lunes, enero 26, 2009

Una gran mentira


Mi vecina es editora de autobiografías. Me alegré al escucharla, al ver la autobiografía que editó y le comenté que yo había escrito un libro, pero de ficción.

- Bueno -me dijo- toda ficción es autobiográfica y toda autobiografía es ficción, ¿verdad?

- Claro - le dije, y agradecí a todos los santos del universo el hecho de que ella no pueda leer en mi idioma, para que no vaya a creer que lo que cuento en mi libro es mi vida y no ficción y me terminen expulsando del vecindario....jajaja!

Si bien es cierto que uno está en lo que escribe, incluso cuando escribe la biografía de otros -como dice mi querido Amos Oz de una forma más elegante-, la relación que uno espera que el lector encuentre es la que ata lo leído a quien lo lee, y no a quien lo escribe, para seguir con Oz, quien por supuesto lo dijo de una forma más clara, usando el ejemplo de la novela como foto de feria, del que ya he hablado antes.

En general, la gente cree (o quiere creer) que lo que lee es parte de la vida del escritor y muchas veces sólo se reconoce en lo que lee, si el escritor es su amigo o conocido. El colmo fue una amiga mía quien creyó reconocerse en un pasaje de la cuarta página de mi libro. Y no avanzó más de allí, tiró mi libro contra la pared y corrió enseguida al teléfono para llamarme (una llamada interestelar, desde el otro lado del océano) y preguntarme si ese paseo por "El Calvario" era el de ella.

- Si y no - le dije- ¿o es que crees que eres la única a la que se le ocurre subir las escaleras de "El Calvario"? Sigue leyendo, mijita, para que veas que no eres tú.

Entonces pensé que puede que se me avecine una pesadilla cuando cualquiera de mis amigos "se reconozca" en esas páginas o, peor, me pretenda reconocer a mí misma. O en vista de que no se reconoce en ningún personaje, se sienta excluido y por tanto me odie o me deje de hablar.

(Pero no es para tanto porque nadie me lee y mi libro se está muriendo de moho en unas cajas, muy lejos de mí)

A mí me gusta la idea del texto como tejido, que no es nada que se me haya ocurrido a mí, sino que viene de la misma etimología de la palabra. Y lo que me gusta de tejer es mezclar diversos tipos de hilos. Mezclar verdades y mentiras. Muchas verdades que no tienen nada que ver la una con la otra, hacen una gran mentira. Sea ese mi lema.

En honor a la ficción, todo surge de lo que nos rodea, pero toma rumbos nuevos. Se desprende de nuestra matriz, como un hijo, y nos abandona.

Yo tengo la teoría de que estamos en un proceso de involución de los postulados postmodernos. La posmodernidad dijo, Manu Chao de fondo, que "todo es mentira en este mundo". Tras ese "desencanto", reapareció con mucho más fuerza la "manía de realidad", de verdad –verdadera (ya saben: reality shows, blogs, facebook, autoficción, autonovela) que se me ocurre caracteriza a la época en que vivimos. Hoy en día la gente prefiere leer autobiografías. Las leen buscando encontrarles un dato falseado, así como leen ficción buscando la coincidencia con la vida real y verdadera del autor.

Es esa manía que los teóricos de la posmodernidad creían derrotada, la que gobierna el gusto literario general, no sólo del que lee, sino del que escribe. Al ansia de verdad de la era afterpostmodernidad, algunos escritores han respondido con la llamada autonovela, que no es más que la mezcla de autobiografía y ficción. Así ha sido definida, como si uno pudiera en verdad estar seguro de la diferencia entre hechos verídicos y hechos ficticios. Ni siquiera el autor dentro de sí puede saberlo, porque la memoria recuerda lo que quiere y como quiere. Para mí, autoficción, autobiografía, novela o autonovela son distintas aristas de un solo y único concepto: ficción.

Todo sigue siendo mentira en este mundo. Pero Saer, ya saben, dice que por el simple hecho de existir, todo relato es verdad. Hay una verdad textual, ¿intradiegética?, que sigue su propio ritmo, respira su aire y poco le importa lo que está fuera de ella.

Por esa manía de destronar lo narrado, de creerlo real-verdad-verdadera, los gringos andan diciendo que Roberto Bolaño era heroinómano porque leyeron un cuento en el que Arturo Belano (su doble) estaba desintoxicándose de heroína. Y como ese, miles de exabruptos. ¿Dirán de Piglia que es un fracasado porque su doble (Emilio Renzi) es un periodista y escritor de media monta, asiduo a "Los 36 billares" y a toda mujer loca como la Coca o Lucía Joyce? Bueno, ya dicen que es misógino porque en sus novelas hay muy pocas mujeres, y , eso sí, muy locas o muy borrachas las pocas que aparecen en sus líneas.

Dicen algunos críticos que "la autonovela es una salida a la crisis de la novela" , pero yo no estoy de acuerdo. Primero que nada porque ya basta de hablar de la crisis de la novela. La novela está en crisis desde hace mil años y no se termina de morir nunca. Y segundo porque la autoficción no es un recurso novedoso para evitar su extinción, porque existe desde tiempos inmemorables, cuando un anónimo – como ha dicho un estudioso mucho más culto que yo- contó sus peripecias en el Lazarillo de Tormes o cuando, se me ocurre, los cronistas de indias inventaron el género de viajes, reseñando el paisaje alucinante del nuevo mundo.

Lo que si es verdad es que hay una moda autoreferencial que comenzó con la metaficción: la mayoría de las novelas de una época hablaban de su propia construcción; ahora cuentan la vida (exagerada y retocada) de un personaje que lleva el mismo nombre del autor (o un alterego identificable con el autor). En muchas hay un personaje-escritor narrándose a sí mismo y a su texto, contando sus lecturas, hablando de sus otros libros.

Lo más fácil del mundo es narrarse uno mismo. La autonarración. El onanismo: esto soy yo, esto lo que leo, esto lo que he vivido. De allí la proliferación de blogs en la red. Pero, ¿un bloguero podrá en verdad enfrentarse al hecho de escribir una novela? –me pregunto y me respondo: claro que sí, en caso de que se decida por el último grito de la moda: la autonovela.

Y como la gran mayoría de las novelas andan en esa onda, no es raro entonces que el lector en general sienta que lo que lee es verdad.

Yo temo que algún día algunos hombres me persigan con un cepillo cilíndrico para que les haga "el favorcito", luego de leer uno de mis cuentos. (un chiste para mí misma, un autochiste)

lunes, enero 19, 2009

¿Una CNN bienintencionada?


Mi hija me dijo que estos días eran muy buenos, muy divertidos. Justo estos días en que el mundo se viene abajo y que hemos estado encerrados en casa tratando de que no nos caigan sus astillas (las del mundo, digo) . Primero me dio un cierto escalofrío, luego me sentí como una versión femenina de Roberto Bellini en "La vida es bella", pero con menos tragedia, claro. O, bueno, con mucha tragedia, pero del lado de allá.

