domingo, junio 01, 2008

Amamos a Amos


Hay libros que como la buena comida hay que degustar despacio. Luego de un buen chocolate, no podemos tomarnos un vaso de agua o comernos un pedazo de pan. En mi caso, prefiero quedarme con el sabor del chocolate mucho tiempo en la lengua. Regodearme en el recuerdo del sabor. Así los libros. Los buenos libros no nos dejan leer otros de inmediato. En mi caso, prefiero quedarme largo rato con el sabor en la lengua, en las pestañas, en la memoria. Mi exageración ha sido “Una historia de amor y oscuridad” de Amos Oz, como verán si leen hacia abajo, no he dejado de hablar de ese libro desde que lo leí. En vano he intentado otros libros, pero no pasa de ser una lectura intermitente mientras espero que llegue el tren. En el de Oz, en cambio, me sumergí completamente porque quería quedarme con su sabor en la lengua, en la punta de los dedos (ojalá me contagiara, me influenciara de esa escritura certera y hermosísima)

Y es que la historia de aquellas páginas me llevó por muchos senderos:

El sendero de la lengua que hablo ahora y cuya riqueza desconozco (con mi hablar de mercado, calle y sobre vivencia) Es verdad, leí a Oz traducido al español, pero el libro es un canto a la belleza y las conexiones y las posibilidades del hebreo literario (ese que para mí es un misterio) Porque palabras en hebreo están en esas líneas y algunas son palabras que conozco. Porque hay letras en ese mar de letras. Porque aunque leí en español, podía ir pensando paralelamente en hebreo. El libro, Oz, así lo exige: aunque se lea en una traducción, se saborea y se piensa en ese hebreo florido. Etcétera.

El sendero de una teoría de la novela y de la escritura ficcional en general. “Una historia de amor y oscuridad” es la autobiografía de Amos Oz, pero es, a la vez una novela que habla de sí misma. O una autobiografía metaficcional que nos regala una teoría sobre la escritura literaria que, para mí, ha sido una epifanía. Quiero escribir una novela y estoy llena de dudas. Oz, leer a Oz fue como tener la posibilidad de preguntarle a un maestro. Por eso, cuando lo vi, le dije: “toda raba al acol” en su lengua y él me vio como quien dice “otra loca más”, pero no importa.

El sendero de la historia del país en el que vivo desde hace 5 o 6 años, ya perdí la cuenta. Un país difícil, reseco, curtido. Un país con demasiada historia a cuestas. Entender y respetar la historia de la gente común que perdió y pierde todo cada día en estos lares. La gente de aquí y la de allá.

El sendero de la dorada Jerusalén. Esa Jerusalén que siempre me ha dado miedo, pero que de la mano de Oz adquirió un brillo distinto. Un brillo de gente y calles que se ramifican como historias. El alef.

El sendero de las historias que llevan a otras historias y a otras y a otras y que no comienzan ni terminan.... como las historias que contaba la madre de Oz niño mientras desmotaba lentejas.

Y mucho más.

Por eso quise caminar por las calles de su Jerusalén, la de Oz, la polvorienta. Por eso quise recorrer las calles de Arad (esa ciudad elevada sobre el Mar Muerto y el desierto de Judea donde vive) a ver si me lo topaba. Y como cuando uno quiere ver a un maestro idea planes enrevesados y olvida lo más simple, olvidé la posibilidad de verlo en alguna conferencia, auditorio, librería. Entonces vino mi amiga Jacqueline desde tan lejos a abrirme los ojos.

Cuando vi “Una historia de amor y oscuridad” en la mesita de noche del hotel donde se estaba quedando, me alegre muchísimo. Cuando me dijo que estaba releyendo ese libro, me alegré mucho más. Otra fanática chiflada. En la ventana estaba la Jerusalén amarilla de la que ella sabrá hablar mejor que yo.

Unos días después de declarar que “amamos a amos”, estábamos en el “Gan ha paamón” (el jardín de la campana) frente a nuestro ídolo cual dos fanáticas en un concierto (una maracucha y otra oriental, para peor)

Llegué de primera al jardín en el que mi maestro conversaría con Nadine Godimer sobre literatura y política, en el marco de un encuentro internacional de escritores que se celebró en Jerusalén a mediados de mayo. De fondo, Jerusalén en su esplendor y ahogo: muralla, cúpula, templos, muro divisorio. Miles de Jerusalenes de fondo.

La viejita Gordimer ha ganado un nobel de literatura, pero eso poco me importó porque nunca la he leído y porque yo subí el Monte Zión para ver a mi Oz, quien como un mago me ha hechizado. Nos ha hechizado. Allí también estaba Jacqueline felicísima, en la segunda fila (la primera estaba ocupada por su editor, una mujer vestida como para una fiesta y otros que decían ser su familia)

Allí habló el mago desde un inglés quebrado y con la belleza infinita de sus ojos empequeñecidos por el sol y la sonrisa.

Pienso que fue un encuentro histórico por todo lo que se dijo. Seguramente salió reseñado en los diarios. La viejita Gordimer no quería venir a Israel. Israel que ha sido comparado con Sudáfrica (patria de la viejita) por el tema de la separación y el apartheid. Oz le mostró su buen juicio. Oz se convirtió en mi maestro político también.

Dijo tantas verdades que yo anotaba con un lápiz verde lo más rápido que podía, y mi amiga Jacqueline grababa con su grabadora microscópica. Ya escribiré sobre eso. Hoy es sólo regodearme en el azul de aquellos ojos, el dulzor de aquella voz llena de verdades literarias y políticas, la magnificencia de ese día.

Apenas terminó de hablar, brinque como un corcho hasta la tarima, aparte de un manotón a la viejita Gordimer (que me perdone la historia) y le dije al mago que “toda rabá al acol”, pero no fue en ese momento cuando saqué el libro antiquisimo que tenía, sino después.

El único libro que tengo de mi maestro es uno que rescaté de la basura. Resulta ser que el sol entraba en la biblioteca pública cercana a mi casa y fue chamuscando algunos libros de la parte de lengua inglesa. Un día vi la basura llena de libros amarillentos y pregunté si podía agarrar algunos. Mis hijos no entendían por qué la madre revolvía la basura con tanto afán y lloraban porque querían seguir rumbo al parque. Así fue que presionada por los gritos de los niños y enredada entre páginas y páginas chamuscadas, sólo alcancé a agarrar 2 libros: “My Michael”, de Oz y “Lolita”.

Y en ese mismo libro, seguramente la primera traducción al inglés, estampó el maestro su nombre. Le dije en su lengua –que para algo me he quemado las pestañas aprendiendo esta lengua muerta- que tuviese cuidado porque el libro era muy viejo. Me dijo en su lengua – por fin le vi la utilidad a hablar esta lengua tan antigua- que se alegraba muchísimo de ver un libro suyo tan viejo. Yo quedé en el paraíso.

Tan en el paraíso estaba que ni me importó que el autobús de regreso a la estación de autobuses tuviese que pararse a esperar que desarmaran un objeto sospechoso. Un policía se vistió como astronauta y se dirigió a desmontar una supuesta bomba que estaba en no sé exactamente dónde, pero, eso sí, frente a mi autobús. Yo veía todo como quien ve una película. Todavía en la lengua y en la punta de los oídos el sabor de las palabras de mi maestro.

