lunes, diciembre 10, 2007

Tinieblas en el corazón


Me había dado por leer a autores hipernuevos y contemporáneos en edad conmigo porque tenía a mi disposición un pasillo enorme de la biblioteca de Alejandría. Otro día les cuento de esa biblioteca, de momento la historia comienza en ese pasillo de narrativa hispanoamericana y sigue por otros senderos. No es que en el pasillo sólo haya autores contemporáneos, lo que pasa es que me había dado por allí, para ver de qué me había perdido yo en estos últimos años de exilio lingüístico y apartada de la literatura (que es como estar apartada de la vida misma, diría un tipo que conozco muy bien) En realidad si hubiese leído a los clásicos, también hubiesen sido novedad ante mis ojos, que yo no he leído todo lo que debería leer o que mis lecturas son rarísimas y ni clásicos ni nuevos, sólo lo que me va cayendo en las manos, y - hace unos cuantos años- lo obligatorio. Ante aquel pasillo repleto de letras en español, a mi se me dio por leer lo nuevo, lo del 2000 para acá o lo que escriben mis contemporáneos. No digamos que he podido hacer una radiografía de las letras hispanoamericanas contemporáneas, porque tampoco es para tanto, pero si que me fajé con algunos autores al azar y otros que me recomendaron, todo para terminar un poco desilusionada. Quiero atribuir mi desconsuelo a la mala suerte o a que me he puesto muy clásica.

De lo leído, sólo puedo decir que:

1.- Hay novelas que en realidad son cuentos estirados como un chicle hasta que la anécdota se pierde. Todo chicle al final se rompe o se hace flácido. Novelas bien escritas pero flácidas. No pasa nada en sus páginas, más que la muestra de la capacidad del autor de crear bellas imágenes.

2.- Hay novelas tramposas. Dicen que la obra de arte es todo aquello que rompe con la expectativa del espectador, que presenta una solución inesperada. Sin embargo, hay novelas que serían espectaculares si siguieran la expectativa que en el principio crean en el lector. Pero no: como quieren ser originales, cambian la seña repentinamente y sin justificativos. Eso no es arte, sino arbitrariedad.

3.- Hay una cierta moda de los cuento-novelas. A mi me encantan, pero...


Conclusión:

1.- He tenido mala suerte.

2.- No se pueden establecer conclusiones con un “corpus” tan escueto y azaroso.

3.- Dios mío: ¿Cómo es que he llegado a esta edad sin leerme “El corazón de las tinieblas”? Luego de mi aleatoria incursión en las letras contemporáneas, decidí abandonar aquel pasillo y meterme en uno de esos sitios de Internet donde se bajan libros gratis y bajarme esa maravilla de Joseph Conrad.

Maestro de maestros, me inclino a sus pies.

Qué maravilla perderse en la voz de Marlow, ese personaje infinito que nos echa el cuento de su viaje al corazón del Congo belga. La historia es densa como las aguas del río en el que navega el vapor de Marlow y no se las cuento, porque seguro ya la conocen.

¿Qué hay en “El corazón de las tinieblas” que me hizo estremecer?

La oralidad. Un tipo te echa un cuento y te lo echa bien.

La tensión. Anécdota y ritmo narrativo van en comunión.

La tentación. Provoca seguir leyendo. Te mueres por seguir leyendo. Vas es tu carro manejando y no ves los semáforos porque quisieras seguir leyendo. Se te quema la comida porque quisieras seguir leyendo.

La precisión. Es un cuento largo y no una novela porque la tensión y la anécdota aguanta hasta un cierto número de páginas. No se pone Conrad a tensar el arco demasiado hasta romperlo y lograr esa flacidez narrativa de algunas novelas que en realidad eran un cuento largo y por asunto de mercado (o qué se yo) fueron convertidos en novelas.

La historia. El fin único de la narrativa es echar un cuento.

Todo este palabrerío es sólo para decir que el fin único de la narrativa es echar un cuento, así, como si mi verdad fuese la verdad de todos.

Ojalá me lluevan comentarios en contra.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No quisiera hacer una apología de los clásicos, porque me pasa lo que a ti: leo lo que me encuentro, lo que puedo comprar (las novedades suelen ser caras) y lo que está más o menos probado por el tiempo (bastante discutible el último punto, pero soy conservador con mi tiempo y mi dinero). Así que entre una novedad desconocida y anunciada como la nueva revelación de la literatura mundial o española o argentina, voy con cuidado. Termino volviendo a Faulkner, a Onetti, a Borges y a Conrad. Los maestros de siempre (al menos los míos) que, si los leo con la atención debida, se me revelan novedosos y hasta diría que jóvenes promesas.
Tienes toda la razón sobre "El corazón de las tinieblas": se te vuelve una obsesión. Es un cuento maravillosamente echado. Que es más de lo que podemos aspirar la mayoría de los que queremos escribir. Pero no hay que desanimarse por eso; hay que seguir intentando acercarse a los maestros.
Por cierto, acabo de comenzar a leer Azar, una de las novelas donde aparece Marlowe (más viejo que en El corazón de las tinieblas), y aunque no sea una de las grandes de Conrad, me admira eso que los teóricos llaman "composición novelesca"; no un cuento estirado, como bien dices, sino una estructura poliédrica de voces y puntos de vista muy bien armada.

Saludos,

Rubi

pachamama dijo...

Yo tampoco quiero hacer una apología de los clásicos, porque soy extremadamente “novelera” (que me gusta lo nuevo, pues... a pesar de todo) , pero es verdad eso de que los grandes maestros suenan a novedad, y creo que es porque están más allá del tiempo. Es como con la música: la buena música parece siempre nueva, no importa cuando la escuches. La música no tan buena tiene marcas de época que la suscriben demasiado a un periodo o una moda. La buena música no envejece, igual que la buena literatura. Y ahí está la cosa: creo que los libros que leí últimamente envejecerán de aquí a cinco años, mientras Conrad seguirá fresquito como una lechuga.

Un beso!!!