Los padres terminamos manipulando la realidad a nuestra conveniencia, pienso ahora con igual escalofrío. Puede que seamos otra institución de control y vigilancia, otro invento mediático, otro estado dictatorial manoseando imágenes y situaciones, no sé. Una CNN bienintencionada mostrando sólo la nariz rosada del monstruo. En mi caso fue sumamente simple: jugar mucho, no poco parque, comer más chucherías que de costumbre. Mientras los ojos son pequeños, se puede tapar el sol con un dedo. Y a mi qué me importa adoptar los métodos de un estado claustrofóbico, con tal de que mis niños no se enfrenten al resto del monstruo.
Así como yo escamoteo realidades, pero con no tan buenas intenciones, cada quien y cada cual nos muestra sólo lo que le conviene. Aquí, allá. En guerras, en dictaduras. Lo que más me hastía de ese juego es el querer señalar la paja en el ojo ajeno. Ese insistir en que el otro es el que manipula imágenes o miente. Cuenta la sabiduría popular que cuando un hombre le reclama a una mujer porque le esta poniendo los cuernos, es él quien en realidad lo hace. Así, infieles son todos los que nos pretenden señalar que la versión del contrario es incorrecta.

Por otro lado, Saer arremete con "por el sólo hecho de existir, todo cuento es verídico" y yo le creo. La realidad está llena de relatos contrapuestos pero verídicos, y eso es lo que la complica.

Se me ocurre que en la post-postmodernidad, es decir, ahora, a la gente le ha entrado una manía de realidad, de una verdad verdadera que se traduce en una reproducción infrenable de reality shows, blogs en los que un yo se muestra "sin tapujos", guerras televisadas, novelas autobiográficas y autoficciones. De allí esa manía de defender versiones como si fuesen banderas.

Yo también defiendo la versión que inventé para mis hijos. "Son días difíciles- les dije- porque este país no entiende al país vecino, pero pronto pasarán". A mi hijo ni le interesó este argumento, ocupado en chupar una enorme chupeta. Mi hija me dijo: "ojalá pase pronto esta peleadera" y siguió jugando.
P.S. Le cambié el título a este post porque me harté de que me llegara gente que buscando otra cosa que no tiene nada que ver ...

jueves, enero 08, 2009

¿Desvío 4?



Me encontré por casualidad con esta crítica a los desvíos "innecesarios" en un blog semiabandonado de crítica a la narrativa venezolana contemporánea llamado "A. Perdomo C.A.". Digo "semiabandonado" porque les lleva siglos escribir un post, cosa que en el mundo bloguero es imperdonable, a mi juicio. Y yo, evitando meterme en páginas de periódicos llenas de las malas noticias que están ocurriendo más allá de mi ventana, me puse a revisar bitácoras llenas de telaraña.

Desviándome, como siempre.

He aquí lo que dicen:

"¿Cómo lograr que los desvíos sean, en verdad, necesarios, que la obra los exija y que estén allí porque de no estarlo pondrían en peligro la firmeza de la estructura narrativa y podrían dar lugar, en el peor de los casos, a que lo que la novela ha logrado, levantado y sostenido se derrumbe ante el primer viento contrario? Es una pregunta que se han hecho grandes novelistas. En las novelas de Dostoievski, Flaubert, Camus o Conrad; en las de Onetti, García Márquez, Guimaraes Rosa, Vargas Llosa o Bolaño; en las mejores, para no ir muy lejos, de Carlos Noguera, José Balza o Ana Teresa Torres, en poéticas de la novela tan disímiles, los desvíos dejan de ser tales. Las tangenciales devienen arterias básicas para el tránsito o la circulación del relato, para el desarrollo limpio, orgánico y eficaz de la trama principal. Las historias menores pierden su carácter de historias menores y en algún punto se confunden con la historia mayor, se convierten en un mismo cuerpo, que ya no sólo funciona a golpe de corazón y cerebro, que tiene conciencia de que los pulmones, el hígado, el páncreas o los riñones son igualmente importantes para que el cuerpo viva y no se apague a ratos, en días invernales o páginas de sobra, lo que nos mueve y emociona y nos permite existir."

No sé que entienden por desvíos necesarios. Creo que ningún desvío es absolutamente necesario y que una novela no obligatoriamente debe ser un artefacto en el que todo cuadre perfectamente, un relojito bellamente armado, una maquinaria perfecta. Creo en cierta anarquía que gobierna las páginas de novelas como "2666" o "Los detectives salvajes", de Bolaño, a quien me resulta difícil asociar con "un desarrollo limpio, orgánico y eficaz de la trama" y no por eso deja de encantarme. No me imagino a Onetti queriendo escribiendo desvíos necesarios. O por lo menos pensando en cómo hacerlos necesarios.

Los desvíos, a mi juicio, son un devenir inevitable de una historia que crece hacia todos lados. Una historia metastásica. ¿Necesarios o innecesarios? ¿Qué importa? Lo importante es el placer de contar historias, o como diría mi querido Piglia: la pasión pura del relato. Creo.

Bueno, pero yo no he leído la novela a la que se refieren los señores de ese blog, y probablemente lo que quisieron decir es que en ese caso se trata de "relleno" más que de desvíos.

Ojo: no confundir relleno con desvío.

martes, enero 06, 2009

Prohibidas las conglomeraciones II


III

Siempre me creí una outsider, marginal hasta la médula. Siempre me vanaglorié de ello. Puedo vivir -me dije- sin los otros. Puedo llevar la contraria a todo, rehuir a la norma, encerrarme en mi torre hasta nuevo aviso. Pero ya saben: baste que una voz por encima nuestro prohíba salir o reunirse con los demás, para que uno quiera ser nombrado presidente de la junta vecinal y organizador de la fiesta de carnaval.
En los últimos días, tal vez una semana, mi vida ha transcurrido entre las paredes de mi casa, lavando platos o preparándolos, corriendo en dos ocasiones al refugio tras escuchar la sirena, inventado juegos con mis niños. Las noticias nos llegan de refilón, las marcas en el cielo que dejan los aviones que van o vienen de Gaza, las explosiones de allá o de acá, el hermano de alguna amiga que está en "el frente", la sirena, etcétera. Llevamos nuestro encierro dignamente: comemos más que de costumbre, inventamos más que de costumbre, jugamos. En líneas generales estamos bien en esta reclusión, pero hoy me di cuenta que de outsider no tengo tanto, que me hace falta hablar tonterías con otros, incluso desconocidos, que las conglomeraciones son necesarias para vivir. Hoy fuimos a jugar con otros niños en un refugio público, de esos que hay por todas partes en este kibbutz y que yo pensaba que nunca tendría necesidad de visitar. Qué gusto estar con otros, qué maravilla escuchar a las otras madres hablando tonterías. Mis hijos no paraban de correr, no sabían ya con qué jugar, qué comer, qué gritar. Y yo en medio de todas las madres en una conversación a gritos y a ecos, fragmentada y entrecruzada, llena de cosas tontas y cosas graves por igual. Como corolario, en otro refugio se presentaba un grupo de músicos que andan por la zona animando a la gente y que, para mi mayor alegría, cantaba esas canciones que me gustan y sobre todo ésa, la de Arik Einsten.
Ya sé, soy tontísima, caigo en el pan y circo con una facilidad pasmosa, pero que alegría cantar con todas esas madres, esos viejos, esos niños, esos perros (porque hasta eso había) las canciones de utopía que me gustan (y otras) Aunque se trate de una falsa alegría y aunque un refugio sea lo que nos congregue.

