jueves, agosto 23, 2007

Una madre con moto y sidecar



Me cayó del cielo un dinerito y decidí comprarme un carro usado. Para ser democrática, le pregunté a mis hijos (los propios y los heredados) qué tipo de carro querían que comprara. Sin dudarlo, dijeron en coro: una moto. Y aunque me moría por una moto y ya me veía a mi misma tragándome la autopista en una máquina infernal, la realidad llena de ojos brillantes me puso un freno. Una mamá – les dije – nunca puede ir en moto porque dónde llevaría a sus hijos. Pero que tontería, en un carrito de esos que se ponen al lado – se podría decir que me contestaron al unísono, pero la verdad es que el bebé sólo decía tatata. Bueno, lo cierto es que todos querían una moto y no veían ningún problema en cuanto al espacio. Entonces me puse a pensar en la madre ideal, porque a veces, sobre todo en los días en que comemos pan con margarina y no me da tiempo de bañar a nadie, suelo pensar en cómo será la madre ideal y en que definitivamente no se parece a mí. La madre ideal debe ser una con moto y sidecar y no esas necedades en las que pensamos las madres cuando nos sentimos culpables tras haber pasado toda la tarde tiradas en el suelo dizque jugando con nuestros hijos pero moviendo las manos mecánicamente y con la cabeza en otros asuntos. Una madre con la mesa puntual como reloj suizo, involucrada en los juegos, enseñando siempre y a toda hora no tiene nada que ver con la madre ideal. Estoy segura de que una madre perfecta es aquella feliz poseedora de una moto con sidecar: este intrépido vehículo paliaría cualquier día de comidas a destiempo, cuentos apurados, baños postergados. Una moto con sidecar libraría de todo peligro, evitaría posteriores traumas siempre adjudicados a la figura materna (ese invento machista), alimentaría y guiaría a hijos perpetuamente sedientos de acción. Una madre con moto y sidecar sería también una madre feliz. El pelo al viento, todos sus retoños muy juntitos a ella, alegres, hablándose a los gritos, cantándose a los chillidos, yendo de acá para allá todo el tiempo.

Y si la madre está feliz, entonces es la madre perfecta.

domingo, agosto 19, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos VII


7.- No te pongas a dar consejos!

Nada peor que un novato aconsejando. Y nada peor que hacerle caso a los consejos de un escritor recién estrenado. Aunque igual de pavoroso es prestarle atención a lo que dicen los autores consagrados. Pero lo más terrible de todo es creer que con consejos se puede llegar a escribir algo. Que cada quien se guíe por sus instintos. Los míos quedan aquí expuestos.

Aunque si una cosa he de decir, un ultimito consejo, quizá el único:

Escribe, no para llamar tonto al lector, sino para contarle una historia.

Escribe, no para mortificar al lector, sino para contarle una historia.

Escribe, no para mostrarle tu “inteligencia” y tu “background” al lector, sino para contarle una historia.

Escribe, no para pantallar con todo lo que has vivido frente al lector, sino para contarle una historia.

Escribe, no para escandalizar al lector, sino para contarle una historia.

Y cuando escribas, no pienses en el lector, piensa en la historia.

Digo todo esto un poco harta de la intelectualidad de ciertos cuentos, de las ganas de escandalizar al burgués de ciertos escritores recientes, de la falta de anécdota de ciertos libros insoportables.

En alguna parte lei un consejo esclarecedor: quien quiera escribir que vaya a menos reuniones de escritores y más a la peluquería.

Uff, por fín terminé con esto!!

jueves, julio 19, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos VI




Ay, no lo puedo creer: Ya estoy con el sexto consejo. He de confesar que cuando comencé a escribir esto no tenía ni para dos consejos y ya ven!!


6.- Hay que escribir más.

Juan Rulfo escribió una obra minúscula y se convirtió en uno de los grandes de la literatura latinoamericana. Para eso fueron suficientes escasas paginitas, pero llenas de una vida (o de una muerte) nunca antes vista. Otros escribieron 2 grandes libros y ya. Ricardo Piglia, por ejemplo, no ha podido escribir otra novela desde 1997 (ya son 10 años!) aunque en cada entrevista a lo largo de toda una década comenta que está a punto de terminar otra obra de ficción. Pero ¿quién le va a reprochar al “último lector” que no escriba novelas desde hace 10 años?, ¿quién le va a preguntar qué ha estado haciendo en todo ese tiempo además de leer y ensayar? Piglia puede darse el lujo de no hacer nada (o casi nada) porque antes de echarse en su hamaca allá en Princeton, se sentó y se encerró y escucho las voces de los desaparecidos y de los otros, y perdió y se inventó la tradición más larga de la literatura argentina. Pero tú, que no has conmocionado a la literatura local de ninguna manera, ¿te vas a conformar con unos cuenticos aquí y allá? ¿Te vas a poner la chapa de escritor y te vas a dedicar a tocarle el culo a las carajitas en cuanto happening literario se te ponga en la agenda? ¿Te vas a dormir en los laureles o como dirían en mi pueblo: te vas a echar las bolas al hombro? La historia está llena de poetas sin poemas y escritores sin escritos. Gente de obra escasísima (y no por eso un Rulfo o un Rimbaud) que se dedican a tocarse el diente roto con la punta de la lengua, como en el famoso cuento de Pedro Emilio Coll. Si un día un amigo se ganase un loto y monta una editorial alternativa (de esas que estuvieron tan de moda a finales de los 90) y les dice: “dame lo que tengas, que te lo publico”, pues no tendrían nada que darles. Se excusarían seguramente diciendo que no quieren ser publicados por un amigo, etcétera... Todo este palabrerío es sólo para decir que hay que escribir más. Y no porque en la cantidad esté la calidad, sino porque el escritor de oficio escribe, verdaderamente escribe. Hay que llenar folios y más folios, hay que acabar la tinta de la impresora, llenar la memoria de la computadora, armar libros de más de 80 páginas. Como diría el controversial Bolaño, escribir varios cuantos al mismo tiempo, escribir varios libros al mismo tiempo, ser una máquina de escribir. Regodearse en el placer de la pila de hojas que crece frente a nosotros. Hojas llenas del negro de las letras. Muchas, muchas hojas escritas por nuestros dedos. El sonido de nuestros dedos oprimiendo las teclas. El runrún de la impresora escupiendo páginas. El cartucho de tinta recién comprado que se acaba. Placeres infinitos que sólo han experimentado y comprenden aquellos que escriben que jode, ¿verdad?