(en la foto, Oz visto por mi teléfono celular y un pedacito de la viejita Gordimer)


(un post largo luego de meses desconectada)

domingo, marzo 23, 2008

La Jerusalén de verdad



Ayer estuvimos en Jerusalén. No la Jerusalén de verdad –como la llamó mi niña – sino la anónima. Yo quería conocer Talpiot, Kerem Abraham y todas esas zonas de las que habla Amos Oz en “Una historia de amor y de oscuridad” (debo pedir disculpas a la traductora de la novela, pues si bien traduce el nombre de algunas calles –como me quejé en un post anterior y ella sabrá por qué lo hace- el de otras lo deja tal cual. Es así como Kerem Abraham es Kerem Abraham y no “El viñedo de Abraham”, o ¿la vid?) En fin, que quería yo conocer –hasta donde es posible – esa Jerusalén cotidiana - antiquísima, pero cotidiana- de edificios claustrofóbicos de piedra crema, geranios muriéndose de sed en los alfeizares, ropas tendidas, polvo y más polvo. Así, ayer, un día de calores primaverales que presagian un verano seco e infernal, nos montamos en el carro repletos de agua y juguetes y nos fuimos a dar vueltas por las calles y callejuelas de la mítica ciudad dorada, centro del mundo. Y nada de lo que yo pueda decir de Jerusalén no se ha dicho antes. ¿Cuántos libros la nombran? Demasiada historia en aquellas piedras, incluso en las piedras menos turísticas y cotidianas. Pero razón tiene Oz –mi maestro, ya saben – en que cuando uno viaja (o pasea a una hora de casa, en nuestro caso) ve alfeizares y geranios, ve gente de negro y de prisa, pero no puede entrar a sus casas. Leer, en cambio, es entrar a esas casas, a esos cuartos, mirar qué comen, cómo duermen o aman o sufren los otros. Esos hombres de negro y de prisa. Esas mujeres de alfeizares resecos, que cierran las ventanas ante la curiosidad de nuestros ojos, estremeciendo los geranios. Leer es entrar a donde se nos niega la entrada. Pasear es imaginar la vida más allá de las pestañas, pero leer es verdaderamente entrar. Con todo esto no quiero decir que no valga la pena viajar (si me ponen a escoger entre un billete de avión y un libro, demás está decir qué es lo que escojo)
Ayer paseamos por Talpiot, por Kerem Abraham, por la calle Sofonías, por algunos de esos lugares de los que habla Oz, porque luego de entrar a aquellas casa queríamos verlas por fuera. Por otros lugares no pudimos siquiera pasar: las religiones cierran el paso a turistas de pacotilla. Si entras al otro lado de la ciudad, te tiran piedras. Si te quedas de este lado, pero unas cuadras más allá, lo mismo. Una ciudad divididísima. Otros lugares ya no existen: guerras hambrientas devoraron hasta los cimientos. Y el tiempo, pues, que también hace lo suyo, porque a lo cotidiano nadie lo restaura, generalmente. Y es allí cuando leer es, además de llave de todas esas puertas, máquina del tiempo y salvoconducto.
En un mirador nos detuvimos a comer helados. Desde allí mi niña vio la Jerusalén de las postales, la de la cúpula de oro y la muralla, y dijo: “Allá está la Jerusalén de verdad” (ella la llama “ierushalaim”, en hebreo) Otro día vamos a ir a verla de cerca – le prometí.
Entonces recordé mi primera vez en La vía dolorosa y el Santo Sepulcro y me dio escalofrío. Leer – dice Oz - es ir más allá de las murallas, pero en ciertos lugares los adobes se dejan leer –con interferencias y desorden, como miles de voces hablando sin concierto- y producen estremecimientos. Aquella primera vez en ese sepulcro negro y recargado, entramos por despiste en un lugar mucho más negro, como si el fuego lo hubiese pintado, y vimos cuadros quemados y huecos que eran túneles. Fue una imagen tan densa que me produjo pesadillas. Yo, que defiendo a capa y espada mi levedad de conga y fast food, me puse pesada (y me pongo no más de recordarlo). Aquella noche me desperté gritando. Desde entonces sólo he vuelto a entrar para complacer a visitantes (todos quieren ir allí) y nunca me he sentido bien. Demasiado dolor, demasiada unción, demasiados años, demasiados gritos, demasiados curas, demasiadas religiones, demasiados arrepentimientos flotando en el aire como oraciones aplazadas. Incluso: demasiados mercaderes (y mira que yo soy consumista) Hay piedras que se dejan leer, como si de pronto se nos mostraran en imágenes, nos vuelven videntes. Yo no estoy preparada para sentir el misticismo de Jerusalén. Sólo sus fachadas cotidianas. Sólo su gente tan disímil. Traspasar los portones comunes de la mano de Amos Oz, que sea él quien me guíe, quien ordene el desconcierto, quien me cuente la historia de lo ínfimo y de lo humano.

Demasiados predicadores en Jerusalén: hasta un guía turístico que irrumpió de pronto entre los juegos de mis niños predicaba desde lejos el significado de la disposición de la ciudad. Señalaba muros, molinos, templos que se veían desde el mirador. Explicaba como quien da misa. Nosotros le huimos al evangelista para turistas y a sus borregos y nos sentamos debajo de un árbol para seguir lamiendo nuestros helados que se derretían raudamente con el sol del centro del mundo. Un sol rabioso.


Demasiadas Jerusalenes en Jerusalén. Habrá que ver cuál es la de verdad.

jueves, marzo 13, 2008

La novela como foto de feria


Dice Amoz Oz –desde ahora mi maestro- que la novela es como una foto sin cara, de esas que usan los fotógrafos de feria y donde la gente mete su rostro para fotografiarse. En una novela el lector debe verse. Una buena obra literaria es una invitación a sacar la cabeza por el agujero del marco de cartón donde está pintado algún héroe o gigante y mirar a la cámara. Y esto dicho por mí suena a bestseller o a telenovela, pero en palabras de Oz es mucho más profundo y complicado: “El espacio que el buen lector prefiere labrar durante la lectura no es el terreno que está entre lo escrito y el escritor, sino el que está entre lo escrito y él mismo”. Cuando un escritor narra un problema mínimo, íntimo, doméstico, incluso con signos autobiográficos, lo sitúa en otro plano, le da universalidad. Lo que vemos en una novela no es la realidad de quien la escribe sino nuestra realidad, algo que nos hace preguntarnos acerca de nuestras propias circunstancias.

La obra verdaderamente literaria hace que sea la cabeza del lector la que sale por el agujero y no la cabeza del autor. Pero también el verdadero lector sabe verse a sí mismo en esa foto de feria.

Aquí están mezclados dos conceptos: novela y lector. Pero no cualquier lector, sino el lector competente. Y tampoco cualquier novela, sino la novela verdadera, metastásica, proteica.

Mucho se ha dicho de la necesidad de contar, que la novela tiene que contar una historia, etcétera. Todo esto es verdad, pero (es que siempre hay un pero) hay novelas que cuentan historias, pero que no mueven hormonas. Historias muy buenas, eso sí, ordenadas, prolijas. Una foto sin agujero.