viernes, enero 02, 2009

Prohibidas las conglomeraciones

I

Con todo lo que pasa, y porque no me gusta hablar de política ni guerras en mi blog, me iba a abrir otro destinado a tal fin. Le tenía un nombre "Prohibidas las conglomeraciones", que fue lo que más me chocó de las instrucciones recibidas por lo que vendría a ser la "Guardia Nacional" de este lado del mundo. Pero en qué tiempo puedo ponerme a escribir casi nada si me la paso disimulando la "depre" ante mis niños, inventándoles algo que hacer en este encierro, viendo las noticias muy de vez en cuando, cuando ellos no miran. Escucho la radio mientras cocino, pero de la radio es fácil desconectarse e irse (desviarse) por los recovecos de la mente con el zumbido de las voces como música de fondo, ronroneo mal sintonizado. A veces pongo las noticias mientras lavo los platos, pero me pierdo entre los geranios de mi ventana, viendo la soledad de la calle y la belleza del campo que nos rodea. Cipreses a lo lejos, cultivos, cielo gris y rosado, luz blanca de invierno. Increíble el infierno a 10 kilómetros de esta soledad. Cuando regreso, la radio emite los pronósticos del tiempo, se esperan días muy fríos y yo nuevamente me perdí las noticias.

De todos modos las noticias se pueden leer en las explosiones lejanas. De ésas, difícil abstraerse, se cuelan por las rendijas de las ventanas y estremecen los cristales. Si alguno de mis hijos las percibe, a veces están en sus juegos y nos las oyen, pero cuando las perciben digo "parece que va a llover, preparen los paraguas".

Hoy en la mañana, otra vez lavando platos frente a mi ventana, escuché a un locutor en la radio hablar de una biografía de Arik Einstein que acaban de publicar. Arik Einstein, dijo el locutor, un cantante legendario que representa ese Israel que perdimos, ese país lleno de buenos hombres, con no menos buenas intenciones, que querían construir una nación, ese Israel de nuestros padres, hoy tan lejano. Dijo más, pero esto es lo que recuerdo, entonces puso una canción que desde que la escuché por primera vez me ha llenado de una oscura tristeza.

"Tu y yo cambiaremos el mundo/
tu y yo y después vendrán todos los demás/
Ya han dicho eso antes que yo/
no importa, tu y yo cambiaremos el mundo/
Tú y yo comenzaremos desde el principio/
Nos será difícil pero que importa, no es grave/
Ya han dicho esto antes que yo/
no importa, tú y yo cambiaremos el mundo"


Arik Einstein

II

Todos los miércoles solía llevar a mi hija a la clase de ballet en un pueblo cercano. Digo "solía" porque con el asunto de que uno no se puede conglomerar, congregar, juntar con otros, este miércoles no fuimos, no hubo clases. Llevaba yo a mi hija a la clase de ballet, decía, en mi carrito viejo y sin licencia para conducir. Atravesábamos los campos por una carretera que sube y baja colinas y lechos secos de ríos. Todo olía a repollo, a lechuga, a campos sembrados, a la sección de vegetales de los supermercados, a mercado lleno de perejil y cilantro. Mi hijo iba viendo trenes fantasmas y mi hija contaba todo tipo de historias que yo escuchaba a medias porque el carro suena como un helicóptero y porque siempre llevo sintonizado en la radio un programa que estoy segura que nadie de mi edad en este país oye: uno de canciones de los 50 o 60. Las canciones de esa época hablan de un país que se estaba haciendo con las uñas, con esfuerzo y guerras. También había guerras entonces, pero eran de otro tipo porque .... no sé que escribir... No escribo nada. Las canciones, decía, pensaba mientras subía y bajaba con mi carrito en medio de las voces de mis hijos, dejaban ver entre líneas una necesidad de tierra, de país, de nación, de algo que conglomerara a gente que andaba sin rumbo por el mundo, del timbo al tambo, perseguidos, atormentados, maltratados. Humillados y ofendidos, llegaron aquí y cantaron canciones de patria, de tierra, de manos agarradas en orgullosa congregación. A mí esas canciones me gustan porque me recuerdan al Israel que me simpatiza: ese que era un sueño de perseguidos y sobrevivientes del gas y los pogroms. Y cuando atravieso esa carretera en medio de un urgente olor a cilantro o a repollo, me siento en esos años en que se armaron los kibutz, ese sueño socialista. En esos días en que llegaban los barcos llenos de manos para sembrar. Los años de la escasez y del bloqueo, que Amos Oz cuenta con lujo de detalles en algunos de sus libros, cuando la gente comía pan con ajo, mucho ajo para que les quedara en la boca la sensación de haber comido carne.

A veces pienso que Israel fue un país que duró 20 o 30 años y que este espacio en el que vivimos ahora es un limbo signado por la necedad. Un reino de necios. Una máquina de producir odios. Ese Israel que armó esa gente duró tan poco, por eso esas canciones y ese paisaje me afligen profundamente.

No sé de qué fecha es la canción de Arik Einstein, debe ser de los últimos años en que ese sueño existió.

Tu y yo cambiaremos el mundo y luego vendrán los demás, dice. Hoy, sin embargo, están prohibidas las conglomeraciones.

martes, diciembre 23, 2008

Navidad




Aquí no hay navidad.

Y a mí la navidad no es que me haya gustado mucho, más allá de la hallaca y el aguinaldo (no el musical, sino ese que se refleja en cifras en la cuenta del banco, hecho que me ocurrió escasas pero extremadamente recordadas veces) Sin embargo, desde que vivo en este lado del mundo celebro la navidad porque aquí es cosa de grupúsculos, sub - mundos, sectas, extranjeros, marginales, muchas veces ilegales. Y yo, que no puedo con mi genio a la hora de llevar contrarias, me dedico en estos días a colgar guirnaldas en un arbolito plástico que compré en la estación de autobuses (templo de la “otredad”) Ese arbolito es casi un acto político. Cada vez que sus luces brillan, es como si voces desde la ventana me señalaran por diferente.

(Esto, por supuesto, es un tontería mía, que si soy diferente es por el acentazo con el que hablo y no por un arbolito de plástico. A parte de que la industria navideña es tan fuerte y está tan bien armada que no es de extrañar que empiecen a poner arbolitos algún día por estos pagos)

Pero el problema de todo acto de rebelión son los niños. Si mi arbolito era en un principio símbolo de resistencia cultural, ahora es nuevamente un arbolito de navidad frente al cual dos niños gritan y aplauden contentísimos.