domingo, julio 15, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos V


Este es el quinto consejo de una serie de siete consejos para escribir cuentos en los que he venido pensando a lo largo de ya casi tres meses, para no pensar en por qué será que no estoy escribiendo mucho últimamente y para autoinvocarme a la musa -que no existe, se sabe, pero algo hay que invocar o a algo hay que echarle la culpa - .... También para no pensar en por qué si no escribo, igual mi eliptical trainer sigue llenándose de polvo allá en la esquina...

5.- Invéntate una tradición y unos maestros.

Hay quienes tienen la suerte de vivir junto a maestros, seguirlos. Hay quienes son aceptados en famosos talleres literarios y viven en hordas poéticas o narrativas, leyéndose los unos a los otros de manera casi endogámica. Pero hay quienes viven al margen de todos los centros, lejos de maestros y talleres, de hordas y pandillas, de endogamias e incestos. A ellos mi consejo: invéntate maestros. Y como son ficticios, algunos pueden incluso estar muertos y no por ello dejar de ser tus maestros. A los muertos, prende velas: un altar con flores, frutas y velas. Con los vivos no intentes ningún contacto más que leerlos con adoración y situarte entre ellos, creerte parte de ellos. Y así te vas armando tu propia tradición, tu patiadero. Todo escritor que se respete tiene su propia tradición: unos la muestran explícitamente (como Piglia, Vila – Matas y todos esos a los que les gusta hablar de literatura en sus novelas) y otros la ocultan (o simplemente no son explícitos, son más discretos) Esta idea genial no es mía, sino de Jorge Fornet en su libro sobre Piglia .... Independientemente de si eres explícito o no, necesitas una tradición: en la construcción de esa tradición está la clave de tu propia voz. Y para armarla necesitas bastante trabajo: buscar, pero sobretodo leer. Todo este palabrerío se puede resumir en una sola frase: hay que leer más. Pero leer de verdad, no andar paseando con el libro. Leer que jode, no sólo en el baño. Agudizar el ojo, apurar el paso, leer todo lo que se pueda. “Todo el que lee mucho termina escribiendo”, decía aquel veterano de Vietnam, centro de la novela La velocidad de la luz, de mi maestro Javier Cercas.

En la foto: mi maestro Ricardo Piglia, leyendo. Ven, esto de inventarse maestros es buenísimo porque así uno anda de “tú a tú” (en este caso sería de “tú a vos”) con gente que de otra manera ni nos verían....jajaja!

sábado, julio 07, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos IV



Espero no haber sonado demasiado esotérica con el consejo anterior, nada que ver. Se trata sólo de la magia de la creación que va desde el orgasmo ilimitado que junta un óvulo a su amante espermatozoide hasta la alegría tontísima de quien termina de escribir un post. Ese momento sublime que tiene que ver con voces y drogas de nuestro propio cuerpo. Pero de lo sublime, pasemos a lo terreno: el cuarto consejo es el desmoronamiento.

4.- Fracasa.

Un triunfo por cada mil fracasos. Quien quiera escribir habrá de caer mil veces en las garras del fracaso. Perder. Abandonar. Tirar los viejos escritos en las aguas pastosas del Manzanares cumanés. O el Orinoco soberbio. O el Nilo con sus mosquitos. O el mar que llaman río, turbio y rojo, allá en Buenos Aires. O en las más próximas aguas, cuales quiera que sean. Dejar que la corriente se lleve todo y traiga aguas nuevas. Levantarse, las rodillas raspadas de la caída, las manos sucias, y seguir. Seguir a toda costa y a pesar de todos. ¿Acaso Rulfo y García Márquez ganaron todos los concursos en los que participaron? Cuenta la leyenda autocompasiva que va de boca en boca entre los perdedores profesionales de competencias literarias que tanto el mexicano como el colombiano perdieron sendos concursos. Entonces ¿por qué uno no va a perder? Yo agradezco haber perdido un concurso hace mil años, agradezco haber estado a punto de recibir una mención y al final no recibirla, agradezco haber sido rechazada de talleres literarios de prestigio porque eso me hizo llorar infinitamente sobre mis cuenticos hasta borrarlos del papel y la memoria. Quemarlos. Abandonar: no sirvo para esto, me dije, no escribo más ... No vuelvo a las letras que duelen como una catástrofe.... para darme cuenta tiempo después que más duele no escribir. ¿Qué hubiese sido de mí sí mis primeros torpes escritos hubiesen sido aceptados por los dioses literarios? Lo mejor fue fracasar y borrar todo aquello, para entonces retomar con más fuerza, con más rabia, con hambre. La piel curtida a fuerza de caídas. No sé, una especie de “Karate Kid” literario o cualquiera de esas películas en las que un bueno-para-nada se transforma en un héroe a fuerza de coñazos: razón tenía Swatzeneger que lo que no mata, fortalece. Aquel poema de Rafael Cadenas es un himno.

martes, julio 03, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos III


Retomando el hilo y sacándome las bambalinas del pelo, este es el tercero de los siete consejos para escribir cuentos que me tienen ocupada en estos días (que ya son meses):

3.- Sé neutro, sé un médium.

