viernes, septiembre 01, 2006

Cómo viajar con niños. Parte I

The Buenos Aires Affair: el café Tortoni.

No tiene nada que ver con Puig, sino con mi viaje. Llegamos en la mañanita, después de dos mil quinientas horas de vuelo atravesando primero el Mediterráneo, Italia, luego África y el Atlántico y finalmente Brasil (y casi diría que la América entera) Qué lejos es esa vaina, no es por nada, con razón esa cantidad de inmigrantes quedaron enclaustrados allí sin posibilidades humanas de emprender el retorno... Si a este vuelo interestelar le suman que a uno de los chicos le dio un fiebrón y lo que teníamos eran unas goticas para bebés, sabrán que llegamos vueltos mierda, con el perdón de la metáfora... Lo primero es Ezeiza lleno de turistas gringos y una cola interminable para que nos sellen el pasaporte. Un chico enfermo, la otra exuberante y plena de energía y nosotros arrastrándonos por las paredes y el piso. Luego el reencuentro con la familia, el abrazo largo, el beso, las ganas de mirar todo, las voces cantarinas y recordar las advertencias “no se te ocurra decir concha ni en juego, la concha que te parió....” jajajaja. El gran Buenos Aires se abre con unos superbloques rojos conectados por pasillos aéreos, autopistas con alcabalas a cada 5 kilómetros, pero antes de todo eso están los árboles más grandes que ví en mi vida. Miseñormarido no sabe como se llaman. Si le pregunto seguramente me dirá que son Jacarandás, pero seguro se equivoca. Abrir maletas, mirar la casa llena de fotos antiguas, tragar mate amargo con el afán de quien se fuma un cigarro tras otro. Nos acostamos a las 6 de la tarde, vencidos por el huso horario. Y a las 4 de la madrugada, despiertos y llenos de energía, felices, gritando en los rincones de la casa. Traéme un pancito con concha dura, mi amor. Ay! Concha no, no, no, es decir: cáscara, caparazón, cubierta, coraza. Segundo día, segundo enfermo: miseñormarido con 40 de fiebre cae largo a largo en lo que era su cama de infancia. Dice que es una fiebre psicológica, con esa manía que tienen los argentinos de atribuirle a la psiquis todo... yo debo ser más básica, porque me parece que se trata del mismo virus que atacó a Cao en el avión. Con todo y eso, al tercer día nos largamos al campo, a la pampa argentina, al rencuentro con el gaucho insufrible o invisible, con el Inodoro Pereira y todos los clichés que se les ocurran. Miseñormarido se instala en una cama de la hacienda hermosísima de los amigos y nosotros nos dedicamos a montar caballos, caminar entre los lirios silvestres (dios mío, lirios que nacen como monte!) navegar en un laguito, jalar mate amargo hasta por las orejas y luego tragar carne que ni les cuento. Quinto día, tercera enferma: Mimina con 39 de fiebre. Dosis doble de antibióticos, al coche y nos largamos a caminar por Quilmes. Y así vamos también a caminar por Corrientes. Esta intelectual que soy yo quiere ir a un famoso café de intelectuales, no recuerdo ya que día, pero sí que ya nadie estaba enfiebrado. El Tortoni es el lugar indicado, es el café donde solía reunirse Borges con su pandilla literaria, Arlt, etc. una especie de lugar mítico para los amantes de la literatura. En el 825 de la Avenida de Mayo está el café antiquísimo (fundado en 1858) Llueve porque es otoño y entramos corriendo, muertos de frío. En estampida, hacemos nuestra aparición triunfal. Los intelectuales levantan los ojos de sus libros o sus cafés, las parejas que bailan tango al final trastabillan un poco el paso porque ha llegado la familia telerín en comitiva completa. Nos sentamos en la única mesa libre. De inmediato Mimina se da cuenta que es la única niña en el lugar y comienza a hacer todo tipo de bailes y monerías para que la vean. A Cao y Zezé les da hambre apenas meten los pies bajo la mesa: Una pizza familiar, por favor. No hay -dice el mesero con cara de profesional. Sólo venden pizzas individuales porque es un café de intelectuales. Y bueno, tres pizzas individuales con tomate y mozarela, dos cafés y si puede, pónganos en una tacita un poquito de leche caliente para la niña. Y comienza la acción: baja los pies de allí, quédate sentada en la silla, no hay coca cola sino pepsi, no te eches el agua encima, no van a ir a jugar billar en este minuto, píntale algo a la niña, que él dijo, que tu dijiste, que la pizza tiene tomates enteros, que no me gusta el queso, que no te la comas toda, que déjame un pedacito, pero si tu no querías, pero ahora quiero, la leche esta muy caliente, espera, pero quiero leche ahora, pero esta caliente, échale un poquito de agua fría a la leche, pero no la eches en la mesa, ¿dónde están las servilletas?, llama al mesonero antes que se haga un charco en el piso. Y de pronto, Miseñormarido que dice que se va a la parte de fumadores un ratico a fumar y no mi amor, tu a mi no me dejas sola con esta jauría y bueno, vamos los dos. Es así como nos escapamos y miramos a los intelectuales hablar de literatura, los cuadros de las paredes de pintores famosos, la gente que baila tango en un salón semiprivado al final, la chica adoradora de Borges se lee la obra completa sentada sola en una mesa frente a un café que se enfría y una colilla que se deshace sola en un cenicero. No trajimos ni un libro para leer- le digo a miseñormarido- ni una hojita para escribir. Me mira serio, infinitamente serio, y me dice: si estás tan urgida de escribir algo, puedes hacerlo en el cuadernito de Mimina y con sus colores de cera. Ay, no! No es para tanto – le digo. En una esquina: Borges, Alfonsina Storni y Gardel, disecados, tertulian en una mesa, una conversación inverosímil e infinita. Y es desde allí que miro hacia nuestra mesa: Mimina viene corriendo hasta mi, gritando, detrás viene Zezé, intentando rescatar su reloj. En fin, que no es fácil ser intelectuales viajeros con hijos.... continuará....

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bienvenida mamacita,
espero con ansias tus relatos

Irene dijo...

Los árboles enormes se llaman plátanos y tipas y los plantó Thays a fin del siglo XIX. Son bellos, no?