Y cómo explicarle a mis niños que apesar de que Jesús nació aquí mismito, en una ciudad llamada Belén, somos los únicos de nuestra zona que ponemos un arbolito para celebrar su nacimiento. Mi niña, más sabia que yo, ni siquiera me pregunta. No le interesa. Sus ojos se llenan de luz sólo ante el árbol y los futuros regalos y me dice:

- Mamá, a mi no me gusta Moisés – ese que iba en una cesta también, pero por un río. Yo prefiero a Jesús.

- ¿Por qué?

- Por los regalos.

El sentido práctico de los niños.

El año pasado, cuando por primera vez le eché el cuento del niño Jesús, me dijo:

- Ahora yo te voy a echar el cuento de Jesús y Don Quijote.

Y me contó una historia alucinada que mezclaba el cuento recién escuchado y escenas de un Don Quijote para bebés.

La sabiduría de los niños.

Recuerdo que entonces pensé que algo hay en esa mezcla. Digo, la de Don Quijote con Jesús. La misma bondad. ¿La misma locura? Yo creo en un jesús quijotesco.

Ahora que mi arbolito es sólo un arbolito de navidad, ahora que mis niños brincan y aplauden a su alrededor, ahora que estoy loca por abrir los regalos y porque ellos abran sus regalos, creo que por fin entiendo un poquito de lo que se supone que es la navidad.

¡Feliz navidad!

jueves, diciembre 18, 2008

Desvío 3



Me gustaría hacer una teoría del desvío literario que comenzara así:

Un desvío siempre es perverso.

Porque a fin de cuentas un desvío es un rehuirle a la norma. A la vía principal. A la regla genética. A la gramática reproductiva.

Tendría que aclarar primero a qué tipo de desvíos me refiero. Se me ocurre que hay un desvío semántico. Otro sexual. Otro sintáctico. Otro anecdótico. Otro genético.

Probablemente existan sólo dos grandes tipos de desvíos, siguiendo a la escuela clásica: el desvío de la forma y el del contenido. Y dentro de estos dos, miles de posibilidades.

Es mi abuela tratando de poner un ejemplo didáctico, para que nos quede clara la posibilidad de la traición, del desvío amoroso. Pero también es Laila cambiándole la vida a la familia libanesa que la traducía, descarriando el destino propio y ajeno. Soy yo misma, olvidando mi supuesta teoría y fajándome a escribir una anécdota familiar que ya creía olvidada. Somos yo y mis primas desperdiciando la moraleja.

Tal vez existan mejores formas de llamar a las divagaciones, pero me gusta la palabra desvío porque tiene en el fondo algo de insurrección. Me recuerda a la palabra portuguesa "viado", tan desviada.

Un descarrío, un perder el camino, un perderse. Desviado el honor. Perdida la honra., pero ¿según quién?

Siento un gusto retorcido por mirar como el que narra pierde el norte. Me gusta perderme yo misma también. Comenzar a contar algo que no viene al caso y no poder parar.

También me gusta la versión inglesa de la palabra: detour. El anti tour. Un paseo que nos lleva por carreteras olvidadas, caminos secundarios, sin paradas prefijadas ni ilusión de simetría.

Vila-Matas, rey de los viados, es decir, amante de bifurcaciones y descarrilamientos, cuenta en "El mal de Montano" una película llamada "Detour" y muestra dos posibilidades de desvíos. Una: dejarse llevar por el cuento de la película. Otra: la propia película, un film noir estadounidense de bajo presupuesto en el que una tal Ann Savagge hace de femfatal fatalísima. Un músico de Nueva York va a Los Angeles a encontrarse con su novia -cantante que se ha ido a probar suerte en el cine-, pero va de autostop y con en el primer carro que lo lleva comienza su desgracia o su desvío.

La película es de culto y pueden ver el inicio al principio de este post o verla completa aquí.


No recuerdo como se dice desvío en la lengua que me rodea, será por eso que siempre me pierdo cuando manejo.

jueves, diciembre 11, 2008

El chicle de Marla Singer o "Cosmética del enemigo" de Amelie Nothomb.



Amelie Nothomb se parece físicamente a ese personaje de la película "El club de la pelea", esa chica llamada Marla Singer. Y "Cosmética del enemigo" tiene algo de esa película: el tema del desdoblamiento de la personalidad, de ese enemigo interno que se hace cuerpo e interpela (y enloquece) a los protagonistas. Pero como la película (y en todo caso, el libro de Chuck Palahniuk) es anterior a "Cosmética..." entonces uno se queda como pensando en si Amelié vio la película y tomó la idea o fue casualidad. De todos modos, eso no sería mal de morir, todo ha sido ya contado, diría Borges. La falla de la novela va por otra parte: a mi juicio esta cortísima novela es un cuento estirado, cosa que se ve tanto en la narrativa de los últimos tiempos, al menos en la que me ha tocado leer. Eso de estirar la anécdota como un chicle hasta alcanzar el mínimo de páginas necesarias para una novela corta. El producto de ese estiramiento es un chicle mascado y fofo, sin sabor ni contextura. Pero bueno, no voy a exagerar, que la novela de Marla, que digo Amelie, no es tan fofa y sí tiene lo suyo en las primeras páginas. Una novela muy corta que se lee en una sentada porque además tiene la agilidad que le proporciona el hecho de estar escrita en diálogos. Sigue un esquema tradicional de personajes enfrentados (que según cuentan es el esquema favorito de la autora) Así nos presenta a dos tipos contrapuestos que coinciden en un aeropuerto. El vuelo se retraza y uno se empeña en contarle su vida al otro, a como dé lugar. Dos personajes que se contraponen y que terminan siendo uno solo, como si Sancho Panza fuese el amigo imaginario de Don Quijote, o viceversa. Los diálogos son buenos, aunque en algunos casos tienden a ser demasiado explicativos. No sé, me imagino que a falta de narración, se le hizo necesario explicar y negó al lector la posibilidad de completar los vacíos de información. Ese es el gran problema: no exigir más del lector. Creo que una novela de diálogos debe exigir al lector la tarea de rellenar la escena, la anécdota, no sé. Unas 15 páginas antes de terminar, los diálogos se dedican a repetir y explicar lo que ya el lector armó en su cabeza, es decir, no eran necesarias. Le restan agilidad, perversidad a la historia. Y la explicación final está totalmente fuera de lugar, demás, no hacía falta. Si la novela hubiese terminado unas 15 ó 20 páginas antes, hubiese sido un muy buen cuento, pero nadie le dijo esto a Amelie, o si se lo dijeron ni le importó. Me la imagino irreverente, parada como Marla, estirando un chicle que ya sabe a nicotina, enrollándoselo en los dedos o en la punta de la lengua, mirándome con cara de "y a mi qué, pendeja" y con ojos de "quién eres tu pa criticar, anda, mejor despiértate a las 4 de la mañana a escribir todos los día" o con boca de "a quien le importa", con hombros de "total".

