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Y en la página de Enrique Vila-Matas, mis desvíos!
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Nos acercamos al taxista casi al mismo tiempo, pero yo me quedé callada. La otra chica habló enseguida, con firmeza, como quien dice "este-taxi-es-mío" o "yo llegué primero". Decía el nombre de una calle y un número, peleaba el precio, se quejaba porque el taxista no quería usar el taxímetro. Recuerdo que me impresionó su bolso enorme y plateado. ¿Qué llevará allí?- me preguntaba mientras oía de lejos el regateo. El taxista siempre se dirigía a ella en plural: "vengan", "las llevo", "¿cuánto quieren pagar?" Me sentí en la obligación de explicarle que - aunque yo estaba allí, codo a codo con la chica del bolso plateado, escuchando la transacción - no estábamos juntas. Entonces me echó un vistazo como diciendo: "imposible que no estén juntas si se encuentran frente a mi cual siamesas idénticas". Los ojos ya le habían vuelto a sus cuencas cuando por fin se decidió a preguntar que para dónde iba yo. Le respondí: iba a un templo-de-la-cultura donde se presentaría el ballet nacional de España. Propuso llevarnos a las dos por un precio irrisorio, en su opinión. Primero a la chica, luego a mí: así cada una ahorraríamos una moneda de 10, él ahorraría gasolina, la ciudad economizaría en polución, el tráfico escatimaría un carro. Todo por el bien de la humanidad, el medio ambiente, la federación de taxistas y la economía de la chica y la mía. El bolso enorme y plateado decía que la economía de la chica no estaba tan mal como la mía, pero de todos modos, ella aceptó el trato.

Estaba sentada en la mesa de dibujo, mi niña. En la mesa de dibujo de su guardería. Estaba tan concentrada dibujando que ni siquiera me vio llegar, así que me quedé mirándola de lejos. Me encanta mirar de lejos a mis hijos, mirarlos cómo son cuando están sin mí. Ella terminó su dibujo y lo metió en un sobre que luego también decoró con más dibujos. Cuando terminó, me acerqué. "Te preparé una sorpresa" – me dijo. Abrí el sobre y vi el dibujo: mariposas de todos colores saliendo de una especie de cubo sacudido, con rayas que mostraban vibraciones, todo en perpetuo movimiento. Maravillada, le pregunté que qué era. "Una máquina de mariposas" – me dijo. Asombrada, le pregunté si eso lo había visto en un libro o en la televisión. "Lo inventé" – respondió. Feliz, me quedé con la máquina de mariposas en la mano.
No quería leer libros narrados por niños, o por narradores en primera persona que recuerdan o hablan desde su niñez, pero insistía en agarrar libros al azar de las repisas de la biblioteca de Alejandría.
No estaba en mi bolso, tampoco en el bolsillo del abrigo. Como un segmento de oscuridad iluminado de pronto por un fogonazo, mi memoria lo vio sobre la mesita de noche conectado a la electricidad, cargando batería. Allí se había quedado, con su rosado eléctrico, porque se me había ocurrido a última hora que no era conveniente salir con el teléfono casi descargado, aunque bien podría haber llevado el cargador o usar esas máquinas que por una moneda de 5 te cargan el teléfono porque tienen cables para alimentar a todos los modelos de teléfonos celulares posibles. Pero la verdad es que esas máquinas me dan miedo. Están apostadas a lo largo de la plataforma de salida de los autobuses y no paran de decir cosas como "¿olvidó cargar su teléfono?", "venga, le cargamos el teléfono", "no hay ningún problema" y muestran un sin fin de cables de colores diversos y tipos heterogéneos. Sabía que me enredaría en esos cables al tiempo que me entraría pánico al escuchar de tan cerca esa voz de mujer metálica diciendo "No hay ningún problema", "No hay ningún problema", por eso preferí cargar mi teléfono en casa, aunque fuesen unos minutos antes de salir corriendo a la parada del autobús. Y allí quedó, alimentándose en exceso.
Según encuestas publicadas en casi todos los medios de comunicación de Israel, el 90% de la población estuvo de acuerdo con la "campaña" de Gaza. El hecho de que en una sociedad democrática casi todo el mundo esté de acuerdo con un tema deja mucho que desear, incluso habla de la falta de fiabilidad de las encuestas. Israel no es una masa de personas pro-bélicas, un bloque compacto y sin discrepancias. En la opinión de la periodista canadiense-israelí Lisa Goldman, el resultado preocupante de esta encuesta pudo haberse debido a que los que pensaban de forma diferente no se atrevieron a hablar por las respuestas intimidantes recibidas que iban desde la simple agresión verbal hasta amenazas de despido, tal como le ocurrió a Yonit Levi, otra famosa periodista.
Dice Goldman: "Asumiendo que todos los que participaron en la encuesta estaban bien informados de lo que pasa en Gaza y sin temor a divergir de la corriente principal, todavía una de cada 10 personas estuvo en contra de la guerra". La prensa –local e internacional- no dio mucho espacio a este grupo de personas, incluso las marchas pacifistas casi no fueron reseñadas. No obstante, la última edición de la revista "Time Out Tel aviv" da voz a los disidentes, a los pacifistas, a los israelíes cansados de que cada dos o tres años se forme una guerra. Y Goldman, en su blog , traduce algunas de las razones, comentarios y opiniones de quienes se opusieron al desastre de Gaza que valen la pena ser leídas.
