la extranjera, la que lleva la cartera apretada contra el pecho porque es latinoamericana, la que se come un sanduchito frío sentada en el pretil de algún matero, no puedo dejar de pensar que ésta es mi literatura urbana. Si escribo sobre ciudades no puedo escribir sobre el hombre solo y anónimo sino sobre el apelmazamiento de desechos.

Los viejos libros en idish, las gorras de Atenas 2004, el religioso con su joroba, la niña que grita.

jueves, noviembre 17, 2011

El abecedario del estío: T de Tesis

En algún punto de su diccionario de semiótica, Umberto Eco se queja de la falta de bases de una teoría que en este momento no recuerdo cuál es y decreta que lo mejor que se puede hacer con ella es agarrar las hojas sobre las que está escrita y liarse un cigarrillo de marihuana. Si, señores, mejor háganse un joint con ese papel. Una lumpia.

Tal vez yo deba escribir un diccionario de semiótica para poder decir lo mismo y con las mismas palabras sobre ciertas teorías aburridas y repetitivas. Ciertos trabajos que parecen ideados por la misma mente. Una mente enorme a la que están conectadas miles de cabecitas de académicos en el mundo. Esos mismos señores que se encuentran en cada congreso y se congratulan los unos a los otros. Se me ocurre, aunque la verdad es que no lo sé porque yo no voy a congresos y cuando se habla de ayuda económica para asistir a este tipo de reuniones en diversas partes del planeta, yo – para mis adentros- pienso que lo mejor sería que me ayudaran a pagar el pasaje de autobús para la universidad que queda a una hora y algo del campo en el que vivo.

Si, soy la prima campesina que está un poco coleada en ese asunto, que hace un doctorado sólo para responderse preguntas que nada más le atañen a ella. Tal vez por eso no puedo sugerirle a nadie que se arme un joint con el papel en el que están escritas ciertas teorías y tengo que sentarme a escribir un proyecto con un lenguaje tan serio y tan explicativo que no se puede creer que sea mío. A mi no me gusta explicar nada, a mi me gusta repetir hasta la saciedad las mismas palabras, a mi me gusta la sintaxis viciosa y circular, a mi me gustan los sonidos, el canto de una coma descolocada, la decencia de un punto-y-coma, la orfandad del punto-y-aparte. Me niego a poner tres puntos suspensivos porque quien ha dicho que el suspenso se cuenta de a tres. Me niego a poner un punto luego de un signo de interrogación porque creo en lo definitivo de ciertas preguntas.

¿Cómo voy a poder escribir una tesis, yo que no puedo mandar a mis lectores a que se hagan un charuto con el papel de ciertas teorías aburridas y repetitivas?

¿Cómo voy a escribir una tesis, yo que tengo como principio estético dejar todo inconcluso, a medias, suspendido?

¿Cómo voy a escribir una tesis, yo que soy la maestra de los desvíos, que nunca hablo claro, que pienso con una sintaxis tan enmarañada como mis cabellos?

La tesis que yo debería escribir tendría que ser una hermética autobiografía, filosófica, experimental, escrita a medias, que contara por qué de pronto el espacio se me hace un problema cuando escribo.

Algo así como esa fascinante novela de autoficción lingüística erróneamente leída como un ensayo: "El monolingüismo del otro" del enrevesado poeta argelino Jacques Derridá.

Derridá era judío, pero sus padres no hablaban la lengua de sus antepasados, sino el árabe argelino. Derridá, desde niño, no hablaba la lengua de sus padres, sino el francés argelino. "Soy el hablante monolingüe de una lengua que no es mía" es la frase que abre esta apasionante novela de desarraigo y pérdida. El francés es la lengua que la colonia francesa ha impuesto a Argelia, pero el francés-argelino no es el francés de Francia. La única lengua de Derridá es una lengua que no le es propia por un lado y que a la vez no es considerada como pura en la metrópolis.

Y de este drama particular, el enrevesado poeta argelino da cuerpo a una teoría de la propiedad de las lenguas, de la marca y la memoria de la lengua, de la necesidad de inventarse una lengua para poder referir lo propio. Teoría que es citada y recontracitada por todos esos señores que en los congresos se congratulan los unos a los otros y escriben aburridas páginas sobre colonialismos, migraciones, exilios. Páginas que tendrían más utilidad si con ellas se pudiesen liar cigarrillos de marihuana, pero ni eso.

viernes, octubre 28, 2011

El abecedario del estío: S de S.

