
He aquí que tenía que pedirle otra talla de pantalón a la vendedora. Comencé a decir el número, pero ella me vio las caderas y me lo completó: 40! Muy segura ella de sí misma y de su ojo clínico para reconocer el grosor de unas caderas. No, mi amor – le dije. Bueno, le hubiese querido decir "mi amor", incluso hubiese dado un ojo de la cara por decirle: "miamol" , pero lo que dije fue "ahuvatí" que es la traducción de "mi amor" a esta lengua y que jamás se usa para dirigirse a una persona que no se conoce, sino a un verdadero amor. Pero como en mi lengua y en mi tierra se dice "mi amor" en múltiples casos, lo usé y punto. En este caso mi "mi amor" (mi "ahuvatí") era de indignación. No, mi amor – le dije- Aquí donde tu me ves, yo me voy a meter en una talla 36. La chica, que tenía la suerte de tener unas caderas rígidas y masculinas, levantó las cejas y me volvió a tasar las caderas. Casi estuvo a punto de decirme que si explotaba el pantalón, lo tendría que pagar, pero quedó sobre entendido en la mueca que se formó en sus labios. Tampoco quería perder un cliente, así que fue a buscar el pantalón talla 36.
Una vez en el vestidor hasta yo misma dudé de que me sirviera tal pitillo -de talle alto para más complicaciones-, pero con toda la experiencia adquirida en años de usar bluyines apretados, me metí ese pobre pantalón a como dio lugar. La tela era estrech, en todo caso, y como diría mi hermana: esa tela aguanta todo. Salí triunfal de la casilla estrecha que servía de medidor y busqué con la mirada a la vendedora de caderas felizmente masculinas. Me vio y se acercó a mí con una sonrisa: ¿Qué tal te queda? –preguntó- como deseando que cuando yo por fin pudiese hablar saliera un botón disparado por los aires. Me queda perfecto, ahuvatí – le dije. Me miró las caderas embutidas y se sonrío como dándole pocas horas de vida al casi desahuciado pantalón. Soy latina, mi querida – le expliqué - ¿Cuándo has visto tu a una latina que no ande apretada? Supongo que sí – dijo ella- Jennifer López …. Dejó el comentario suspendido y la verdad es que ya yo no la estaba escuchando porque entonces recordé que más que latina soy de un pueblo lluvioso donde todas las mujeres van encajadas en bluyines, que probablemente en otra parte del continente sudamericano no sea así, pero allá sí que lo es. Mujeres embluyinadas día y noche. Bluyines una talla menos de la correcta. Algunas ni se pueden sentar, enterizas, con esa camisa de fuerza para los pliegues, las vueltas y las volutas. Un cinturón de castidad contra la gordura. Que si te pones tu talla de pantalón – reza la sabiduría popular de mi pueblo – enseguida la llenas. Mejor estar apretujada, sin posibilidades físicas de aumentar un solo gramo. Contenida la grasa, las redondeces.
He aquí que me dirigí a la caja, convencida de estar llevando a cabo un precepto milenario, una tradición antiquísima, un homenaje a todas mis antepasadas y mis coterráneas. Pagué, orgullosa, como quien efectúa un rito: una vela puesta a mis santos, una flor a mis muertos, una bandera a mis preceptos, una oveja sacrificada a los dioses.
Ahora el bluyín descansa en mi closet, esperando que las clases de zumba me hagan efecto y me lleven a perder aunque sea 100 gramos, porque la verdad ….
Una vez en el vestidor hasta yo misma dudé de que me sirviera tal pitillo -de talle alto para más complicaciones-, pero con toda la experiencia adquirida en años de usar bluyines apretados, me metí ese pobre pantalón a como dio lugar. La tela era estrech, en todo caso, y como diría mi hermana: esa tela aguanta todo. Salí triunfal de la casilla estrecha que servía de medidor y busqué con la mirada a la vendedora de caderas felizmente masculinas. Me vio y se acercó a mí con una sonrisa: ¿Qué tal te queda? –preguntó- como deseando que cuando yo por fin pudiese hablar saliera un botón disparado por los aires. Me queda perfecto, ahuvatí – le dije. Me miró las caderas embutidas y se sonrío como dándole pocas horas de vida al casi desahuciado pantalón. Soy latina, mi querida – le expliqué - ¿Cuándo has visto tu a una latina que no ande apretada? Supongo que sí – dijo ella- Jennifer López …. Dejó el comentario suspendido y la verdad es que ya yo no la estaba escuchando porque entonces recordé que más que latina soy de un pueblo lluvioso donde todas las mujeres van encajadas en bluyines, que probablemente en otra parte del continente sudamericano no sea así, pero allá sí que lo es. Mujeres embluyinadas día y noche. Bluyines una talla menos de la correcta. Algunas ni se pueden sentar, enterizas, con esa camisa de fuerza para los pliegues, las vueltas y las volutas. Un cinturón de castidad contra la gordura. Que si te pones tu talla de pantalón – reza la sabiduría popular de mi pueblo – enseguida la llenas. Mejor estar apretujada, sin posibilidades físicas de aumentar un solo gramo. Contenida la grasa, las redondeces.
He aquí que me dirigí a la caja, convencida de estar llevando a cabo un precepto milenario, una tradición antiquísima, un homenaje a todas mis antepasadas y mis coterráneas. Pagué, orgullosa, como quien efectúa un rito: una vela puesta a mis santos, una flor a mis muertos, una bandera a mis preceptos, una oveja sacrificada a los dioses.
Ahora el bluyín descansa en mi closet, esperando que las clases de zumba me hagan efecto y me lleven a perder aunque sea 100 gramos, porque la verdad ….