Los medios de comunicación dentro y fuera de Israel resaltaron las primeras declaraciones del escritor Amos Oz en las que aceptaba la "campaña" en Gaza como un hecho de defensa legítima al ataque del Hamas a las poblaciones del sur israelí. Las palabras del escritor reflejaron el sentir de la mayoría, sin embargo la duración y los estragos causados por la "campaña" excedieron los límites, como el mismo Oz expresó días después en otro artículo en el que reclamaba un cese al fuego inmediato. Creo que este fue el sentir de muchos: que era necesario defenderse del Hamas en un primer momento, pero que lo que siguió fue una cadena de desatinos y desaciertos, de derramamiento de sangre y muertes innecesarias. Al parecer, la segunda opinión de Oz tuvo poca difusión, o por lo menos no fue leída por el escritor peruano (¿o español?) Mario Vargas Llosa, a quien no le tembló la mano al poner en tela de juicio la opinión del escritor israelí ni en llamar a los proyectiles lanzados por el Hamas "cohetes artesanales" en un artículo publicado en El País el 11 de enero. Quienes hemos visto de cerca los estragos de estos "cohetes artesanales", sabemos que son mucho más que eso. Lo cierto es que Vargas Llosa cayó en el facilismo de los estereotipos al pretender explicar la situación: por un lado ese bloque bélico y malvado que son los israelíes en pleno, incluidos ahora también sus intelectuales (seguro tenía en la mano la desafortunada encuesta de la que hablo al principio de estas líneas) y por el otro los palestinos desvalidos y pacifistas que se tienen que defender de manera artesanal, por no decir con las uñas.
Las dos opiniones contrapuestas de Amos Oz, por el contrario, dieron muestra de las fisuras de la realidad, de la movilidad de los acontecimientos, de que los hechos en general no tienen la rigidez de lo binario: los buenos y los malos. La realidad de este lado del mundo -ya lo ha dicho Oz en muchas oportunidades – tiene muchos más matices.
El escritor David Grossman -cuyo hijo murió en la penúltima guerra, la del Líbano- también dijo lo suyo en un inspirado artículo publicado por Haaretz el 20 de enero. Con la metáfora bíblica de los dos zorros de cuyos rabos anudados pendía una antorcha ardiente, Grossman ilustra lo complicado del conflicto. "Cuando tratamos de liberarnos a la fuerza, quemamos al que está atado a nosotros –nuestro doble, nuestro infortunio- así como a nosotros mismos"- explica. En su opinión, Israel parece haber olvidado que hay otros idiomas, más allá del de la fuerza, los tanques, los aviones, para hablar con seres humanos, así se trate de amargos enemigos, y más en este caso en el que se tiene al enemigo "atado a la cola". Espera Grossman que algún día "comprendamos definitivamente que algo profundo y básico en nuestro comportamiento aquí, en esta zona, es, desde siempre, erróneo, inmoral y necio, y lo que es más importante, es este comportamiento precisamente quien aviva una y otra vez el mismo fuego que nos consume".
A todos estos disidentes, se suman los "shministim", que no son más que jóvenes en edad de entrar en el servicio militar que están o han estado presos varias veces por negarse rotundamente a cumplirlo. Los "shminstim" no están de acuerdo con la política bélica israelí y conscientemente se rehúsan a ser partícipes de ella. Una campaña global los apoya y está recolectando firmas para que estos jóvenes sean liberados. Mayor información al respecto puede ser leída aquí.
Y en pleno desarrollo de los hechos bélicos y de esta supuesta aceptación mayoritaria de los mismos, la película de animación "Vals con Bashir", de Ari Folman, se alza como otra voz de disidencia y muestra esos matices de los que no se puede desligar ninguna opinión sobre esta zona. "Vals con Bashir" es una película de animación, a un paso entre el documental y la autobiografía, que indaga en la memoria individual y colectiva de un hecho bélico y terrible como lo fue la masacre de Sabra y Shatila, desde el punto de vista de los "culpables indirectos". Todo comienza cuando Ari Folman se reencuentra con un compañero del servicio militar con el que estuvo en la invasión al Líbano en 1982. Luego de unas cuantas cervezas, el otro se queja de una pesadilla recurrente que atribuye a lo visto y vivido en Beirut. Pero Folman no puede recordar nada de esa guerra, así que decide emprender un viaje en busca de sus compañeros de destacamento y a través de la memoria de estos, va armando la suya propia. Un doloroso viaje a la memoria que ha sido considerado el "Apocalipsis Now" de la época.
Mientras aviones sobrevolaban y bombardeaban Gaza, un jurado internacional no tuvo ningún reparo en premiar a una película hecha en este lado del mundo, así, ganó el Globo de Oro como "Mejor película en lengua extranjera". El hecho de haber recibido ese premio justo en estos días tal vez se deba, más allá del valor de la película en sí misma –que no es poco- , a la reacción de la opinión pública mundial ante la posibilidad de escuchar las disidencias y las fracturas y los reveses de la realidad israelí, más allá de explicaciones simplificadoras o exaltadas hechas por los medios internacionales o las ausencias de disidencias en los medios locales y las encuestas.
A ese 90% de israelíes que supuestamente apoyaron la guerra en Gaza habría que ponerlos a mirar esta película, así como también a Vargas Llosa.
Ojalá "Vals con Bashir" también gane el Oscar de este año.