(Todo esto lo escribo en mi única mañana libre, tiempo en el que debería estar escribiendo mi novela proteica, degenerada, foto de feria. Pero ya ven: es más fácil ponerse a opinar sobre cómo deben ser las cosas en lugar de hacerlas, cual poeta de restaurante chino)

(En la foto: algunos de mis hijos transformados en bailarines de tango gracias al cartón agujereado de un fotógrafo callejero de La Boca. Buenos Aires, 2006)

domingo, marzo 09, 2008

La fiesta la llevo aquí



La bella y sabia Amparanoia

domingo, marzo 02, 2008

descalza en un sótano lleno de alacranes


Este blog no es político precisamente porque “soy de” y “vivo en” países que están sumidos en la política, en los dimes y diretes que allá son regionales y acá internacionales. Y yo no es que no tenga lo que decir al respecto, pero trato de no hacerlo en este espacio porque cuando inventé este diario anónimo y público lo hice para reírme un rato, para hablar de mis pasiones y mis tonterías, etcétera... Aunque este blog nació en medio de una guerra real y verdadera: mientras yo soñaba que bombardeaban Caracas desde el Avila, a mi alrededor eran otros los bombardeos, mucho más reales. Para no mirar la tristeza y la ira de la guerra, traté de evadirme escribiendo este blog y un libro de cuentos que no tenían nada que ver con la realidad, pero –al menos en el caso de los cuentos- fueron escritos con urgencia. Sin embargo, a veces la realidad es inevadible, vuelve en forma de sueños recurrentes e irresueltos. Irresuelta la historia, siempre se muerde la cola. Y es así como me encuentro en medio de nuevos bombardeos, esperando que no se vuelvan más serios, que acaben lo más pronto posible, que no sea esta otra guerra. Y no quiero expresar ninguna opinión al respecto, sólo contar que vivo entre alarmas que anuncian proyectiles, que uno de esos proyectiles cayó en el lugar en donde trabajo y trajo muerte y miedo. Si esto hubiese pasado en Venezuela, se paraliza el país. Pero pasó aquí, en este país regido por la política de “el show debe continuar” y es así como mañana debo ir a ese lugar enlutado, blanco de misiles y de odios, a enseñar español. Enseñar a hablar español mientras nos caen a plomo desde el otro lado y mientras el ejercito cae a plomo desde acá. Ya uno de mis estudiantes me anunció que su facultad se puso en huelga y no vendrán a clase hasta que no haya un cese al fuego. Ojalá todas las facultades y departamentos hagan los mismo. Yo, aunque quisiera declararme en huelga y no dar clases hasta que no haya paz, no puedo dejar de ir. Y la verdad es que me da miedo. Me viene a la cabeza una imagen de Amos Oz: “caminar descalza en un sótano lleno de alacranes”. Así estaré mañana cuando vaya a enseñar español en medio del va y el viene.

sábado, febrero 09, 2008

Ceguera


Aunque nací en una ciudad grande y atormentada, toda la vida he vivido en pueblos ganaderos o pueblos marinos. Y, lo que me faltaba, ahora vivo en una comunidad agrícola. Entre el hedor del repollo y el trigo (a veces verde, a veces dorado) Un brevísimo retorno a Caracas me mostró cómo se nota y se huele que uno es del campo o por lo menos eso es lo que uno cree, paranoico. Siempre me he sentido como si llevara un cartel que dijera “soy del interior”, de donde todo es monte y culebra. A eso atribuí que en Caracas haya sido carne fácil para asaltadores y tramposos. En ciudades más primermundistas, fui aquella que rompe el lavamanos para que deje de echar agua o se asusta con el basurero que habla. Eso sí: siempre he disimulado con aplomo y soltura mi condición provinciana. En la mayoría de los casos he pasado por excéntrica, insólita, rara.

Ahora, que realmente vivo en la nada, voy dos veces a la semana a trabajar a la gran ciudad (desatormentada y mediterránea) que me queda a una hora de viaje. Allí voy, disimulando mi olor a repollos o a duraznos –depende de la estación- , limpiando a cada rato mis botas llenas de polvo, evitando asombrarme de cualquier cosa. Encubriéndome.

Pocas veces tomo autobuses dentro de la ciudad, prefiero unas vans que me recuerdan a las camioneticas de mi patria, pero en una de esas no me quedó más remedio. Así, un día me metí en un autobús lleno de gente. El único puesto libre era uno extremadamente pequeño, al lado de una chica. Yo no noté el tamaño del puesto hasta que me senté, empotrada entre la chica y el apoya brazos. Raro, pensé. ¿Por qué habrán hecho este puesto doble cuando en realidad parece uno y medio? Pero en el fondo me alegré de caber: Después de todo no estoy tan gorda – pensé mientras acomodaba el trasero mejor en aquel puestico y mirando a la chica, delgadita, como quien ve a su doble. La chica trataba de no mirarme, aunque de vez en cuando me echaba un vistazo retrechero, antipático, que olía a perfume de última moda. Ella ponía la mente en blanco como cuando estamos adosados a miles de seres humanos en un ascensor ministerial. Subía la mirada, respiraba de puntillas, evitando más contacto conmigo: suficiente ir pegadas como hermanas siamesas. A veces no podía evitar mirarme como diciendo “cómo se le ocurre a esta tipa sentarse a mi lado”. Y yo, con mi paranoia, pensaba que era por mi olor a comunidad agrícola, el polvo de mis botas o lo arrugado de mi abrigo.

Apenas se liberó algún otro puesto en el autobús, la chica salió despavorida (y como un corcho, luego de algún esfuerzo para desencajar su trasero de entre la ventana y mis caderas) Y yo, para disimular mi condición extraterrestre, me encogí de hombros y puse cara de estar más allá del bien y del mal.

Momentos antes de llegar a mi parada ví un cartelito al lado de mi asiento que decía: “Silla especial para persona invidente y su perro guía”.

Me reí y me dije a mi misma: Bueno, “el que no sabe es como el que no ve”.

lunes, enero 28, 2008

Amos Oz, traducido


En estos momentos estoy leyendo a Amos Oz, “Una historia de amor y oscuridad”. Lo estoy leyendo en español y si decidí leerlo en mi idioma, no es sólo por comodidad, sino porque me declaro incompetente para leer literatura de altura en el idioma de la biblia. Una vez lo intenté con la magnífica Batia Gur y no pasé de las primeras páginas. Demasiados sinónimos, demasiada belleza de lenguaje. Entonces la tuve que abandonar momentáneamente, mientras espero a que mi comprensión de esta lengua avance más allá del vocabulario de supervivencia del que dispongo (no sé ni cómo... por osmosis o por inercia ...) Con Amos Oz la derrota ha sido mayor: ni siquiera lo intenté y fui directo a la traducción española. Pero, aunque estoy encantada por la facilidad con la que por fin lo leo y con la maravilla que es leer la realidad que me rodea en mi propia lengua, tengo lo que decir sobre la traducción... Así es: soy incapaz de leer literatura hebrea o de traducir un titular de periódico, pero tengo lo que opinar (y opinar mal, por supuesto) sobre la traducción que hizo una pobre señora que se ve que si dominaba esta lengua al punto de poder traducirla y no como yo que la sobrevivo y la chapuceo como puedo (con la lógica de “como va viniendo, vamos viendo”, que caracteriza a mi raza). Pero bueno, que para eso estamos “los intelectuales”, para criticar ( y mal) el trabajo de los demás, para verle las cinco patas al felino, para respirar en los resquicios de la realidad y otras divagaciones.