La lógica les dice que luego del “aplasta tu culo en una silla” y el “enciérrate” debería venir el “autoflagélate”, pero no es así. Escribir bajo el influjo de la tristeza y del dolor sólo sirve para poetas, creo. Y ni siquiera para ellos, que me perdonen mis amigos poetas, que saben sacarle partido a sufrimientos pasados y ajenos y cuando crean metáforas ya están en la otra orilla del dolor, del lado de allá, mirando de lejos lo que pasó. Nadie escribe bajo el influjo de la emoción, esto ya lo decía Quiroga, así que mejor esperar que la emoción pase, sea dolor o sea placer, que pase, nadie hace nada bueno mientras siente, además de sentir. Y escribir es sentir de otra manera, convertir la realidad en sentido y para eso debemos abandonarnos a los significados que la propia realidad nos entrega .... es que me creí la gran cosa luego del premio y ahora quiero hacer una verdadera ars poética usando palabras que ni yo misma entiendo... jajaja! .... Se neutro, decía, porque es la única manera en que podrás sentir lo que sienten tus personajes. Así dejarás que la historia fluya y sea ella quien decida por donde seguir. Convertirte en un médium atravesado por las voces de los otros (y la tuya misma de vez en cuando, claro, que todo médium es un poco embustero e impostor) Mi querido Javier Cercas decía que si sabes de antemano exactamente todo lo que vas a escribir antes de sentarte a escribir, estás jodido. No lo decía así, pero más o menos. Escribir es terminar diciendo algo que ni tú mismo sabías que ibas a decir. Esas voces, pues, que te poseen cuando encerrado y sentado frente al monitor luchas con la madeja de las palabras. Entonces: a sentarse, a encerrarse, a hacerse el sueco poniendo en cero los sentimientos propios, o lo que es lo mismo: contar lo ajeno como propio y lo propio como ajeno. A dejarse poseer por las historias: las que planeamos contar y las que nacen en el momento de la escritura. Como bien lo ha dicho Rodrigo Fresán en Jardines de Kensington: “Ser escritor es ser alguien que no eligió sino que fue elegido por esa vocación sin retorno del loco socialmente aceptado. Alguien que pasa cinco, nueve, doce horas al día encerrado en una habitación oyendo voces que sólo él puede entender ...”

martes, junio 19, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos


¡!Y ha ganado un concurso!!!

Aquí debería escribir el tercer consejo, pero la verdad es que no puedo concentrarme. Desde que recibí aquella llamada en medio de la noche hace casi una semana, no puedo dejar de pensar en otra cosa: mi libro, mis siete cuentos, esos que terminé de escribir el verano pasado en medio de los vaporones de los últimos meses de embarazo, aunados a los vaporones de los vientos empolvados y enmoscados que vienen de Sudan en los agostos de por estos lados (en ese verano prolongado que llega hasta septiembre) Mis siete cuentos sudados con un sudor real y psicológico, decía, mis cuenticos ganaron un concurso!!! Y desde entonces en un acto de vanidad y pantallería sin precedentes no hago más que besarlos y releerlos e imaginarme cómo va a ser el libro y qué voy a decir en las entrevistas y quién me va a tomar una buena foto en la que me vea como esas escritoras españolas que mas que escritoras parecen unas femfatales o unas ninfas. Y voy por este mundo donde nadie se imagina que yo pueda ganar un premio de nada, donde nadie sabe nada de ese otro lado del mundo de donde yo soy y en donde mis cuentos ganaron un premio... voy por este mundo, decía, como una loca cuyos pies no tocan tierra, cuyos ojos permanecen volteados (mirándose en un universo paralelo, recogiendo un premio, arropada por el aplauso infinito) Desdoblada, esquizofrénica, moviendo los labios en una conversación que nadie entiende, con una alegría que pocos comparten aquí en este mundo pero que en aquel otro mundo es alegría de muchos (bueno, no exageremos, es alegría de varios) Mis cuentos, mis siete cuenticos ganaron un premio que yo no pude ir a recibir personalmente por estar en este desierto lejano, pero ya mi madre se encargó de recoger y hablar con periodistas (y quien sabe que habrá dicho) Mi hermana aprovechó para hacerse pasar por mí en los alrededores del lugar de premiación, donde no sabían que yo no había ido (y quién sabe qué habrá hecho) Y otro tanto habrá hecho mi padre, mientras yo en este mundo paralelo vivo como en un sueño, con cara de loca, y ya no quiero trabajar, ni limpiar la casa, ni cuidar a mis bebés, ni comer, ni bañarme, sólo besar infinitamente mis siete cuenticos y releerlos hasta que sea la memoria quien los lea y no los ojos. Enloquecida...
Ya se me pasará, espero, y entonces seguiré con los consejos...

jueves, mayo 24, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos II


Este es el segundo de siete consejos dirigidos en realidad a toda persona (ya se sabe: cambiar las “o” por las “a” o por las “e”) que pretenda escribir cuentos.

2.- Enciérrate.