Muy temprano en la mañana, aún sin abrir los ojos, siento la mirada de S. sobre mí. Que sus sueños le dijeron que la vida era un sueño y que ellos eran en realidad la vida – me dice. Estoy tan dormida que no puedo procesar la información, pero la frase se me va adentrando como una moneda por la ranura de una máquina oxidada que luego de un largo recorrido cae donde debe caer y acciona mecanismos, catalinas, cables, cuerdas. Abro los ojos repentina y a la vez pesadamente. Me siento como aquella máquina de títeres que se llenaba de polvo y grasa en un restaurante de una carretera que recorrí mil veces en mi niñez. Mi papá siempre decía que habíamos perdido la moneda, pero de pronto los títeres abrían los ojos y comenzaban a cantar algo que suponíamos era una canción alpina. La moneda que me lanzó mi niño con su frase parece una moneda perdida en la maraña de mi sueño, pero cuando finalmente toca el cable sulfatado que corresponde, abro una boca que parece de madera y le pregunto que qué clase de niño que aún no ha cumplido cinco años viene a despertar a su madre con esas complicaciones borgeanas. Como una canción alpina cantada por un títere antiquísimo que debería estar en un museo de juguetes en Holanda y no en la carretera de Oriente en los años 80, abro mi boquita cuadriculada, muevo mis manitos amaderadas y convoco a Calderón de la Barca:

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; que el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Qué de tiempos sin repetir ese verso, esa canción alpina.

Mis niños. siempre me meten sus monedas imaginarias, me hacen mover los pesados dispositivos de mi memoria. Aquella máquina, aquella carretera, aquel verso.

A S. le gusta mirar las cosas siempre de otra manera. Inventa instrumentos musicales como la guitarra-flauta o la flauta 2, que es la más difícil de tocar porque no tiene orificios. S. dice que se sabe la posición de todas las piezas del ajedrez de memoria. Me las dice una a una y yo me asombro y le creo porque no me sé el orden de las piezas y porque soy su madre y creo ciegamente en todo lo que me cuenta. A S. le gusta inventar juegos de computadoras. Cuando vamos en el carro o mientras lavo los platos me va contado de qué se tratan, va pasando de una etapa a otra. Confieso que a veces me pierdo. Escucho su voz como un gorgojeo lejano. Lavo platos o manejo. Me pierdo en mis cosas. De pronto vuelvo y lo escucho decir que la etapa cuatro es la más complicada porque entonces los cocodrilos tienen muchas vidas y …. ¿Qué? – grito- ¿tiene tantas etapas ese juego?. Sí – me responde – y son cada vez más complicadas. !Ah, no! – me quejo – cuéntamelo todo de nuevo a ver si lo entiendo. Y entonces él comienza nuevamente, feliz.

¿Qué soñaste, mi hijito? – le pregunto y lo meto en mi cama. El comienza su historia y yo lo escucho y le creo. Me gusta ser la madre de sus sueños.

jueves, octubre 27, 2011

El abecedario del estío: R de revolución

I

Mi niño me pregunta que por qué grita toda esa gente, que por qué están tan furiosos, que por qué van tirando tantos papeles y basura. Que si quieren destruir al planeta tierra – me pregunta con seriedad de niño de cuatro años y medio, es decir: sumamente serio y preocupado. Trato de explicarle que no van a destruir nada, que están protestando en contra de los que si quieren destruir al planeta, los que no quieren que la gente viva mejor, trabaje menos, gane más dinero, sea valorada como ser humano, viva en paz, etcétera. Seguimos caminando en medio de una multitud claustrofóbica, somos arrastrados por el entusiasmo. D. lleva cargado a nuestro niño para que no lo sofoque la muchedumbre. Y desde arriba, desde los hombros de su padre y con sus ojitos como luces, él me grita: ¿cuando el mundo sea mejor me vas a poder comprar un bleid-bleid, un juego de pokemon, una "computadorita chiquita"?

II

¿Esta es tu primera manifestación? – le pregunta una niña mínima a mi hija.

Es la tercera – le responde mi E., inflada de orgullo.

Esta también es mi tercera manifestación- dice la otra niña- pero estoy segura de que pronto iré a una cuarta.

Seguimos caminando con el río de gente, hasta un punto en el que tenemos que cargar a los niños porque ya no pueden respirar o porque los aplastan. Pienso que somos unos padres locos que van con niños pequeños a meterse en medio de aglomeraciones irrespirables de gente, pero veo a mi alrededor muchos otros niños en coches, en hombros, caminando, gritando consignas.