Mientras yo paso siglos colgando la ropa en las cuerdas, descolgándola cuando está seca, doblándola y poniéndola en su lugar; la fastfood de la Nothomb saca un libro cada septiembre.

miércoles, diciembre 10, 2008

Desvío 2


Lo que diferencia a un cuento de una novela son sus desvíos.

O un desvío es un cuento dentro de una novela. Un cuento que funciona solo, como esos que están al final de "La tarea del testigo" de Rubi Guerra, pero que en el entramado que los contiene adquieren mayores resonancias. O las historias contadas por la madre del narrador en "Historia de amor y oscuridad" de Amos Oz. O ese cuento, para seguir con Oz, del gorila en "No digas noche". Un hombre quiere hacer una clínica de desintoxicación en honor a su hijo muerto de una sobredosis, habla con una de sus profesoras y en medio de la conversación – que gira esencialmente alrededor del tema que les atañe- echa el cuento de un bebé gorila que encontraron mientras vivían en algún lugar de África. El pequeño gorila es criado como un hijo y como tal se comporta hasta que llega a la pubertad (que en los gorilas llega más rápido que en los seres humanos) Entonces se enamora de la madre y entra en conflicto con el hijo de la pareja y con el padre. Celos, asedio sexual, depresiones. El cuento es espectacular, dura unas cuantas hojas y termina en la frase: "Pero no sé por qué le cuento todo esto" dicha por el padre avergonzado. El cuento no es una reproducción en pequeño de lo que pasa en la novela, como suele suceder, que Oz no es así de predecible, aunque si uno se pone a buscar las 5 patas al gato, algo encuentra. Es un cuento en apariencia gratuito. Me encanta esa gratuidad aparente, un cuento que nos atrapa pero que no tiene nada que ver con lo que estamos leyendo a primera vista. Es como si el narrador también se preguntara: ¿por qué cuento todo esto? Como si estuviese poseído por un ansia de contar que le hace salirse del cause y regodearse en las ramificaciones. Un desvío es una muestra de cómo la historia se apodera del que la escribe y lo hace irse por ramificaciones inesperadas. Me gustan los desvíos que en apariencia son gratuitos, son una muestra de la locura e imperfección de las novelas.

Pero, ojo: un desvío no es un turning point. No son esos desvíos de las autopistas rizomáticas y grises de por estos lados, esas de asfalto nuevecito y miles de carriles. Yo con más de dos carriles no puedo, mucho menos con anuncios que brillan de tan nuevos, por eso evito meter mi carrito en esas arañas, pero es tan inútil como evitar el oxígeno, así que un día me encontré a mi misma sufriendo en el pavimento de una araña urbana. "Arañas" las llamo porque en este idioma antiquísimo autopista y araña suenan casi igual y porque me las imagino como las arañas metálicas e industriosas de The Matrix o porque me viene a la cabeza el distribuidor "La araña", allá en la lejana Caracas. Lo cierto es que tenía que correr más de lo que mi pobre carro puede, más incluso de lo que está marcado en el velocímetro, que aunque hay velocidad regulada, mi carrito no llega a los 120 sin desintegrarse. Estaba mareada por tantos carriles, tantos carros. Así fue como erré mi desvío y sólo me quedó la posibilidad siguiente. Entonces entré en una zona de miles de edificios idénticos, calles en círculo, pocos transeúntes. Un laberinto del que salí cuando ya no tenía sentido alcanzar mi destino. Me regresé sin nunca haber llegado.

En un desvío hay retornos.

miércoles, noviembre 26, 2008

Desvío 1


Lo que más me gusta de una novela son sus desvíos.

Me recuerdan a mi abuela queriendo dar lecciones de moral o de vida a través de algún cuento largísimo y divertido que al final nadie recordaba de dónde había venido ni por qué. Si un novio de alguna de las primas iba a llevar a casa a una amiga, la abuela desempolvaba el cuento de Laila. Laila era una especie de femfatal que acababa de llegar del Líbano y se había mudado en un apartamentico de la populosa Av. Urdaneta caraqueña de los 60, en un edificio cundido de extranjeros: libaneses, judíos, italianos y mis abuelos que eran de la provincia, otra forma de ser extranjeros. Laila no paraba de llorar y de rezongar en su idioma y otra libanesa con un español un poquito más avanzado, atravesado por mucho francés, la consolaba y la traducía a las otras señoras italianas, judías y a mi abuela, yaguaraparera (si es que se dice así) ¿Qué era lo que hacía llorar de esa forma desgarradora a la pobre Laila desde que llegó del Líbano? – se preguntaban las demás señoras entre curiosas y conmovidas. Por chisme o por compasión, las invitaban a tomar café y cada una con un cigarrillo en mano –también mi abuela- se sentaban a escuchar el menjurje linguístico: primero Laila en su idioma de jotas raspantes, luego la otra señora en un español rudimentario. Laila, oscura como la noche, había tenido que huir de un marido malvado que le pegaba y demás; un marido tan malo que no andaba en nada bueno allá en el Líbano y allí las señoras judías temblaban y recordaban la guerra de los seis días, aunque no sé si eso fue antes o después. Lo cierto es que en su carrera, Laila, tersa como una pantera bañada de lluvia, tuvo que dejar atrás a sus dos hijos. Por ellos lloraba desde que había pisado Caracas. Un familiar o un paisano le había prometido ayudarla a resolver desde aquí el problema, apelando a no sé qué procedimiento de derecho internacional, pero antes tenía que conseguir un piso económico, trabajar día y noche en el negocio, como esclava, para reunir no sé cuanta plata y no recuerdo para qué. Tal vez para los pasajes de los niños. Lo cierto es que la pobre Laila llegaba todas las noches a ese edificio de la Av. Urdaneta con el lomo partido de tanto trabajo y el alma quebrada de desconsuelo. Cada vez más flaca, con los labios cada vez más rojos de tanto mordérselos, los ojos cada vez más claros de tanto llanto, Laila subía las escaleras de aquel viejo edificio como un alma en pena y las señoras movidas por el chisme o la compasión, se la llevaban a tomar una sopita o un té, a que comiera algo, pobrecita, que no podía ser que estuviese extinguiéndose así, a fuerza de trabajo, tristeza y poca comida. La que más la consolaba era la otra libanesa, la que fungía de traductora. Otro que comenzó a traducirla y consolarla fue el esposo de la señora libanesa. En este punto debo confesar que no recuerdo si el señor era pariente lejano de Laila o algo por el estilo. Lo cierto es que un día, probablemente la madre desconsolada (la mamacita, porque era de una belleza abrumadora, según mi abuela) ya había reunido una cantidad de dinero suficiente como para tratar de solucionar la separación de sus hijos, se decidió un viaje de urgencia a Beirut. Laila iría acompañada por un hombre que la representara: el esposo de su traductora. Así fue como se largaron y más nunca se supo de ellos. No porque el marido malvado hubiese metido las manos en el asunto, sino porque el amor había nacido entre ellos luego de tantas traducciones y consuelos. La pobre señora libanesa se quedó con 5 hijos en el destartalado edificio de la Av. Urdaneta, llorando para adentro. Las vecinas, por chisme o compasión, la invitaban a tomar un cafecito, a jugar las cartas, a preparar la comida de navidad o de jánuka. El nombre de Laila nunca se mencionó en su presencia. El marido era como si nunca hubiese existido, como si ella hubiese llegado sola de Beirut. Laila era un nombre impronunciable también para mi abuela, como si todo los oscuro estuviese en ese nombre, toda la trampa y la perversión, la trastada y la puñalada trapera. ¿Sabría mi abuela que Laila en las lenguas semíticas quiere decir "noche"? No sé, lo cierto es que cuando mi abuela terminaba su cuento, todas estábamos viviendo en ese edificio de la Urdaneta, preguntando detalles de los demás inquilinos o de nuestras madres. Ya nadie se acordaba de dónde venía la cosa y probablemente el novio que se había ofrecido a llevar a su casa a la amiga, estaba disfrutando de la piel y el reverso de una Laila criolla. ¿Y qué? Si nosotras estábamos metidas en ese cuento, en esos nombres, en Beirut. Perdidas en ese desvío.