Si he de aplastar el culo en una silla, que sea en la silla de un café parisino y/o porteño, en una mesa bien ubicada, frente a un café con leche sin azucar o un güisqui doble, dirán algunos. Porque cuenta la leyenda que Sartre escribía en mesas de cafés parisinos. Entre tazas de café, el menú y la colilla derretida en el cenicero, probablemente frente al Sena, en esos cafés cuyas mesas traspasan el límite del recinto y se expanden por las aceras. Miraba, escribía, se dedicaba a la nada o a la nausea. Miraba, fumaba, escribía en servilletas arrugadas. Tal vez Simone de Beauvoir podía hacer otro tanto: escribir en un café, mientras esperaba que llegara uno de sus amantes. Esos cafés amarillos y gris piedra donde un tiempo fluvial transcurre a cuentagotas. O esos cafés rojos, con vino blanco en copas altas y asientos de terciopelo negro que te empegostan la espalda de sudor pero que importa si los dedos se llenan de tinta, si la punta de la pluma recorre la página con agilidad y destreza. Esos cafés míticos que me llevan a ese Tortoni de Borges, Alfonsina Storni y Gardel disecados, donde estuve hace algún tiempo y no pude escribir ni una línea, pero ese es otro cuento. O tal vez el mismo: Escribir en cafés es un mito. O tal vez es practica de almas sublimes que pueden mirar y no mirar a un tiempo. Dejarse estar y sumergirse en ese otro mundo que se va creando en la pagina en blanco. No distraerse con el café, la chica de tetas grandes que esta sentada sola allá en la esquina, el gitano que monta su pasodoble en la punta de nuestra oreja, la niña que pide monedas, el perro que logro colarse y lambucea restos en la basura, el comensal que se queja de un pelo en la sopa, el mesonero como un malabarista entre las mesas y un largo etcétera. Un café puede ser fuente de inspiración, como ya lo dejan sentado infinidad de relatos y novelas (por ejemplo Café de artistas de Camilo José Cela, escritor a quien Bolaño recomienda no leer...) pero en ningún caso puede ser lugar de trabajo para seres comunes y corrientes a quienes nos cuesta caminar y mascar chicle al mismo tiempo, como diría mi sabia hermana. Mi infancia literaria transcurrió en el mítico Jardín Sport de la primogénita del continente. Un café que se fue llenando de cumbia paulatinamente y donde espantábamos el perro con el plato mientras hablábamos de Joyce, por ejemplo. Allí veíamos tejerse y destejerse las historias de las mesas vecinas, pero quien de nosotros pudo siquiera tomar nota, los dedos ocupados por colillas y pitillos. La lengua ocupada en componer frases celebres que eran humo y que no quedaron registradas en ninguna parte, ni siquiera en las memorias adormecidas por el alcohol (que no solo de café vive el poeta) Al menos yo no pude escribir ni una línea en aquel templo de historias a pesar de la cantidad de horas que calenté sus sillas. Tal vez un Hemingway lo hizo en aquel Paris festivo, pero esta que escribe necesita una torre para encerrarse como una loca, sin comer ni bañarse, a escribir historias. Suscribo las sabias palabras de Orhan Pamuk: "Cuando hablo de escribir, la imagen que me viene primero a la mente no es una novela, un poema o una tradición literaria: es la persona que se encierra en un cuarto, se sienta frente a una mesa y, solo, se vuelve hacia dentro de si mismo". Estoy segura que Batia Gur no escribía mientras espantaba las moscas del desierto que revoloteaban su te de menta en una carpa beduina porque como ella misma lo dijo: escribir es un trabajo. Y yo agregaría: si trabajáramos en un café seriamos mesoneros, que como están las cosas seria incluso mas rentable. Pero si lo que te interesa es escribir olvídate del café y la bohemia: Enciérrate.

martes, mayo 15, 2007

Primavera Cero


Abril es el mes más cruel, ya lo dijo Eliot. Citar esto es ya un lugar común como citar a Nietzche con eso de que dios ha muerto. A nadie se le caerá la baba al leerme citando esta manida frase. Nadie dirá que soy una intelectual de altura o que tengo unos grandes referentes o un background privilegiado... y yo no lo escribo por nada de esto, créanme. Es porque en realidad abril ha sido un mes cruel, de esos que te hacen canas y te llenan de arrugas las comisuras de los labios. Entonces acudo al viejo Eliot no como poeta sino como sabio. Qué de razón tenía! Que abril es primavera, que primavera son flores, que flores es polen, que polen en mi nariz es alergia, que alergia es seudofedrina, que no puedo tomar seudofedrina porque amamanto, que a calarse la alergia, etcétera. Eso por un lado, por solo comentar los males del cuerpo. Los males del alma son múltiples y de difícil comentario. Luego están los males de bolsillo: no me gané el premio literario “La hucha de Oro” que era como decir “La gallinita de los huevos de oro”. De entre 4800 concursantes, mi cuento no resaltó, no agarró ni siquiera la mención 25. Y el primer premio eran 30.000 euros que ya los tenía dispuestos para saldar todo tipo de deudas y compromisos económicos... Qué tristeza! A seguir siendo pobre, no me queda otra. ¿Así de triste estarán los otros 4775 escritores que perdieron? ¿Todos habrían hecho planes con ese pocotón de plata como yo? Menos mal que no me dio por ponerme a comprar cosas anticipadamente. Ay, pero que ganas que tenía yo de quedarme con esa hucha. Más que ganas, qué necesidad tenía! (tengo)

Para consuelo, me leo la apología a la pobreza que hace Antonio Gamoneda en su discurso de aceptación al premio Cervantes del 2006. Y espero que en mí la austeridad económica no se transforme también en austeridad literaria, con la mala suerte que tengo!