Aquí va: Que la señora traductora no traduce la palabra “Histadrut”, palabra importante para entender la historia, al menos en sus inicios (que en el colmo de los colmos, yo critico lo que ni siquiera he terminado) “Histadrut” quiere decir “central de trabajadores”, el sindicato, pues. Y el narrador cuenta que sus padres no pertenecían a la “histadrut” (el sindicato) y eso es importante para entender que aquellos padres no pertenecían a nada, incluso tampoco al sindicato, aun siendo trabajadores. En mi humilde opinión, la palabra “histadrut” debió ser traducida. “Histadrut” no es “mossad”. Casi todo el que más o menos conozca la historia de este país sabe lo que es el “mossad”. Traducirlo como “el instituto” sería quitarle ese misterio o esa malignidad de película de espionaje que tiene. No es el caso de la “histadrut”.

Y si por un lado la señora no traduce lo que ella cree que no requiere traducción, por otro si que traduce nombres de calles: así, yo, que podría visitar aquellas calles, no sé ni dónde están ni cuáles son. Entonces tengo que pedir a algún conocedor que me explique cuál puede ser la calle Malaquías. La calle Malaquías es la calle Malaji. ¿Puedes tu creer? No es injusto que cuando por fin puedo hacer un recorrido literario de Jerusalén, tenga yo que pedir que me traduzcan los nombres de las calles. ¿Quién ha dicho que los nombres de las calles deben traducirse? No sé, como si a Bond Street alguien la llamara Calle Unión. ¿La llaman así? ¿La traducen? Tal vez Malaji no suena tan literario como Malaquías, pero ese es el nombre de la calle y qué se le va a hacer. ¿Acaso a la Baker Street la llaman la calle del panadero?

Luego están todos esos juegos de palabras. Los padres del narrador no eran hablantes naturales de esta lengua. Cito: “Hablaban hebreo con temor a la imprecisión, se repetían frecuentemente, intentando expresar de nuevo lo que acababan de decir: tal vez se sienta así un conductor miope que va de noche por las callejuelas de una ciudad extraña en un vehículo que no conoce” (¿habla de sus padres o habla de mí? Jajaja!) Usaban verbos en desuso o que en la actualidad de la narración tienen significados contrarios (incluso escatológicos) pero no hay ni un pequeño pie de página para explicar lo mínimo de estos enredos idiomáticos. Un detalle aunque sea hubiese bastado, creo. Hay traducciones que abusan de esas notas del traductor, hay otras que las prescinden totalmente.

En fin, incapaz de traducir un titular de periódico, pero capaz de criticar traducciones ajenas. ¡Eso si!

Esta bien: algún día tengo que leer a Oz en su idioma original. Así como algún día tengo que verlo: vivimos en el mismo desierto (yo al norte y él al sur) ¡!

martes, enero 22, 2008

Juegos


Puede que se trate de un mal familiar, pensé al asomarme por enésima vez al cuarto de mi niña para pedirle que dejara de mover las manos y jugar-cantar. Ya deja de jugar y duérmete – le dije. Ella respondió que no estaba jugando, que sólo estaba mirando sus juguetes. Entonces supe que así sigue jugando telepáticamente, en su mente. Mira los juguetes desde una esquina de su camita rosa y sigue jugando porque no le hace falta tocarlos. Una vez, hace tal vez un año o más, me contó que en la guardería le habían prohibido dormir con su muñeca. A mi el corazón se me estrujó sonoramente y le dije que ya iba a hablar con la maestra, que cómo era posible, que qué vaina, que uno paga tanta plata para que al final se comporten como un orfanato de película mala, etcétera. Mi niña me miró sin entender, tenía dos años y medio en esos días, pero igual me consoló: no te preocupes mamá, no tengo muñeca, pero tengo mis manos. Entonces recordé que sus manos tienen vida y nombres propios, que están dispuestas a infinitos juegos, son niños y son pájaros, le cuentan historias que yo no puedo oír.

Nadie puede imaginar la felicidad infinita que sentí al saber que mi hija dormía sin muñeca, pero con sus manos.

Los juegos de los niños no son juegos, eso seguramente ya lo han observado muchos. Nada más serio que un niño jugando.

A mi bebé no le hace falta nada mientras juega, ni siquiera hambre le da, a pesar de que es glotón. Suele meter jugueticos chiquitos en cajas, gavetas y también en las guitarras de su papá. Así, puede estar mucho tiempo y entonces no necesita comer, ni que le cambien el pañal. No me necesita. El juego es su primera independencia.

El juego es independencia y adicción a un mismo tiempo. Nada más adictivo que el juego.

Hace miles de años perdí siglos jugando Los Sims en la computadora. No necesitaba comer ni fumar. No iba al baño ni atendía llamadas. Jugaba. Jugaba. Jugaba. Esa era mi independencia de la realidad. También parte de mi indecencia.

De adultos queremos seguir jugando. Yo, por ejemplo, tengo mi juego en la literatura. Abandoné Los Sims y me interné en los recovecos de la memoria y la manía de llenar pantallas brillantes con letras, imágenes, respiraciones, chasquidos, existencias.

Igual que mi hija, tengo mis manos.

Como mi bebé, soy autosuficiente.

El problema es que de adultos nos restringen (o nos restringimos) el juego.

sábado, enero 05, 2008

¿Nostalgia o casualidad?


La nostalgia o la casualidad hace que uno vaya a la biblioteca de Alejandría y agarre libros al azar y que en páginas disímiles, lejanas, aleatorias, aparezca nada más y nada menos que Venezuela. De la simple mención hasta lugar de desenlace, aquí va la lista:

1.-La conquista del aire, de Belen Copegui: Toda la novela transcurre en Madrid, pero una de las parejas protagonistas quiere comprar una casa casi en ruinas de unos españoles radicados en Venezuela.

2.- La carta esférica, de Arturo Pérez Reverte. El protagonista, marino de profesión, anduvo por miles de puertos, pero en una de esas recala en La Guaira, donde se faja a bonchar y termina preso en una cárcel local (sólo un rato, porque enseguida el capitán del barco le pasa plata a los policías para que lo dejen suelto y siguen viaje)


3.- Las películas de mi vida, de Alberto Fuguet. El protagonista pasa unos días en Caracas, en casa de unos familiares chilenos, en el viaje de retorno a Chile. Una muestra exacta de lo que era Caracas en los 70 ... creo ... digo, por toda la opulencia, las marcas, los centros comerciales ... el narrador casi no encuentra diferencia entre nuestra capital y gringolandia y hasta dice: “si así es Caracas, cómo será Santiago” ... Pero se encuentra con un Chile en blanco y negro, oscuro, fascista. (No sé, pero tal vez ahora la situación sea inversa) A veces es cómico mirar las cosas desde los ojos de los otros. Un detalle: le causa gracia el nombre de la leche “Carabobo”.... jajaja! Nunca me había dado cuenta que es un nombre ridículo si uno no está acostumbrado a oírlo.

4.- La última escala del Tramp Steamer, de Alvaro Mutis. El protagonista ha visto este barco en diferentes puertos del mundo y en diversos momentos de su vida. Uno de esos puertos está en el Delta del Orinoco, por allá por Tucupita, cerca de mi patiadero. En ese Orinoco amarillo y caudaloso, el barco encuentra su fin.

¿Será la nostalgia la que guía la mano y hace que uno escoja estos libros entre miles, uno tras otro, en el pasado y nostálgico último mes del 2007?

martes, enero 01, 2008

La nostalgia amarilla



La nostalgia, a veces, nos lleva por senderos sorprendentes.

Este fin de año extrañé las pantaletas amarillas.

