
Ayer estuvimos en Jerusalén. No la Jerusalén de verdad –como la llamó mi niña – sino la anónima. Yo quería conocer Talpiot, Kerem Abraham y todas esas zonas de las que habla Amos Oz en “Una historia de amor y de oscuridad” (debo pedir disculpas a la traductora de la novela, pues si bien traduce el nombre de algunas calles –como me quejé en un post anterior y ella sabrá por qué lo hace- el de otras lo deja tal cual. Es así como Kerem Abraham es Kerem Abraham y no “El viñedo de Abraham”, o ¿la vid?) En fin, que quería yo conocer –hasta donde es posible – esa Jerusalén cotidiana - antiquísima, pero cotidiana- de edificios claustrofóbicos de piedra crema, geranios muriéndose de sed en los alfeizares, ropas tendidas, polvo y más polvo. Así, ayer, un día de calores primaverales que presagian un verano seco e infernal, nos montamos en el carro repletos de agua y juguetes y nos fuimos a dar vueltas por las calles y callejuelas de la mítica ciudad dorada, centro del mundo. Y nada de lo que yo pueda decir de Jerusalén no se ha dicho antes. ¿Cuántos libros la nombran? Demasiada historia en aquellas piedras, incluso en las piedras menos turísticas y cotidianas. Pero razón tiene Oz –mi maestro, ya saben – en que cuando uno viaja (o pasea a una hora de casa, en nuestro caso) ve alfeizares y geranios, ve gente de negro y de prisa, pero no puede entrar a sus casas. Leer, en cambio, es entrar a esas casas, a esos cuartos, mirar qué comen, cómo duermen o aman o sufren los otros. Esos hombres de negro y de prisa. Esas mujeres de alfeizares resecos, que cierran las ventanas ante la curiosidad de nuestros ojos, estremeciendo los geranios. Leer es entrar a donde se nos niega la entrada. Pasear es imaginar la vida más allá de las pestañas, pero leer es verdaderamente entrar. Con todo esto no quiero decir que no valga la pena viajar (si me ponen a escoger entre un billete de avión y un libro, demás está decir qué es lo que escojo)
Ayer paseamos por Talpiot, por Kerem Abraham, por la calle Sofonías, por algunos de esos lugares de los que habla Oz, porque luego de entrar a aquellas casa queríamos verlas por fuera. Por otros lugares no pudimos siquiera pasar: las religiones cierran el paso a turistas de pacotilla. Si entras al otro lado de la ciudad, te tiran piedras. Si te quedas de este lado, pero unas cuadras más allá, lo mismo. Una ciudad divididísima. Otros lugares ya no existen: guerras hambrientas devoraron hasta los cimientos. Y el tiempo, pues, que también hace lo suyo, porque a lo cotidiano nadie lo restaura, generalmente. Y es allí cuando leer es, además de llave de todas esas puertas, máquina del tiempo y salvoconducto.
En un mirador nos detuvimos a comer helados. Desde allí mi niña vio la Jerusalén de las postales, la de la cúpula de oro y la muralla, y dijo: “Allá está la Jerusalén de verdad” (ella la llama “ierushalaim”, en hebreo) Otro día vamos a ir a verla de cerca – le prometí.
Entonces recordé mi primera vez en La vía dolorosa y el Santo Sepulcro y me dio escalofrío. Leer – dice Oz - es ir más allá de las murallas, pero en ciertos lugares los adobes se dejan leer –con interferencias y desorden, como miles de voces hablando sin concierto- y producen estremecimientos. Aquella primera vez en ese sepulcro negro y recargado, entramos por despiste en un lugar mucho más negro, como si el fuego lo hubiese pintado, y vimos cuadros quemados y huecos que eran túneles. Fue una imagen tan densa que me produjo pesadillas. Yo, que defiendo a capa y espada mi levedad de conga y fast food, me puse pesada (y me pongo no más de recordarlo). Aquella noche me desperté gritando. Desde entonces sólo he vuelto a entrar para complacer a visitantes (todos quieren ir allí) y nunca me he sentido bien. Demasiado dolor, demasiada unción, demasiados años, demasiados gritos, demasiados curas, demasiadas religiones, demasiados arrepentimientos flotando en el aire como oraciones aplazadas. Incluso: demasiados mercaderes (y mira que yo soy consumista) Hay piedras que se dejan leer, como si de pronto se nos mostraran en imágenes, nos vuelven videntes. Yo no estoy preparada para sentir el misticismo de Jerusalén. Sólo sus fachadas cotidianas. Sólo su gente tan disímil. Traspasar los portones comunes de la mano de Amos Oz, que sea él quien me guíe, quien ordene el desconcierto, quien me cuente la historia de lo ínfimo y de lo humano.