Mayo parece que viene con mejor pie. O por lo menos eso quiero creer. Este mes mi blog ha recibido un caudal de visitantes inesperados porque es el mes de la madre en varios países de América Latina. Entonces cualquiera que busca cosas en google para quedar bien con su mamacita, cae en estas páginas. Aquí, por supuesto, no consigue nada y sale despavorido. Pero eso que importa porque cada mañana cuando reviso mi contador de visitantes encuentro un caudal de latinoamericanos que hicieron clic una vez en estas páginas y eso es preferible a nada. Que este blog lo he puesto como una quincalla, he colgado una foto mía semidesnuda (yo, no la foto) y a pesar de eso nunca había recibido tantos visitantes como en estas dos primeras semanas de mayo, el mes de la madre. Y bueno, es cierto que nadie encontró ni rosas ni discursos lacrimógenos para conmemorar la fecha, pero tal vez alguno si encontró algo y ya volverá como vuelven mis cuatro queridísimos lectores.

A ellos, a mis cuatro lectores, pido disculpas por las largas pausas que me tomo entre los post y les prometo retomar el rumbo prontamente: luego de este intermedio reflexivo seguiré con los consejos cuentísticos si mayo lo permite y si no, también.

lunes, abril 16, 2007

Siete consejos para escribir cuentos de quien sólo ha escrito siete cuentos I


(Y ha publicado sólo uno...)



Este es el primero de siete consejos principalmente dirigidos a mujeres que pretenden escribir cuentos. No porque crea en la literatura femenina, sino porque soy mujer. Sin embargo, creo que pueden ser utilizados por personas de otros géneros, cambiando un poco las referencias y las “a” por las “o” o por las "e". Qué la literatura es intercambiable y ambidiestra.

1.- Aplasta el culo en una silla.

Con el perdón de la imagen y sin ninguna referencia al culo de la pianista gorda del que hablaba Huidobro (¿?), lo primero que debe hacer una persona que desee escribir es aplastar el culo en una silla. Olvídate del paseo, de la celulitis, del “eliptical trainer” que se está llenando de polvo allá en la esquina, de los pantalones de tu adolescencia que ya no te entran, de “ay, que bueno sería salir a mirar tiendas”, del “hay un bar de chinos aquí mismito, vamos a encontrarnos”, y mucho más del “ay, coño, es que pasé todo el día sentada en la oficina”. Libera tu mente de todos esos “prejuicios” y aplástate en tu silla.
Si, es cierto, Virginia Wolf era esquelética, no tenía problemas de falta de ejercicio o de sobra de carnes en su trasero y por eso pasaba largas temporadas sentada y llena de tinta. Probablemente Gertrude Stein era gorda y ya no le importaba un nódulo más en sus posaderas. Creo que Spido Freire es bulímica, por eso no necesita ejercicio. Habría que ver qué tal el trasero de Angélica Gorodisher, la Rowling, Ana Teresa Torres, con el debido respeto. Probablemente han sido favorecidas por la naturaleza y no necesitaron escoger entre la computadora (o el papel y el lápiz) y el eliptical trainer que se llena de polvo allá en la esquina. Evidentemente escogieron escribir sin que eso afectase su fisonomía (o tal vez dictaban sus libros mientras sudaban la gota gorda en una caminadora) Pero tu que no tienes ni caminadora ni a quien dictarle tus libros, tienes que sentarte, aplastarte, hundirte en tu silla. Ya los nervios de la espera de los resultados de cualquier concurso te consumirán las carnes.

domingo, abril 01, 2007

Escalonado

Maor me enseñó a decir “escalonado” en esta lengua antiquísima. Me sorprendió que “escalonado” tuviese en su raíz a la palabra “escalón” y pensé: “pero qué tonta, cómo no se me había ocurrido”. Pero es que a veces cuando estamos sumidos en otra lengua no nos damos cuenta de dónde vienen las palabras, miramos al lenguaje extrañado, en ese sentido de “extrañamiento” del que habla la vieja teoría literaria, como si no fuese natural que de escalón viniese escalonado, cosa que también ocurre en mi lengua, dicho sea de paso. Así, aquella primera vez que puse mi cabeza en sus manos, Maor me enseñó palabra y estilo. Desde entonces y a falta de vocabulario capilar, llevo el pelo escalonado. Eternamente escalonado. ¿Para qué complicarse con un peluquero que no es sólo que no me entiende, sino que vive ocupado en una conversación eterna por el celular adosado a su oreja? Al principio no entendía de qué hablaba ni qué tanto se puede hablar por teléfono mientras se cortan cabellos y más cabellos. Con el paso de los meses y algunas mejoras en mi comprensión auditiva de la lengua extranjera, comencé a identificar números en la amalgama de su conversación telefónica: treinta, cuarenta, cincuenta. Y por supuesto, afirmaciones y negaciones: sí, sí, no, no. Con el paso de los años comprendí que mi peluquero hace apuestas ilegales mientras me corta el pelo eternamente escalonado. También recibe billetes enrolladitos de misteriosos personajes que aparecen y desaparecen como sombras inexplicadas, mientras él corta mis cabellos eternamente escalonados. ¿Cómo se puede llevar a cabo toda esta operación mientras las tijeras hacen su trabajo en una melena complicada por lo abundante de sus crespos? Una estrella, este Maor.
Pero un día, tras mirar mi imagen escalonada en las fotos del recuerdo, me propuse poner orden en mis pelos. Lo primero era averiguar cómo se dice “parejo” en este idioma. A falta de tiempo para preguntar o buscar en un diccionario, me decidí por el truco más efectivo cuando la falta de vocabulario nos azota: decir la palabra a través de su contrario: de este modo “parejo” se dice “no escalonado”. Triunfal, regodeándome en mi capacidad lingüística, entré en una peluquería cada vez más venida a menos. Si mi vocabulario capilar estaba estancado a lo largo de los años, la peluquería iba avanzando en decadencia y malandraje. Me parece que detrás de los lavamanos negros, esos donde damas cada vez más exóticas lavan el pelo, hay una garita. Creo que entre la cantidad exagerada de chicos que vienen a decolorarse el cabello y a hacerse mechas, hay señores que sólo se cortan las punticas, pero le entregan esos billetes enrolladitos y camuflados a mi peluquero. Billetes de alta monta, si mis ojos no me engañan.
Esta es una peluquería para hombres, no exactamente una barbería, pero si que la mayoría de los clientes son hombres o casi hombres, o semi hombres, o semi mujeres, o algo en el medio. Creo que soy la única mujer que pone su cabeza en manos de Maor y su eterna apuesta telefónica. Maor y sus eternas señas y muecas a los que vienen a darle esos billetes enrolladitos o que le susurran secretos por la oreja libre, esa que no tiene el celular adosado. Y así, con orejas ocupadas en conversaciones y envites, no me escuchó mi peluquero la brillantez lingüística con que pretendía yo solucionar el desorden de mis cabellos. “No escalonado” le sonó a “muy pero muy escalonado”. Y así quedé yo como una mota, casi un afro setentoso.
Salí despavorida de aquella garita, no me atreví a decirle a Maor que arreglara el entuerto que hizo en mi cabeza porque justo en ese momento un hombre de negro se le acercaba con un sobre. En mi escalonado entendimiento de la situación, preferí poner cara de agradada y salir corriendo.
Al llegar a casa le dí a mi marido las tijeras de la cocina para que me emparejara ese desastre, que después de todo, si voy a esa peluquería es porque él me la recomendó.