Como provengo de una raza desordenada e improvisada, generalmente comprábamos las pantaletas amarillas a última hora, el mismísimo 31 de diciembre en la tarde, cuando sólo quedaban las tallas menos solicitadas (extra chiquitas o hipergrandes) Éramos una familia de tallas regulares, por eso algunas veces nos quedábamos sin ropa interior nueva y amarilla, esa que según la leyenda atraía a la suerte para el año venidero. Pero mi abuela, que era la madre de las supersticiones, siempre encontraba una pantaleta de su talla o no tenía problema en ponerse una de talla muy superior a la suya. Un día, inexplicablemente, no quedaron pantaletas en ninguna tienda del centro comercial más cercano. Ni grandes, ni chiquitas, ni nada. Entonces mi abuela decidió que ese año llevaríamos ropa interior masculina amarilla. Así, aquel año nuevo nos encontró con interiores amarillos a todas las mujeres de la familia.

Este fin de año extrañé incluso los interiores amarillos.

Y tirar monedas por las ventanas. Y agarrar maletas. Y las lentejas. Y las uvas.

Y como aquí, en este limbo espaciotemporal en el que me encuentro, no hay navidad ni fin de año, da como para ponerse en una nostalgia llorona.

Hubiese podido ver el fin de año español en la televisión, pero lo que extrañaba eran las pantaletas amarillas y ese salir corriendo a última hora a comprarlas.

Hubiese podido ir a una fiesta de fin de año en un pub, pero lo que extrañaba era ver a mis primas montándose en sillas a ver si ese año conseguían marido.

Hubiese podido tomar una copita de champaña, al menos...

Pero la nostalgia, a veces, nos lleva por senderos sorprendentes.

Hoy voy a comprar pantaletas amarillas, aunque sea a destiempo.

viernes, diciembre 21, 2007

Polaroid de amor extraordinario

Un día mi amadoesposo llegó de lo más contento, celular en mano, y me dijo: “llámame para que veas”.

Marqué su número y en lugar del ringring (que ya casi no existe en ningún teléfono) me emocioné al escuchar las primeras notas de “Polaroid de locura ordinaria”, esa canción de Fito Páez que está basada en un cuento de Bucowski.

- Ay, qué lindo – dije y se me puso la boca con sonrisita feliz hasta que llegó la parte que dice “después vomitó ese ron, manchando la pared”. Ahí puse cara de “quémestásqueriendodecirtuami”.

Y me volví a alegrar, casi hasta el llanto, con “pasábamos todo el día/ tirados en la cama/ el tiempo maldita daga/ lamiéndonos los pies”

Y nuevamente me arreché con “brillaba era una perla/y nunca hacia nada” (¿cómo que nada? Te parece poco el shock cultural y la nulidad lingüística?)

Y así estaba, la cara un mar de muecas, el corazón vacilante, hasta que me puse a pensar qué hubiese pasado si en lugar de “Polaroid....”, se me hubiese aparecido mi amadoesposo con una cancioncita romanticona de esas de amor juicioso y sosegado (las hay, las hay) Cómo me habría sentido si en lugar de “Sangro, sangro, sangro, y se reía como loca”, me hubiese tocado algo engominadamente correcto. Me entró un susto horrible nada más de pensarlo. Ese mismo susto con el que me despertaba en medio de la noche y en una pesadilla que se proyectaba más allá del sueño sentía que me moría de amor por él, pero estaba al lado de otro. Pasé años despertándome así. Creyendo estar al lado de otro, pero muriéndome de amor por él. Entonces me alegraba de verlo ahí y no podía evitar despertarlo, no importa la hora que fuese. Debe ser por ésta y otras tantas chifladuras que llevo esta canción en su teléfono. Y la verdad es que no me veo a mi misma en su vida sin eso de “de todas ellas, ella fue mi frase mas hermosa”, frase reversible: “de todos ellos, él es mi frase más hermosa” (y sin verbos en pasado)

Sólo le pedí que atendiera el teléfono antes de que llegara eso de “todo su cuerpo con espinas y a mi me siguen las moscas”

Pueden escuchar la canción completa y ver a Fito en pleno concierto si hacen “play” en este video (no esta muy bien grabado, pero ...)

jueves, diciembre 13, 2007

Furor por La India


Si hay socialismo del SXXI, no es de extrañar que hayan hippies en este siglo. Neo – hippies: no son los sesentones que se niegan a crecer, sino sus sobrinos que han retomado las posturas del movimiento. El hippismo se hereda de tío a sobrino, pues como queda sentado en la historia que voy a contarles, los padres de los neohippies suelen ser banqueros de ultraderecha.

Un día el hijo de un afamado industrial hi-tech de este país vio la luz, tuvo una revelación, una epifanía y decidió despojarse de todas sus pertenencias, reunir lo poco que valía la pena y lanzarse a un peregrinaje eterno a la India. Allá conoció a otra neohippie finlandesa (o sueca, no recuerdo) con la que se unió en amor libre y sacramentado por las aguas del Ganges. Juró nunca más volver al terruño, este país lleno de guerra y cuna de religiones equivocadas. Juró olvidar los años perdidos en puestos de fronteras o en guerras, los atentados, la familia, la mierda. Juró escupir la casa paterna, llena de lujos infinitos que él detestaba. Pero todo esto lo juró en vano, porque regresó como regresan todos: delgado como un faquir, cabeza rapada, ropajes andrajosos, bolsito hindú cruzado, sandalias a pesar del frío. Volvió porque necesitaba plata y porque la sueca (o era finlandesa) estaba embarazada. La familia lo recibió, allá en su palacete hi-tech, probablemente contentos pero asustados. ¿Quién era aquel hombre ahora lleno de libros en sánscrito y repitiendo un ooooommmmmm perpetuo? ¿Quien era aquella mujer de pelo enmarañado cuya panza crecía inexorablemente? La pareja era escondida en todas las reuniones sociales, como hacían las familias antiquísimas con los hijos bobos. Pero cuando nació la niña todos los prejuicios cedieron: tenía el pelo blanco y dos ojitos llenos de amor y sus progenitores ahora se dedicaban a enseñar meditación transcendental a yuppies hi – tech estresados. Aunque seguían vestidos con harapos, parecían recuperados de aquella temporada en la India. Y lo que más enorgullecía al afamado industrial era que habían amasado una pequeña fortuna con eso de la meditación y todo tipo de pendejadas new age. Pero aquella fortuna fue utilizada para volver, ahora con una niña en brazos, a la tierra de shiva.

Tal vez un año después, unos turistas vieron a una niña sucia vagando por las calles de Bombay. Ojitos azules, pelito blanco, hablaba la lengua bíblica de por estos lados, la misma lengua de aquellos turistas. La bañaron, la vistieron con ropa limpia, la alimentaron, le dieron una muñeca dulce para abrazar y una camita cómoda para descansar. La niña, que tenía unos dos años y algo, abrazó a su muñeca y durmió todo el día. Al otro día comenzaron las averiguaciones. Los turistas detuvieron su viaje y comenzaron a preguntar aquí, allá, en la embajada, en la estación de policía. Así descubrieron que en un éxtasis supremo producido por ciertos hongos que nacen a orillas del río, una pareja de extranjeros quiso inmolar a una niña, lanzarla al Ganges en honor a no sé qué dioses. La policía los vio en pleno acto y se los llevo para encerrarlos en un hospital neuropsiquiátrico. A la niña la dejaron a su suerte, en las calles de Bombay, entregada a otro dios (uno que rige la bondad de los transeúntes o la misericordia de los turistas)

No sé cuánto tiempo pasó esa niña deambulando por las calles de Bombay, ni qué comía, ni dónde dormía. Sólo sé que ahora los abuelos se pelean por tenerla. Tampoco sé si los padres han recuperado la conciencia, encerrados en ese hospital lleno, me imagino yo, de turistas alucinados y locos locales. Lo único que sé es que esa es una de las miles de historias de este furor por la India que hay en esta parte del mundo. Y créanme que esto lo leí en el periódico y que la realidad suele superar a la ficción, como dice uno de mis maestros.