Demasiados predicadores en Jerusalén: hasta un guía turístico que irrumpió de pronto entre los juegos de mis niños predicaba desde lejos el significado de la disposición de la ciudad. Señalaba muros, molinos, templos que se veían desde el mirador. Explicaba como quien da misa. Nosotros le huimos al evangelista para turistas y a sus borregos y nos sentamos debajo de un árbol para seguir lamiendo nuestros helados que se derretían raudamente con el sol del centro del mundo. Un sol rabioso.
Ayer paseamos por Talpiot, por Kerem Abraham, por la calle Sofonías, por algunos de esos lugares de los que habla Oz, porque luego de entrar a aquellas casa queríamos verlas por fuera. Por otros lugares no pudimos siquiera pasar: las religiones cierran el paso a turistas de pacotilla. Si entras al otro lado de la ciudad, te tiran piedras. Si te quedas de este lado, pero unas cuadras más allá, lo mismo. Una ciudad divididísima. Otros lugares ya no existen: guerras hambrientas devoraron hasta los cimientos. Y el tiempo, pues, que también hace lo suyo, porque a lo cotidiano nadie lo restaura, generalmente. Y es allí cuando leer es, además de llave de todas esas puertas, máquina del tiempo y salvoconducto.
En un mirador nos detuvimos a comer helados. Desde allí mi niña vio la Jerusalén de las postales, la de la cúpula de oro y la muralla, y dijo: “Allá está la Jerusalén de verdad” (ella la llama “ierushalaim”, en hebreo) Otro día vamos a ir a verla de cerca – le prometí.
Entonces recordé mi primera vez en La vía dolorosa y el Santo Sepulcro y me dio escalofrío. Leer – dice Oz - es ir más allá de las murallas, pero en ciertos lugares los adobes se dejan leer –con interferencias y desorden, como miles de voces hablando sin concierto- y producen estremecimientos. Aquella primera vez en ese sepulcro negro y recargado, entramos por despiste en un lugar mucho más negro, como si el fuego lo hubiese pintado, y vimos cuadros quemados y huecos que eran túneles. Fue una imagen tan densa que me produjo pesadillas. Yo, que defiendo a capa y espada mi levedad de conga y fast food, me puse pesada (y me pongo no más de recordarlo). Aquella noche me desperté gritando. Desde entonces sólo he vuelto a entrar para complacer a visitantes (todos quieren ir allí) y nunca me he sentido bien. Demasiado dolor, demasiada unción, demasiados años, demasiados gritos, demasiados curas, demasiadas religiones, demasiados arrepentimientos flotando en el aire como oraciones aplazadas. Incluso: demasiados mercaderes (y mira que yo soy consumista) Hay piedras que se dejan leer, como si de pronto se nos mostraran en imágenes, nos vuelven videntes. Yo no estoy preparada para sentir el misticismo de Jerusalén. Sólo sus fachadas cotidianas. Sólo su gente tan disímil. Traspasar los portones comunes de la mano de Amos Oz, que sea él quien me guíe, quien ordene el desconcierto, quien me cuente la historia de lo ínfimo y de lo humano.
Demasiados predicadores en Jerusalén: hasta un guía turístico que irrumpió de pronto entre los juegos de mis niños predicaba desde lejos el significado de la disposición de la ciudad. Señalaba muros, molinos, templos que se veían desde el mirador. Explicaba como quien da misa. Nosotros le huimos al evangelista para turistas y a sus borregos y nos sentamos debajo de un árbol para seguir lamiendo nuestros helados que se derretían raudamente con el sol del centro del mundo. Un sol rabioso.
Demasiadas Jerusalenes en Jerusalén. Habrá que ver cuál es la de verdad.