martes, marzo 13, 2007

Carnaval



De regreso de la fiesta de este equivalente a carnaval que hay por estos lados y que les da por llamar Purim, venía yo cantando con mis hijos, los propios y los heredados, recordando el regreso de los templetes y las comparsas del ahora lejano carnaval de Maturín. Y no se me ocurrió otra cosa que cantar las canciones tipo polca en el idioma bíblico que no pararon de sonar en la mencionada fiestecita de disfraces. Canciones que todas parecen la misma canción, repetida infinidad de veces, que iguales son sus ritmos y sus palabras casi ni se entienden. Canciones que dentro de mi cabeza son una única canción, de allí que tendiera a mezclar sus palabras y estrofas como si estuviera borracha, pero, lo juro, sólo tomé un juguito de frambuesa sintética que era lo único que había. (¡amalaya una cerveza!)Entonces mis hijos comenzaron a corregirme “que así no, mamá” , “que no sameaj, sino poreaj”, “que esa es otra canción”, “que esa es la del conejo”, etcétera. ¡Que muy poco sentido del humor tienen los niños cuando se trata de canciones! Entonces me arrecho: “Ah, no, mijitos” y comienzo a cantar canciones de mi tierra, que allí si es verdad que se goza en carnaval. A callarse todos, que ahora lo que canto es calipso del bravo. Allí, mezclando todas las palabras y los rítmicos “estílbanes” no me pueden corregir y no les queda otra que aprender las letras que la madre inventa (a fuerza de sintética, la frambuesa estaba puesta) Cerramos la puerta y armamos el templete. En el colmo del paroxismo, les grito: ¡y no les echo agua porque se me resfrían!

sábado, enero 06, 2007

Cavar un pozo con una aguja


En palabras de Orhan Pamuk, en sus emotivas palabras al aceptar el nobel de literatura de este año, el secreto del escritor no es la inspiración sino la terquedad y la resistencia. Cavar un pozo con una aguja, como reza el dicho turco que él mismo cita. Así, en “El maletín de mi padre”- ese discurso arrechísimo que dio y que ya se ha convertido en una especie de oración, ars poética, receta, credo, etcétera- nos habla de esa terquedad, de esa necesidad de encerrarse horas y horas en la soledad de un cuarto a escribir y así descubrir que no estamos solos, que estamos con las palabras que son mundos, que más que contar podemos componer historias, etc. Dice Pamuk que escribe porque no es feliz y para ser feliz. Ese descontento es el que convierte a una persona normal en escritor. Y ese fue el descontento que el vio en su padre y que no supo entender hasta que recibió ese maletín en el que éste guardó por años sus escritos: su padre fue un escritor relegado convertido en hombre de negocios que no pudo abandonar la terquedad de escribir. El maletín sólo debía ser abierto por el hijo luego de la muerte del padre. El hijo inevitablemente sintió miedo de abrir tal pesado legado: miedo de no gustar de los escritos de su padre, miedo aún mayor de si gustar porque entonces el padre dejaría de ser simplemente un padre. Miedo de descubrir a ese hombre. El discurso es hermosísimo, a mi me hizo llorar por las verdades literarias dichas así como uno quisiera haberlas dicho, como uno las ha sentido alguna vez y no ha podido expresarlas (que ese es el oficio del escritor, no?) Pero también me recordó a un amigo turco que vino a este país hace un par de años con su padre a consultar a un reconocido médico oncólogo. El padre estaba desahuciado, el médico no hizo más que reafirmar el diagnóstico que ya les habían dado en Estambul. Cuando nos encontramos en un bar cerca de su hotel, me dijo que él sabía que su padre iba a morir, que no importaba si venían a ver a ese eminente oncólogo o no, pero que aquel era un viaje de conocimiento: luego de 38 años estaba conociendo a su padre. Estaba abriendo su maletín, pienso yo ahora, inevitablemente ligándolo con ese escritor turco que no he leído, pero cuyo discurso me hizo llorar y recordar esta historia y renovar esas ganas terribles de sentarme apartada de todos a escribir. A cavar un pozo con una aguja, en eso andamos.