Contaría esta historia en uno de mis cuentos y le pondría un epígrafe de aquel cuento de Bolaño llamado “El ojo Silva”, pero no sé ...

lunes, diciembre 10, 2007

Tinieblas en el corazón


Me había dado por leer a autores hipernuevos y contemporáneos en edad conmigo porque tenía a mi disposición un pasillo enorme de la biblioteca de Alejandría. Otro día les cuento de esa biblioteca, de momento la historia comienza en ese pasillo de narrativa hispanoamericana y sigue por otros senderos. No es que en el pasillo sólo haya autores contemporáneos, lo que pasa es que me había dado por allí, para ver de qué me había perdido yo en estos últimos años de exilio lingüístico y apartada de la literatura (que es como estar apartada de la vida misma, diría un tipo que conozco muy bien) En realidad si hubiese leído a los clásicos, también hubiesen sido novedad ante mis ojos, que yo no he leído todo lo que debería leer o que mis lecturas son rarísimas y ni clásicos ni nuevos, sólo lo que me va cayendo en las manos, y - hace unos cuantos años- lo obligatorio. Ante aquel pasillo repleto de letras en español, a mi se me dio por leer lo nuevo, lo del 2000 para acá o lo que escriben mis contemporáneos. No digamos que he podido hacer una radiografía de las letras hispanoamericanas contemporáneas, porque tampoco es para tanto, pero si que me fajé con algunos autores al azar y otros que me recomendaron, todo para terminar un poco desilusionada. Quiero atribuir mi desconsuelo a la mala suerte o a que me he puesto muy clásica.

De lo leído, sólo puedo decir que:

1.- Hay novelas que en realidad son cuentos estirados como un chicle hasta que la anécdota se pierde. Todo chicle al final se rompe o se hace flácido. Novelas bien escritas pero flácidas. No pasa nada en sus páginas, más que la muestra de la capacidad del autor de crear bellas imágenes.

2.- Hay novelas tramposas. Dicen que la obra de arte es todo aquello que rompe con la expectativa del espectador, que presenta una solución inesperada. Sin embargo, hay novelas que serían espectaculares si siguieran la expectativa que en el principio crean en el lector. Pero no: como quieren ser originales, cambian la seña repentinamente y sin justificativos. Eso no es arte, sino arbitrariedad.

3.- Hay una cierta moda de los cuento-novelas. A mi me encantan, pero...


Conclusión:

1.- He tenido mala suerte.

2.- No se pueden establecer conclusiones con un “corpus” tan escueto y azaroso.

3.- Dios mío: ¿Cómo es que he llegado a esta edad sin leerme “El corazón de las tinieblas”? Luego de mi aleatoria incursión en las letras contemporáneas, decidí abandonar aquel pasillo y meterme en uno de esos sitios de Internet donde se bajan libros gratis y bajarme esa maravilla de Joseph Conrad.

Maestro de maestros, me inclino a sus pies.

Qué maravilla perderse en la voz de Marlow, ese personaje infinito que nos echa el cuento de su viaje al corazón del Congo belga. La historia es densa como las aguas del río en el que navega el vapor de Marlow y no se las cuento, porque seguro ya la conocen.

¿Qué hay en “El corazón de las tinieblas” que me hizo estremecer?

La oralidad. Un tipo te echa un cuento y te lo echa bien.

La tensión. Anécdota y ritmo narrativo van en comunión.

La tentación. Provoca seguir leyendo. Te mueres por seguir leyendo. Vas es tu carro manejando y no ves los semáforos porque quisieras seguir leyendo. Se te quema la comida porque quisieras seguir leyendo.

La precisión. Es un cuento largo y no una novela porque la tensión y la anécdota aguanta hasta un cierto número de páginas. No se pone Conrad a tensar el arco demasiado hasta romperlo y lograr esa flacidez narrativa de algunas novelas que en realidad eran un cuento largo y por asunto de mercado (o qué se yo) fueron convertidos en novelas.

La historia. El fin único de la narrativa es echar un cuento.

Todo este palabrerío es sólo para decir que el fin único de la narrativa es echar un cuento, así, como si mi verdad fuese la verdad de todos.

Ojalá me lluevan comentarios en contra.

domingo, noviembre 25, 2007

En el futuro será peor


"Y sí me siento parte de una generación; de una generación que no adquirió su amor por las historias, por los libros y por contar cuentos, sólo leyendo o sólo estudiando autores famosos de aquí y de allá o de dónde sea. Yo decidí escribir mis propios relatos después de ver miles de horas de televisión, de haber leído toneladas de suplementos, de haber dibujado resmas enteras de papel bond, de haber jugado Pac-Man hasta el cansancio, de haber llenado álbumes y álbumes de barajitas, de haber pasado horas en el cine, de haber sufrido humillaciones indecibles en mi país, de haberme aburrido de lo lindo leyendo los cuentos y novelas que propone el programa de bachillerato venezolano, de haber oído horas y horas de Radio Difusora Venezuela, de haber aprendido a manejar a los 28 años y de haber soñado durante siglos con tener un Javelin y una escopeta.
Lo que quiero decir es que, a partir de mi generación, escribir un cuento no es lo que era antes porque en el correr de estos años se han puesto a circular miles de artefactos y de recursos que han cambiado la forma de percibir la narrativa de nuestra propia vida, lo que, a su vez, ha cambiado nuestra forma de estudiar nuestro propio pasado y el pasado en general de la humanidad. Quien lea lo que escriben los miembros de esta generación pensando en patrones viejos, está jodido. Y les advierto que en el futuro será peor… "
Roberto Echeto, en una entrevista.

jueves, noviembre 22, 2007

Lluvia desde abajo


Llueve, pero tengo que llevar a los niños a la guardería porque me prometí a mí misma comenzar a escribir en esta mañana libre la novela que cambiará a la literatura de habla hispana.

El carro está tan lejos de la casa que es lo mismo ir caminando a la guardería.

Primer conflicto: a mi niña le gustan los vestidos. Vestidos rosados, llenos de vuelos, con telas vaporosas como alas de mariposas o exhalaciones de hadas. Fuuuuuuaaaaahhhh.

- No quiero usar pantalones –me dice mirándome con sus ojos redondos como vasos de cocacola.

- Hace frío – le digo, sacándole la pillama. (si, pillama)

- Quiero un vestido – insiste con sus ojos a punto de efervescencias gaseosas, como cocacolas agitadas.

Llueve, pero en realidad son goticas mínimas. En Maturín dirían que está garuando (y yo me extraño al saber que esta palabra existe, no es un modismo) Una lluvia mojatontos pero con un frío de perros. Necesitamos pantalones y sweteres. Todos.

Solución: Saco la artillería pesada: un abrigo polar azul marino, con elefante bordado y pelusas blancas alrededor de la capucha. Saco los accesorios de ocasión: bufanda rosa como un algodón de azúcar con colorante artificial. Gorro rosa de igual material, para llevar debajo del capuchón. Paraguas de Dora la exploradora. Guantes.
Así los ojos revierten el proceso de efervescencia. Se alegran y brillan con esa luz casi táctil con la que brillan cuando están dichosos. Temblando de emoción, mi niña se transforma en una esquimal.