domingo, noviembre 16, 2008

Magnificat de Oz


Una mañana de felicidad naranja: me levanto
a las cuatro y media y a las cinco después del café
me siento a la mesa y casi al instante salen
dos líneas perfectas, salen del bolígrafo hacia la hoja
como un gatito elástico que surge tambaleándose de
la espesura, salen y ahora existen como si no se hubiesen
escrito, como si hubieran sido siempre, no mías sino
de sí mismas. La luz de las montañas del este
alarga los brazos sin vergüenza alguna, toca
lugares ocultos y provoca jadeos en todo,
pájaros, copas de árboles, avispas
estamos tan contentos que dejamos el escritorio
y antes de las seis salimos a trabajar al jardín, el narrador
ficticio, los protagonistas de esta confesión
el autor implícito, el escritor madrugador y yo
.


Amos Oz: "El mismo mar"

viernes, octubre 31, 2008

Escritoras


Una noche brillante de rascacielos y lluvia, corría yo a tomar el tren que me devuelve a mi suburbio campestre. El penúltimo tren, la penúltima oportunidad de abandonar esa ciudad de mediterráneo y cafés con nombres de personajes famosos. Corría pues, aunque más que correr lo que hacía era deslizarme en el brillo de los pozos y el asfalto. Entonces es mejor escribir que me deslizaba entre la gente, cuando de pronto apareció una chica de impermeable rojo frente a mí y con cara húmeda e increíble me dijo:

- Soy escritora.

Me paré en seco. Casi me caigo, pero la chica me agarró de un brazo con una mano, mientras que con la otra pegó unos papeles mojados y borroneados a la punta de mi nariz.

- Esto es lo que escribo- dijo

Apenas reconocí algunas letras en ese amasijo, mientras ella comenzaba una cantaleta, que pronto iba a publicar pero que ahora no tenía dinero para comprar el billete del tren, que esos papeles algún día tendrían gran valor, que yo los podría vender, que ahora ella me los vendía por sólo una moneda de 10.

Su aliento y su olor hacían una trenza muy fuerte. Sudor, nicotina, una botella de vodka o algo así, que entretejidos se volvían un sólo olor grosero y hostil. Mi primer instinto fue decirle que no y sacármela de encima, pero me sonó ese tilín que a veces me suena a destiempo, siempre descolocado. Ella se llamaba a sí misma escritora, un adjetivo que a mí me queda grande, que yo no me atrevo a colocar junto a mis demás adjetivos así tenga varias hojas escritas. Ella dijo "escritora" en otro idioma ("soferet") y la palabra brillo mucho más que la lluvia y los espejeados rascacielos. Traducida a mi idioma, la palabra creció por encima de todas las cosas, incluso de sus escritos que pegados a mis ojos me impedían verle bien la cara.

Tal parece que uno levanta una piedra y salen 10 escritores. Todos con la valentía de llamarse a sí mismos escritores. Algunos se publican en ediciones de autores, otros ganan premios, no muchos venden sus escritos a las puertas de cualquier estación de trenes, no pocos escriben blogs. Escritores que se llaman a sí mismos escritores, algunos sin haber escrito nada. ¿Será que la literatura es una enfermedad, que el que se pone a leer termina escribiendo un blog, armando una "peña literaria", vendiendo poemas, o cuando menos agarrando la pose y el adjetivo? ¿Será que yo también debo llamarme a mí misma escritora a pesar de sentir que la palabra es más grande que los rascacielos de aquella noche? ¿Será que en el fondo pienso que para llamarse escritor hay que estar legitimizado por algo o alguien fuera de nosotros mismos?

El tilín me dijo que me equivocaba, que yo también era escritora, pero una escritora de pacotilla que ni se atreve a llamarse a sí misma escritora, ni vive de lo que escribe. En cambio, esa chica estaba apoderada de su rol ("soferet") y sacaba un billete de tren con sus escritos.

- Yo también soy escritora – le dije.

Y ella me soltó como pensando "de esta no voy a sacar nada". Retrocedió, junto a su olor.

Me acordé de esos cuentos en que alguien se consigue con su doble viviendo la vida que él podría haber tenido. Cortázar o "Dimensión desconocida", no sé. Probablemente ella pensó lo mismo cuando me vio sobria y queriendo llegar a mi casa a tiempo. Por eso me soltó asqueada y se quedó en silencio.

Le saqué los papeles de la mano, le entregué una moneda de 10 y me fui corriendo – deslizándome - a esperar el último tren.

miércoles, octubre 29, 2008

Heme aquí!

Soy anónima!

Es decir que este blog es anónimo, pero a veces me pongo a pensar que para qué, si no es que sea yo una estrella queriendo pasar desapercibida, una escritora de renombre que escribe tonterías en un blog, pero no quiere ser reconocida. Es decir, que si digo mi nombre o no lo digo, a quién le va importar! No es que alguien me vaya a reconocer! No es que nadie vaya a decir: !ay, qué horror!

Creo que soy anónima por tímida.

Tímida, pero pretenciosa y pantallera, heme aquí en el video que mandé a la presentación de mi libro, haciendo pucheros por no haber ido!


miércoles, octubre 22, 2008

Édita


Señoras y señores acabo de abandonar el renglón de escritora inédita y me he instalado en el de édita, cómodamente –ni se imaginan, qué lujo-, codeándome con todos los éditos míticos, porque ahora yo también tengo un libro y estamos en el mismo gremio (que si este tiene más, que si yo tengo uno sólo, eso a quien le importa, una autora édita es édita no importa si con medio libro o con miles)

Tan édita, que ni yo misma lo creo y voy de la risa al llanto sin pausas ni preámbulos.