III

Grito mal todas las consignas, aunque me las expliquen, me las hagan repetir, me las enseñen escritas en letras hebreas, me las pasen a letras latinas. En medio de la emoción primitiva de por fin estar de acuerdo con los otros, la lengua se me distiende y no pronuncio las "ts" ni las "dz". Así que voy diciendo cualquier cosa. Voy en mi revolución personal. Mi pequeña alegría: no estoy sola aunque mis consignas sean diferentes. Por fin veo gente que hace a un lado el miedo, la religión, el fanatismo, la cuadradés, la miopía y se echa a la calle a pedir justicia social. A cuenta de una guerra eterna, este país ha escaldado a sus habitantes. Los de allá son bombardeados con misiles reales, los de acá con miedos, impuestos, usura, trampa.


IV

Ya apelarán al miedo para callarlos – auguran las malas lenguas.

Ya convocarán alguna guerra, un bombardeo desigual que atraiga la furia divina.

Ya la gente tendrá que callarse, meterse en los refugios, olvidar las consignas, conformarse. Ya dirán que todo se va en reforzar los sistemas de defensa.


V

Una foto del che Guevara adornaba la plazoleta del lujoso boulevard Rothschild que fue invadida por las miles de carpas de la gente que no puede pagar el alquiler de sus casas. Aquí me emociona esa imagen. En Venezuela me parece gastada y falsa.

lunes, octubre 17, 2011

El abecedario del estío: Q de Quién

- ¿Cuál es su nombre? – me pregunta el empleado.

Me quedo callada sopesando la respuesta. Pasan por mi cabeza todas las posibilidades de mis nombres: reales, legales, imaginarias, artísticas, locales, extranjeras. Y como no respondo inmediatamente el empleado me ve con mala cara. Creerá que soy tonta, autista, sospechosa, ladrona, tramposa. Veo barajarse todas las posibilidades de mi condición ante sus ojos, así como se barajan en mi cabeza todas las posibilidades de mi nombre.

Las posibilidades de mi nombre son infinitas- pienso y me causa mucha gracia. Me regocijo con mi pluralidad antes de contestar alguna de las combinaciones posibles.

- Norma Singer- respondo finalmente.

Cuando me pongo seria me gusta ese nombre que es mi verdadero nombre en este país, más no en el otro. Tal vez Norma Singer sea la polaca, la que vivió en Varsovia en la entre guerra, la que finalmente emigró a Israel y ahora es una señora muy matrona que gusta de leer esos libros que le recuerdan su infancia. El certificado, pero también Véase: amor. Una señora que canta enardecida "Hurshat ha eucaliptus" y todas esas canciones. Que se reía con Dzigan y Schumacher y se queja de la falta de gracia de los cómicos actuales. Que algunas tardes se deleita tomando un vasito pequeño de vodka de ciruelas cuando nadie la mira, cuando está muy cansada. Que ya no prepara blinches porque se los prohibieron por el colesterol.

El empleado anota mi nombre, descreído. Me mira como quien ve a una mendiga queriendo pasarse por princesa. Me veo en la necesidad de enseñarle mi documento de identidad.

- No hace falta – me dice sin siquiera agarrarlo, aunque en el fondo quiere mirarlo, comprobar que no estoy mintiendo, que en verdad llevo ese nombre de yidishe mame, aunque mi aspecto físico sólo me alcance para llamarme Liliana Lara.

Aunque ese nombre al que me parezco tampoco es mi nombre, sino otra de sus posibilidades.

El abecedario del estío: P de Perro

A veces jugamos a ponerle nombres a mascotas que no tenemos. Mascotas imaginarias que no tienen nada del otro mundo. Simples como un perro marrón. Comunes como un gato gris.

Célebres son los peces: Taña y Cuezo. Tal vez algún día realmente los tengamos. El pez Taña debería ser una niña y el pez Cuezo un niño. Habría que ponerlos en peceras separadas si no queremos presenciar cómo se comerán a sus propios hijos. Porque algunos peces son tan esquemáticos que siguen en cardúmen y con una fidelidad acuática aquel dicho que reza que "el pez grande se come al pequeño" y así no distinguen ni a sus propios hijos, pero esa es otra historia que bien cabría en esta misma letra.

Pero hoy estamos con los perros.

Un día apareció un perro. O mejor dicho una perra negra. Simple, común, un poco tonta, cachorra. La pusimos en período de prueba. La queríamos llamar Chupeta, luego Berrie, luego cualquier cosa. Cuando se ha practicado tanto con nombres, cuesta decidirse. E. no quería llamarla de ningún modo y quería que saliésemos a buscar su dueño. Era seguro que era una perra con dueños, pero quién podía saberlo. Creo que no podíamos decidir el nombre pues nombrar es poseer, de algún modo. Poseemos, eso sí, a toda esa gama de mascotas imaginarias. Imaginarias, pero sin poderes especiales. Perros, gatos, hámsteres, conejos. A la perra real, sin embargo, la dejamos sin nombre.