- El invierno no es tan malo, ¿viste? – le digo – Tienes que usar toda esta ropa, estos gorros, estos guantes y el paraguas de Dora. ¿Cómo van las hadas en invierno?

- Te las voy a dibujar cuando regrese – dice- para que las veas.

Vestir al bebé es otro problema: nunca le han gustado los gorros. Así, va con capuchón, pero sin gorro. Zapatos de suela limpísima, porque aún no camina.

Segundo conflicto: La esquimal, el hada que viaja al polo norte, la niña que apenas muestra los ojos debajo de toda esa indumentaria, ve un pozo de agua y va corriendo a saltar dentro de él, para que sus profundidades cacao vuelen por los aires convertidas en gotas y caigan en todas partes. Una lluvia desde abajo con la que no contábamos.

El bebé, salpicado de marrón, se arranca la capucha y aplaude, se ríe infinitamente feliz y ha decidido que apenas pueda caminar va a hacer lo mismo: brincar pozos, hacer volar sus aguas por los aires.

Solución: Cambiar los gritos por risa. ¿Qué se le va a hacer? El hada esquimal decidió convertirse en tonina. El bebé, en una galleta chocolatechips.

Llegamos tarde a la guardería y a la computadora.

Otro día sin comenzar a escribir la supuesta novela. Excusas: el tiempo que vuela, el mal tiempo que nos sobrevuela con sus lluvias y granizos, dos esquimales hermosos y encharcados, cerros de ropa mojada para lavar, secar, doblar.

sábado, noviembre 17, 2007

la realidad ausente


Toda ciencia ficción es política, dicen los entendidos. Y la ciencia ficción le valió a Ricardo Piglia para hablar de realidades implantadas por un estado omnipresente en hospitales neurosiquiátricos, pero también en medios de comunicación, museos, prisiones. Así, La ciudad ausente relata la multiplicidad de realidades contrapuestas en eterna lucha en medio de una ciudad desdibujada. Cada persona parece vivir en un contexto distinto. No se trata sólo de la realidad que pretende imponer el estado en contra de la realidad que es protegida por los espacios de la contracultura. Es mucho más complejo: una especie de esquizofrenia social en la que cada individuo parece vivir en un espacio paralelo, delimitado y único. En medio de la ausencia de un hilo conductor de lo social (porque el que se pretende establecer como conductor no es más que la manipulación de un estado totalitario), una máquina destartalada, o una mujer eternizada por la cibernética –según algunas versiones – se autoproclama refugio de las voces de los otros. Así guarda grabadas historias de los que han sido desplazados, los perdedores, esas otras versiones que a una Historia con mayúsculas no le interesa. Pero estas grabaciones no son más que un apelmazamiento de voces: como transmisiones de una radio vieja y mal sintonizada se sobreponen una sobre la otra sin orden ni concierto. Es la pluralidad con su barullo e inconexión en oposición al bloque del poder.

Cambiar el lenguaje es también cambiar la realidad, dicen los que saben. Y como Piglia se vale de la ciencia ficción para contarnos esto, yo me valgo de Piglia para corroborarlo. En La ciudad ausente las palabras se van despojando de sentidos, primero en una pequeña historia: una niña cuya capacidad lingüística es un jardín cerrado al que su padre debe acceder despojándose de su propio lenguaje. Después, porque ese núcleo anecdótico contagia a toda la novela. Quien quiera cambiar el mundo que cambie el nombre de las cosas. Así, algunos asesinos son mártires, depende de en cuál lado de la frontera te encuentres. Y de este modo, se roba desde ministerios con nombres pomposos.

Para mí, La ciudad ausente es la mejor novela de Piglia. La que me atrapó. Siempre la tuve fotocopiada (por falta de plata o porque era difícil conseguirla) hasta que un día le hice una entrevista a un argentino muy rubio pero bongosero de una orquesta de salsa imposible. A él le había parecido un bodrio y no dudó en regalármela. Y ya ven, para mí fue LA NOVELA que marcó una época de mi vida. No releería nada más de Piglia. Incluso, ahora ya no le tengo paciencia a su extremada erudición, pero a La ciudad ausente vuelvo cada vez que puedo. La penúltima vez que la releí fue antes de emprender viaje a Buenos Aires porque pretendía hacer un “viaje literario” que terminó en pizzas familiares, lápices de cera y algunos post con consejos para viajar con niños.

Ahora la releo porque algo en estas realidades en las que vivo (las de mi país y las del país en el que vivo) me la recordaron.

jueves, noviembre 08, 2007

Libros abandonados


Debe ser parte de esa “educación” de comerse todo lo que tienes en el plato porque en África o aquí mismito hay niños que se mueren de hambre, debe ser por eso que uno también tiene que leer cualquier libro que comienza y no se atreve a dejarlo por la mitad, aunque el caso lo amerite. No obstante hay casos que borran años de cantaletas maternas a la hora de comer: cuando una abuela nos presentaba un plato de vísceras, no había educación que valiera. Así, hay libros como platos de vísceras que nos atrevemos a dejar por la mitad o al primer bocado, sintiéndonos culpables, claro (porque a uno le gusta leer/comer bastante, ¿no?). En estos días me puse a pensar en qué libros he dejado por la mitad o no he podido pasar de las primeras páginas. Muy pocos, ya he dicho que soy “educadita” y tiendo a terminar todo lo que comienzo (si,si,si...jajaja), pero últimamente la falta de tiempo que perder me ha hecho abandonar mis principios y dejar algunos libros por la mitad. El primero que recuerdo haber abandonado fue Nocturno de Chile de Bolaño. Sí, sí, mi querido Bolaño no es infalible. Y miren que he leído varios de este señor y lo tengo en un alta estima, no me cuento entre sus envidiosos detractores que lo odian no más porque se ha vuelto autor de culto y estoy segura que no han pasado de dos novelas de él. Yo, en cambio, lo adoro, lo he leído con gusto, soy su defensora a capa y espada, he leído casi todo lo de él (menos esos inventos póstumos). Pero Nocturno de Chile me aburrió mortalmente. Si Amberes es una novelita rara y medio fastidiosa, nada que ver con el monólogo ladilla de Nocturno de Chile. Me dolió dejar este libro, confieso, pero lo dejé porque a estas alturas de mi vida no tengo tiempo para perder y hace años que me atrevo a dejar comida en el plato (hay que cuidar la línea...) Pero bueno, lo dejé con dolor, pensando que tal vez se ponía mejor luego y que me lo iba a perder, etcétera. El segundo libro que recuerdo haber dejado a medias no me dio tanta lástima: La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo. Al parecer a los colombianos les ha dado por las novelas de sicarios, esto lo leí en alguna parte, pero no recuerdo dónde …. Del realismo mágico al sicariato…. Y Fernando Vallejo no ha podido escapar a esta consigna ni aún nacionalizándose mexicano. La novela es un compendio de lugares comunes y de esa necesidad de “escandalizar al burgués” que luego me enteré caracteriza al autor. Narra la relación sadomasoquista y homosexual entre un viejo gay y un niño sicario que está buenísimo y que es malísimo con el pobre señor. ¿Donde vi o leí esto antes? Gran parte de la literatura y la cinematografía gay gira en torno a este tópico. Es decir: nada nuevo bajo el sol. Pero bueno, ya decía Borges que todas las historias ya han sido escritas, esto no es lo que me aburrió. Me aburrió la violencia, el escándalo, pero sobre todo que se sintiera lo forzado de ese escándalo, algo así como que el narrador dijera “asómbrense, oficinistas, amas de casa, profesorcitos de literatura” Cuando Montero Glez arma a Charolito, ese gitano arrabalero que es el protagonista de Sed de Champán no lo hizo tan forzadamente escandaloso. Yo, por mi parte, disfruté de su arrabaléz (si se puede decir así) y su bajofondismo en cada línea. Pero no es de cómo abordar lo escandaloso en la literatura de lo que estoy hablando, sino de los libros que abandonamos, que no soportamos y nos damos el lujo de dejar por la mitad.
El tercer libro que recuerdo haber dejado por la mitad fue Tokio Blues (Norwegian Woods) de Haruki Murakami. Aunque lo comencé muy entusiasmada y escuché la cancioncita de los Beatles varias veces, debo confesar que me pareció un plomo. Lentísimo. Redundantísimo. Me alegró saber que yo no era la única que pensaba lo mismo sobre esta novela de este autor tan de moda. Pero algún día la retomaré, porque según cuentan en este post, al final se pone buena.