Sobre todo al llanto porque no voy a estar presente en la presentación (paradójica redundancia) Si una pitonisa hubiese leído en la palma de mi mano que me iban a publicar un libro y que yo no asistiría a la presentación, no le hubiese creído ni media palabra. Bueno, lo de publicar un libro tal vez ... pero lo de no estar en la presentación... ¿a quién se le ocurre? ¿en qué cabeza cabe? ... Ya no estuve en la premiación, ahora no estoy en la presentación. "Los jardines de Salomón" anda dando tumbo por allí, solo como un niño abandonado. Quien no me conoce creerá que es por misteriosa, por dármela de Thomas Pynchon, que no aparezco en ningún acto público que tenga que ver con mi libro, pero no. Qué más quisiera yo, con toda la pantallería acumulada que se me está venciendo por falta de uso, que ir a un acto lleno de gente, vestida de ninfa o de femfatal, quizá teñirme el pelo de rojo como la Gorodischer o poner pose de diva o tocarme el diente roto con la punta de la lengua, sacarle brillo al piercing de la nariz, eso sí, hablar de mí misma y de lo que escribo, firmar autógrafos, posar para las fotos, emborracharme sonoramente e irme esa misma noche a buscar a "El dolar" por todas las calles y callecitas del puerto cumanés. Qué más quisiera yo que estar allí, aunque por vergüenza no haga ninguna de esas cosas! Ay, escribir para mí es un acto solitario, tan solitario que ni siquiera estoy cuando finalmente se hacen públicos mis cuentos....

Pero me río: qué honor que mis historias traspasen el monitor, se vayan más allá de mis dedos con vida propia. Que mi nombre esté impreso en una portada. Que esté édita. Qué honor. Qué placer.

jueves, octubre 09, 2008

¿Ya no más verde?


Este blog fue verde desde sus inicios, vaya usted a saber por qué, lo que es a mi el verde no me gusta. Debe ser porque yo estaba más verde en eso del blogueo y no es que ahora esté madura pero me dio por el nuevo look y por perder el tiempo buscando una cabecera gratuita en la red.

¿Qué tal me veo en blanco?

¿Qué tal las chupetas?

¿Prefieren que siga verde?

Ojalá alguno de mis cuatro lectores me oriente!

miércoles, octubre 08, 2008

El ansia de escribir historias o "Tumba de jaguares" de Angélica Gorodischer


Angélica Gorodischer es terrible. Terrible por lo buena, certera, maestra de maestras, única y tremenda. Ya sé que no es serio comenzar este supuesto informe de lectura desde el fanatismo absoluto, pero qué le voy a hacer.

Apenas comencé a leer "Tumba de jaguares" pensé que mi fanatismo había llegado a su fin, que la memorable Gorodischer de "Trafalgar" se había descompuesto, le habían pegado los años o la fama, había parado en loca y ahora publicaba algún cuaderno de notas, esas anotaciones sin concierto, ese desastre de lo fragmentario y lo divagado, ese fluir de conciencia que algunas veces me suena a facilón, a que no hay nada en el tintero para decir, a falta de oficio, a flojera. Qué memorable equivocación, que la maestra es MAESTRA, así, con todas las letras en mayúscula, ahora y siempre. Si una, de escritora novata, se esmera en que las primeras líneas o páginas sean las mejores, esta señora se da el lujo de empezar así no más, con ese borrador! Pero, por supuesto, todo encaja en su "artefacto" y se va poniendo cada vez mejor.

Qué envidia de quienes la han visto de cerca, con su pelo rojísimo como la sangre de los jaguares .... pero ese es otro tema.

"Tumba de jaguares" es una novela de escritores, lo que ya se ha convertido en todo un género (o subgénero) de tan repetido y tan de moda, pero ya sabemos (yo y quienes la adoran) lo que la Gorodischer es capaz de hacer con los géneros. "Tumba de jaguares" es también una novela sobre la imposibilidad de escribir, otro tema muy contemporáneo –con su máximo exponente en español, Vila-Matas- pero ya sabemos, quienes la adoramos, que ella no repite ni defrauda.

Tres novelas cortas conforman esta novela, tres narradores que se escriben los unos a los otros, Celina a Bruno, Bruno a Evelynne, Evelynne a Celina, un círculo, ese octágono casi circular que está en medio de la casa emblemática que se repite en las tres novelas y que es escenario importante en todas. No es la típica estructura de muñecas rusas, ni las cajas chinas porque como bien lo dice el primer narrador, Bruno:

"... alguien seguro va a hablar de cajas chinas y si hay algo que me revienta es eso de las cajas chinas, pobreza del lenguaje, pereza del entendimiento y por otra parte quién sabe lo que son las cajas chinas, quién ha visto cajas chinas, hágame el favor"

Tan tremenda la Gorodischer, por eso me encanta. Creo que este párrafo y la casa con centro octogonal es clave para comprender la estructura de esta novela de escritores que se escriben los unos a los otros, pero explicarlo sería toda una tesis ....

La novela muestra desde diversas aristas la imposibilidad de escribir:

1.- No poder escribir desde o por la tragedia personal. ¿Qué hacer? ¿Disfrazar lo que sentimos? ¿escribir sobre cosas o países que nos son ajenos, lejanos? ¿regodearnos en nuestro propio dolor?

2.- No poder escribir desde o por lo cotidiano, la vida o la muerte. El día a día que nos oprime, la enfermedad que nos inmoviliza, la cotidianidad que nos aleja de la mesa, de las páginas, de los personajes que se han quedado suspendidos, aunque en los intersticios del tiempo escuchemos sus voces que nos llaman.

Nunca está la imposibilidad de escribir por sequedad o agotamiento. Hay, eso sí, un "ansia de contar historias" que es obstaculizada en algunos casos, pero que cuando renace o se desborda, permite que los personajes narradores redescubran la felicidad. Porque es un ansia feliz.

Creo que la novela da vueltas al rededor del ansia de escribir historias, más que en la imposibilidad de escribirlas. Esa pulsión que no abandona a los personajes ni aún en medio de selvas, desaparecidos, cuentas por pagar, enfermedades y muertes.