domingo, diciembre 31, 2006

reloj de arena

Debo escribir antes de que acabe diciembre, antes de que termine este año. Inevitablemente escribir sobre lo que fue este año o lo que quisiera que fuera el otro. Escribir siempre con premura, con el reloj de arena besándome la nuca, aprovechar el minuto en el que el bebé duerme y la niña corre con espada alzada tras sus hermanos mayores. Ahora sé lo que es escribir con premura, tratar de estirar el chicle del tiempo, besar el reloj de arena. Antes, cuando el tiempo era una amalgama informe e infinita junto a mis dedos, solía hacer muy pocas cosas. Pero no era de eso de lo que quiero escribir, sino de este año. En enero tuve una idea que convertí en cuento, creo que el mejor cuento que he escrito, pero no lo escribí sino hasta agosto. Fue en verano, con un panzón de 6 meses más o menos que me di cuenta que para escribir hay que escribir y me senté a sudar la gota gorda frente a mi computadora. Escribir con la premura de tener una fecha de parto: parto del hijo y de un libro. El libro quien sabe si saldrá de mi escritorio. El hijo es hermosísimo, de eso no hay dudas. Alguna vez leí a una escritora española que decía que el parto de su hija había sido más complicado que el parto de su libro. En mi caso ha sido igual de difícil, tal vez porque no tengo tanto oficio para escribir o para parir. Lo cierto es que este año fue año de partos, de 100 páginas sudadas, de un hijo chiquito y lindo. Feliz año 2006, sin dudas. Para el 2007 tengo una larguísima lista de deseos, peticiones, anhelos: comenzando por bajar los 5 kilos de antojos que me eché encima en la preñez hasta escribir una novela.... demasiado.... bueno, que si es por pedir! En realidad sólo espero ser del tamaño de todo lo que deseo. Salud y amor para todos. Paz.

martes, noviembre 28, 2006

sobre barcos y genes recesivos


Gracias a una abuela rubia mi hija tiene el cabello dorado. Se le pondrá oscuro cuando crezca, dicen las malas lenguas, pero para entonces se lo teñirá si es que quiere seguir siendo una rubia de ojazos negros. Gracias a la misma abuela es probable que mi hijo siga teniendo esos ojitos azul plomo con los que nació. Le cambiarán al noveno mes, dicen las malas lenguas, sobre todo tomando en cuenta que en mis genes no hay ningún ojo claro. Las malas lenguas son tan expertas en genética, que Darwin se queda pendejo. Según ellas, en los genes recesivos de padre y madre debe haber un ojo claro. Entonces yo me he puesto a repasar mi árbol genealógico encontrando muchos ojos oscuros. Luego he repasado el árbol genealógico de los amigos de ojos claros, a ver si les encuentro ese gen recesivo que se supone debe haber. Y así llego a un caso como el mío, de madre criolla, bien caribe, y padre importado en el que aparece algún ojo claro en la descendencia. Con ese descubrimiento pretendo rebatir las leyes genéticas de las malas lenguas. Antes de salir al ruedo, se lo comento a mi señor marido, quien me tumba la teoría: Mijita, me dice, hay muchos genes recesivos que llegaron en barcos a esos puertos del caribe, preñaron a una mulata y luego desaparecieron. Como aquel personaje de una película de Chalbaud (si mal no recuerdo) que se llamaba Usnavy en honor al barco que transportó a su progenitor a aquellos puertos venezolanos. Ese era bien moreno y seguramente tuvo hijos catires. Viéndolo así, es cierto, como puede saber uno a quién le llegó su gen recesivo en barco.

Azul plomo o negro, los ojitos de mi niño siguen siendo dos luces infinitas.

miércoles, noviembre 22, 2006

Un niño nace

Las ciudades estan cayendo
y un niño nace
y los tallos siguen brotando
y un niño nace
las murallas ya van cediendo
y un niño nace
y las leyes están cambiando
y un niño nace.
Porqué entonces tanto miedo
y tanta huida en este mundo
¿es que nunca lo podrán saber?
Y las ciudades siguen cayendo
y un niño nace
y los barcos cambian su curso
y un niño nace
y si las nubes estan ardiendo
un niño nace
las galaxias siguen su rumbo
y un niño nace
y tu amor me sigue esperando
y un niño nace.

L.A.Spinetta






lunes, octubre 09, 2006

El blog de Borges


El primer blog literario lo escribió Borges hace unos 22 años, en compañía de la Kodama. Creo que a ella sólo le tocó la parte de tomar las fotos - aunque la verdad es que aparece en muchas-, además de la trascripción de las palabras del escritor, claro. Y aunque aquel blog primigenio no estaba en formato de bites, sigue todas las normas de sus retoños: entradas cortas y autoficcionales, con fotos alusivas. Lleva por nombre: Atlas y la edición que dispongo (no sé si la única) es de Lumen. Dice Borges que se trata de un libro sabiamente caótico -como todo blog que se precie- que no son fotos explicadas por letras, ni letras ilustradas por fotografías. Cada título abarca una unidad de palabras e imágenes y muestran los cotidianos descubrimientos de los viajes. Esas pequeñas cosas asombrosas e inconexas que quedan grabadas en nuestra memoria o asentadas en la bitácora del viajante: una esponjosa brioche parisina o el laberinto de Creta. Es interesante leer la bitácora de viaje de un sabio ciego, imaginarlo tocando aquel pan que unos borrosos ojos le escondían, abrazando una columna blanca, maciza y milenaria. O mirar su mano sobre antiquísimas letras como leyendo un braile hecho de siglos. Metáforas y libros que sustituyen imágenes, o que ayudan a definir sus nebulosos contornos.