A mi los perros no me gustan. No creo que sea sensato extirparles sus posibilidades de reproducción y convertirlos en una cosa obesa y babosa cuya vida gira en torno a la caricia del amo y a la comida. Pero tampoco me agradan las incontinencias sexuales de sus celos. Las dos estampas -la del fiel castrado o la del impúdico- me molestan de igual manera. Y más que el nombre de la perra, secretamente me debatía ante la posibilidad de castrarla o no.

E. insistía en que debía tener dueños. S. quería reiniciar la búsqueda de un nombre para aquella perrita que prometía mucho cariño y esperaba con la lengua afuera los juegos de los niños. D. sacaba cuentas del tamaño que alcanzaría cuando creciera. Iba a ser gigantesca, eso se le veía en los huesos portentosos de las patas. ¿Cuánto comería un perro de tal magnitud? ¿Cuánto cagaría? ¿Cómo haríamos para bañarla?

Bañarla fue la prueba de fuego: luego de una lucha cuerpo a cuerpo, logré enjabonarla y luego desenjabonarla. Húmeda, salió corriendo a restregarse en la tierra y se devolvió a patinar sobre las baldosas blancas del piso. Esa fue su venganza: líneas de charco atravesando toda la casa. Líneas que dejaron grabado el derrotero de su patinaje.

Inmediatamente salimos a buscar a sus dueños y los encontramos. En un lugar cercano al parque unos niños la vieron y dijeron que ésa era la perra de otra niña. Se la llevaron.

Hay perros que van rebotando de dueño en dueño.

Algún día tendremos un perro, o un gato, o a los famosos Taña y Cuezo. Mientras tanto seguimos criando mascotas imaginarias y yo comencé a escribir algo que se inicia así:

Todo coincidió. La enfermedad de la abuela y el tumor del perro.


miércoles, octubre 12, 2011

El abecedario del estío: O de Oprobio

Que aquella mujer tenía una extraña forma de aprender idiomas- decían ellos en medio de risas. Que había aprendido una lengua eslava de un titiritero que se instaló en la plaza de un pueblo vecino. Ella vivía en esa zona de Europa en la que las guerras, los regímenes políticos, las rencillas, las geografías, las fábulas, los mitos, el exceso de vodka hacen de dos pueblos vecinos dos países de lenguas diferentes. Todas las tardes aquella mujer se escapaba hasta aquella plaza y escuchaba al titiritero hablar en una lengua hermana de su propia lengua. Tenía 13 años. Inventaba cualquier mentira para desaparecer de su casa. Pasaba algunos controles militares o los escabullía. O tal vez ni siquiera los había. No contó detalles, sólo que estaba allí cada tarde y que de pronto la gramática de los títeres se abrió ante sus ojos como una gruta secreta. Por aquella gruta entró, de la mano de alguna fábula contada por un viejo de boca desdentada y un muñeco con lengua de madera. Luego esa lengua la llevó a otras plazas, escuelas, fábricas. Abandonó su pueblo y su primera lengua.

El hebreo lo había aprendido aquí, en una fábrica. Su vida se resumía al trabajo callado y repetitivo cada noche; y a la telenovela mexicana cada dia. Lloraba con las mismas lágrimas de sus trece años ante cada desengaño amoroso, cada trampa, cada reencuentro. Así entró también en la gramática de aquellas actrices excesivamente maquilladas, tan de madera como los títeres de su segunda lengua eslava. Sola, en su cuchitril, acompañaba su melodrama con una botellita de vodka y aquellos panes dulces rellenos con semillas de amapolas que le recordaban su infancia. Un día decidió comprar un diccionario español-ruso en lugar del vodka. Se propuso entonces aprenderse de memoria cada letra. Y así lo hizo en las largas horas de guardia nocturna en aquella fábrica de un suburbio de Tel – Aviv. Hablaba un español rebuscado, lleno de adornos, se me ocurre que traducía la estructura de sus lenguas eslavas. Poseía una rigidez de diccionario. Y todo lo aderezaba con el idioma lacrimógeno de las telenovelas latinoamericanas más tradicionales. Aquella mujer era en sí misma una mezcla de fábulas. Su hebreo pasaba por ese tamiz de lo eslavo y lo latino.

Pero a ellos eso les daba risa. Su español tan artificial. Su manera de aprender idiomas.

No supieron ver la parábola.