El abandono de libros tal vez tiene que ver también con que los libros que leo casi todos no los he comprado. Son de una biblioteca estupenda como la de Alejandría. Tal vez si tuviera que pagar por los libros (mas allá de la suscripción anual), me daría más dolor no terminarlos. No sé. Lo cierto es que, aun cuando a uno le gusta comer, hay platos imposibles.

¿Qué libros has abandonado tú?

lunes, octubre 29, 2007

Todas las vocaciones, menos una, crecen.


"Porque si se lo piensa un poco, no hay decisión más infantil que la de ser escritor: una decisión que –salvo contadas excepciones- siempre se toma cuando se es niño; porque sólo entonces se cuenta con la cantidad suficiente de locura para afrontar semejante desafío y vocación. Una decisión tan irreal como la de querer ser astronauta o héroe de la Legión Extranjera (me pregunto si habrá profesión más cercana y extranjera a la del legionario o la del astronauta que la del escritor, siempre en órbita y fuera del mundo y sospechando que no será nada sencillo volver a casa) y que se produce siempre en un momento de exquisita y extrema y ficticia irracionalidad. Keiko Kai: decidimos ser escritores cuando sabemos que ya no podemos ser ninguna otra cosa. Cuando terminamos de leer ese libro de literatura infantil que nos afectará todas las edades que vendrán. Cuando –si, todo escritor de literatura surge siempre de la sombra de un escritor de literatura infantil- nos descubrimos mutantes sin cura ni remedio. Entonces somos pequeños lectores y nos decimos que queremos ser grandes escritores y se lo anunciamos a nuestros padres y nuestros padres nos miran con horror, preguntándose qué salió mal y de dónde salimos nosotros. La formación de un escritor lleva implícita la deformación de tantas otras profesiones y así nos descubrimos hijos huérfanos de un primer impulso que se produce en la infancia, en la edad mas freak de todas las edades, durante ese breve y largo tiempo en que cambiamos un poco todos los días y todas las noches por el sólo placer de sabernos únicos y elegidos y malditos y comprendiendo que ya no creceremos nunca y que, por ser escritores, seremos niños y seremos infantiles hasta el último día de nuestras vidas.

Todas las vocaciones, menos una, crecen."
.
.
.
Rodrigo Fresán en Jardines de Kensington, santa biblia.

miércoles, octubre 17, 2007

Volver








“hay dos tipos de viajeros en la vida, aquellos que parten y aquellos que
retornan, los primeros miran el mapa, los segundos miran al
espejo…”

Esa frase está en una película que no he visto: “Un toque de canela”. Una película griega que me recomendó una amiga. Y la frase, por supuesto, me la dijo mi amiga, así que esto es una cita de una cita. Lo cierto es que me viene como anillo al dedo, a mi que ando de retornos y de miradas al espejo (Yo, que me había prometido no mirarme más en los espejos) Es raro volver a un lugar donde uno es extranjero. Y es raro sentirse extranjero en el terruño. Me había prometido a mi misma un post sobre viajar con hijos sin marido en aviones trasatlánticos con escala en Milán, pero la verdad es que el viaje fue tan sin contratiempos que el post sería aburrido. Los niños durmieron la mayor parte del viaje (cosa rara porque en casa no duermen casi), no tiraron la comida en la cara de los demás pasajeros, no vomitaron, jugaron y gritaron sin mayores aspavientos (o será que mi paciencia maternal me hace no ver el escándalo de mis propios hijos) Hasta me dio tiempo de tomarme varios vasitos de vino y de caer en una especie de sopor acunada por el runrún del avión y el alcohol festejado por mi sangre. Probablemente ese fue el momento en que mis hijos aprovecharon para hacer de todo en ese vuelo y luego caer rendidos por el cansancio, mientras yo dormitaba en mi sopor etílico. Pero no, no, no: yo NO me dormí pues tenía recien vista una película en la que la pobre Jody Foster viaja en avión con su hija, se duerme un ratico y cuando se despierta ya la hija no está. Una pesadilla de película que me hizo ver oportunamente mi señor marido antes de viajar sola con mis dos hijos, por si acaso. Con ese susto, no hay vino ni sueño que valga. Los que durmieron fueron mis hijos, al parecer el runrún y el exceso de chocolate son una mezcla explosiva. Así me quedé sin la crónica de las travesuras de los niños y los enredos de la madre desesperada. Y en cambio, unas ganas de filosofar sobre los retornos, las patrias, las despedidas, los exilios, las lenguas, la condición de extranjera, etcétera. Pero mejor no, porque sería un post llorón y manido: nada nuevo que decir sobre este no ser de ninguna parte.

miércoles, septiembre 05, 2007

Somos hijos de nuestros hijos


Al parecer hay quienes no distinguen entre la maternidad (o paternidad) filial y la conceptual. Si escriben algo mediocre, lo botan. Si tienen un hijo anormal, también. Así lo hicieron Arthur Miller y Pablo Neruda, como lo cuenta indignado el escritor español Rafael Reig en su blog (si haces click aquí puedes leer el post completo). A mi también me pareció terrible la poca capacidad humana de quienes pretender ser portavoces de la humanidad. Está bien, nadie dijo que un escritor deba ser un dechado de virtudes y buena conducta, pero este par sí que se creían ejemplos de posturas políticas y morales justas. Partiendo de la indignación que le produce el abandono de los hijos de estos dos escritores ultrafamosos, Reig escribe una de las frases más hermosas en cuanto a esa maravilla que son los hijos. Lo cito:

Siempre es así: son los hijos los que educan a los padres, los que nos lo enseñan todo, nacemos de ellos, de ese nudo de cariño que apretamos y que es lo único que nos construye, lo que nos hace, la estambre con la que está tejido nuestro corazón, la argamasa de nuestra vida.

Sólo somos lo que seamos capaces de querer a los demás.

Hijos de nuestros hijos. Por eso somos nuestros propios nietos.

Yo también había pensado en esto de que somos hijos de nuestros hijos. Todos los días aprendo de mis niños, me enseñan a ser mejor persona y a entender el mundo. Mis hijos me guían por caminos de flores y papagayos. Soy de nuevo una niña gracias a mis niños.

Y gracias a Rafael Reig me he dado cuenta que no soy la única chiflada que se siente su propia nieta.