viernes, octubre 06, 2006

Hojas secas


OK. Tengo un blog mudo y un poco sordo, pero no ciego. Es decir, la que escribe no está ciega, merodea el ciberespacio, lee otros blogs, escribe sobre blogs en otras páginas. Pero sobre todo merodea y así consigue a algunos más interesantes o menos, ególatras irredentos, grupos de amigos que se pagan y se dan el vuelto, compañeros de pasillos que seguramente no me recuerdan, escritores que no quieren escucharme o escritoras que pregonan a los cuatro vientos todas las aristas de su sexualidad. No pondré links, busquen si quieren. Este es un blog autista, creo que ya lo dije. Lo cierto es que en una de esas alguien dice que Vila- Matas es el precursor del blogueo, con todas sus teorías sobre la autoficción y la autobiografía, dos caras de la misma moneda. El diario, de vida o de viaje. Sobre todo del blogueo literario: El mal de Montano. Y dicen también que el propio Vila-Matas anda merodeando blogs con ese gusto que tiene por las autoficciones autobiográficas. Entonces me provoca invocarlo. Escribir por ejemplo Paula de Parma, para que la próxima vez que merodee, llegue a estas páginas. Pero claro, sería un método tonto. Lo mejor sería escribir, escribir de verdad. Hay que escribir más fue el lema de este verano, pero llegó el otoño con sus hojas. Luego que pase el rastrillo y me las quite de encima, escribiré una teoría sobre el Mal de Montano en los blogs literarios. Mientras tanto, no está mal un poco del frescor amarillo de unas hojas secas pero llenas de rocío.

viernes, septiembre 29, 2006

15% de mentira

La casualidad o la manía de desperdiciar el tiempo hacen que uno lea cosas que luego quedan flotando en la cabeza durante años o a veces se convierten en leiv motiv de una época de la vida, un capítulo. Hace unos días leí el blog de Alberto Fuguet, un blog cerrado o ciego, mejor dicho, un blog sordo que no acepta comentario de sus lectores, pero a pesar de eso, un blog super interesante con cosas que a cualquiera que le apasione la literatura le gustará leer aunque nadie puede comentarle nada a este señor a quien la fama no le ha hecho muy bien o es que es demasiado tímido... En dicho blog había una entrada sobre una novela de un norteamericano en cuya portada, además de título y foto, decía que se trataba de una novela con un 85% de realidad. Eso le pareció super interesante a Fuguet y a mi también. Lamentablemente mis fondos económicos están destinados en la actualidad a la compra de un futuro contingente de pañales y me es imposible siquiera pensar en la posibilidad de hacer un pedido por amazom, pero la verdad es que me entraron unas ganas terribles de leer esa novela, sobretodo porque debe estar emparentada con la noción de “autoficción” de la que habla Vila-Matas. Últimamente me la paso pensando en esa bendita autoficción, que es la que rige, dicho sea de paso, el blog mudo que pretendo escribir. Pero volviendo al tema, lo que me llama la atención del gringo es que explícitamente mide y señala la cantidad de realidad que hay en su novela. Sería interesante contar con este realidómetro para ver que de tan cierto hay en las novelas de Javier Cercas o de Paul Auster. Incluso, ¿y por qué no?, en las novelas de Spido Freire, quien con cara de ninfa celta se jacta de que todo en sus páginas es pura invención. De cualquier modo pienso que hay un 85% de realidad incluso en nuestros recuerdos y memorias, porque ya saben de lo manipuladora que suele ser nuestra visión de vida.

martes, septiembre 19, 2006

La madre superada Vs. La madre hipopótamo


Esta es la escena: estamos en la piscinita de bebés. Yo con un panzón de 8 meses de embarazo, pero luciendo una tanguita, echándomelas de la embarazada superada que muestra su barriga sin complejos. Mimina eléctrica, corrre para acá, corre para allá. Todo chévere, mientras ella permanece dentro de la piscinita que tiene la suficiente profundidad como para ocultar mis curvaturas, siempre y cuando yo permanezca sentada. ¿Pero hasta cuando podía durar esta situación ideal? Obviamente, la niña es llamada por el mundo ancho y ajeno y se dispone a recorrerlo. Saca sus paticas de la piscinita y corre hasta la piscina grande. La madre grita, pero es como si le gritara a las piedras. Entonces y en vista de que la niña está cada vez más cerca de la piscina grande, a la madre no le queda otra que mover su pesada humanidad, salir del agua donde permanecía quieta y en remojo como un hipopótamo y comenzar a correr para detener a la niña que ya está cerquita del abismo. Mientras corre con el biquincito, se da cuenta que tanto la panza como las nalgas se le mueven exageradamente y por un instante se detiene a pensar que qué será más conveniente agarrarse, ¿la barriga o el culo?? ¿qué se verá más feo en ese temblor apocalíptico? Ese es el instante en que la niña toma ventaja y ya está a punto de lanzarse. Y es en ese minuto que el salvavidas grita: “Niña, detente” con un parlante que tiene resonancia de sirena antiaérea. Todos los presentes miran a la niña detenida al borde del precipicio y luego miran a la madre: ese hipopótamo en estampida que viene agarrándose panza y culo alternativamente.