jueves, octubre 02, 2008

En Roma sin mapas ni coliseos




Si todos los caminos conducen a Roma, no son necesarios los mapas. Así fue que con unas cuantas indicaciones telefónicas de mi señor marido - mi GPS espiritual- me metí en el Leonardo Express, vía Termini sin ningún mapa y casi nada de plata. Ajá, ¿pero de dónde viene todo esto? ¿cómo es que en plena peladera aparecimos en Roma? Muy simple: el avión de regreso de la patria hacía una escala de doce horas en la capital de la bota mediterránea y a pesar de que al menor de mis retoños le dio un fiebrón inesperado en pleno vuelo, me dije a mi misma que quien sabe cuando volveré a Roma, que un buen antipirético y siestica en el coche calman todo estado febril, que me hiciera estampar ese sello en el pasaporte y saliera. Sólo me faltaba preguntarle a mi niña si estaba dispuesta a caminar a pesar del estrago del huso horario y la mala dormida en una silla de avión. "Sí", me dijo con los ojos brillantes de alegría bajo su corona de Burguer King, al mismo tiempo que brincaba para que viera las luces de sus zapatos invencibles: "Con estos puedo caminar todo el día y toda la noche" No me quedaba la menor duda, así que nos largamos pues, apenas nos sellaron los pasaportes, siguiendo las flechas que llevaban al tren. Y precisamente el tren –y una dosis doble de remedio de frambuesa- hicieron que mi niño se animara: "tren, tren, tren" –gritaba desesperado mientras esperábamos que se abriera la puerta del vagón. Yo, que sueño con escribir un manual de cómo viajar con niños y hacerme millonaria, el único consejo que puedo dar a quienes vayan a Roma con cochecito de bebé es que se metan en el vagón para bicicletas. Eso, por supuesto, lo descubrí luego de tratar inútilmente de subir a mi niño por la escalera empinada y angosta de un vagón cualquiera. Luego de atascar el flujo normal de pasajeros durante algunos minutos, un hombre se condolió de la madrecita latinoamericana que viajaba sola con dos niños y me ayudo a subir el coche. El metro fue otra cadena de piedades y caridad ajena. "Siñora" me gritaban de todas partes y salían manos dispuestas a subir el cochecito, mientras yo agarraba de una mano a mi niña felicísima por la cantidad de escaleras mecánicas que nos tocaron bajar y subir. Nos bajamos en Barberini y otra vez miles de escaleras. Una vieja mendiga me quedó mirando con cara de "qué –bolas-tiene-esta-tipa" y sin siquiera osar pedirme plata, me preguntó: "¿il bambino camina?" o algo por el estilo. Sí, contesté. A lo que ella replicó: "Entonces sácalo del coche, mijita!!"- o algo por el estilo que seguramente no terminaba en "mijita". Con coche a cuestas y niño de la mano de la niña, emergimos a plena calle. Si todos los caminos conducen a Roma, todas las calles llevan a la Fontana di Trevi. Apenas ver el agua verde esmeralda, las estatuas tan blancas que quemaban los ojos, el bochinche de turistas, mi niño comenzó a gritar "agua, agua, agua" y a querer quitarse la ropa. Mijito, que esto no es una piscina. Casi tuve que llamar a un carabinero para que lo detuviese en su terquedad. Y no sé cómo logre convencerlo de que lo único que íbamos a hacer en aquella fuente era lanzar una monedita y pedir un deseo. Según algunos turistas hay un deseo estipulado: volver. Pero si la moneda es mía, yo pido lo que me da la gana. Mi niña pidió un deseo en voz alta, yo lo pedí en voz baja. El deseo de mi niño era bañarse y tuve que frenarlo en el aire: se iba a lanzar con moneda y todo!



Después del helado de vainilla y un breve descanso en uno de esos escalones, seguimos. "Caminas unas cuadritas más – me había dicho mi amado GPS – y llegas al foro romano". Así que le echamos bola por calles y callejones, los niños con sendas chupetas, hasta que llegamos al foro. Yo estaba tan cansada y tan impresionada que no sabía que carajo era lo que estaba viendo. Se me venían a la mente nombres como Partenón, ágora, acrópolis, cualquier cosa menos foro. Hasta allí nos llegó la fuerza y cómo ya llevaba yo más de 24 horas sin dormir y no me veía a mi misma subiendo el coche por esa escalinata infinita (tampoco veía mucha caridad en los ojos de los turistas alemanes), nos quedamos sentados en uno de los primeros escalones, viendo toda esa maravilla desde abajo.




De regreso un viento súbito le arrancó la corona de Burguer King a mi niña: la vi rodar en medio del tráfico romano mientras mi hija lloraba a los gritos. "La corona, la corona, la corona" – gritaba, o tal vez sea más exacto decir que berreaba- y yo estaba ya a punto de rodar entre carros y autobuses para rescatarla, pero la verdad es que hubiese sido un acto suicida. "No llores más – le dije – después de todo el foro romano no es un mal lugar para perder una corona". Por supuesto que no me entendió y redobló la fuerza de su llanto. Pero siempre hay un templo de la comida chatarra a mano para salvar a una madre desesperada, así que no más alzar la vista vi el castillo del rey de la hamburguesa y sentí mucha más alegría de la que sentí al ver el foro, la fuente y todos los caminos de Roma. Dios existe, definitivamente: allí había una pirámide de coronas de cartón, idénticas a la que había perdido mi niña y ni siquiera había que comprar algo para poder recibir una. No obstante, compre unas papas fritas.



A dos cuadras de todo eso estaba el coliseo, pero eso sólo lo supe cuando ya no estaba allí.

miércoles, julio 30, 2008

Un mar de dudas


Aquella noche, mi hija me pidió que le leyera "El ratoncito que dudaba y dudaba", más que por la historia, por los dibujos: ¡los hizo su tía!. Para ella es mágico eso de tener una tía que ilustra cuentos y muchas veces ha querido seguir su ejemplo. Así, armadas con hojas, creyones, grapadoras, hacemos cuentos. Yo sólo hago el trabajo pesado (grapar, grapar, grapar/ transcribir, transcribir, transcribir) Ella se encarga del arte y el dictado, pero esa es otra historia. Lo cierto es que aquella noche le leí ese cuento porque a ella le gustan los dibujos. Apenas lo cerré me puse a pensar si miniña sabría qué quería decir la palabra "dudar". Me imagino que todas las niñas de su edad conocen el significado de esa palabra, pero como ella es bilingüe, hay ciertas palabras que tiene incorporadas en una lengua y no en la otra.

- Dudar es cuando una persona no sabe lo que hacer – le dije.
- Yo sé, mamá – me dijo, no sin antes verme con cara de "te-volviste-loca"
- ¿Tu dudas? – le pregunté - ¿Has dudado alguna vez?
- No – me dijo, certera- Nunca dudo.
- ¿De verdad nunca dudas? – le pregunté con cara de "ay-dios-mío-estoy-criando-una-serial-killer" – Yo, sí dudo – agregué, dudando del dudoso ejemplo que pudiera darle- A veces, no sé qué hacer o qué ropa ponerme o qué comer o qué escribir o ...
- ......

No me contestó, pero por su mirada pensé que era mejor pasar a otro punto. O mejor no abordar ningún otro tema a esas alturas de la noche y a dormir. Así cerró los ojos y me abrazó, pero un segundo antes de dormirse me dijo con tono de reproche:

- Mamá, tu dudas.
- Sí hija, pero sólo a veces- le contesté aterrada.

En ese instante todas las dudas me cayeron encima como cuchillos afilados. ¿Una madre que duda y duda será una buena madre? ¿En su sueño estaré como ese ratón que no sabía si ir a la izquierda o la derecha o seguir derechito?

La primera madre que no dude, que lance la primera piedra (digo para consolarme)

La verdad es que yo nací bajo el signo de la duda (alguien dijo esto primero que yo, pero no recuerdo quién) Nunca sé lo que decir, todo lo que hoy me parece bueno, al instante lo creo terrible de una forma casi esquizofrénica. Pero en tres o cuatro momentos de mi vida he hecho las cosas con una firmeza que yo misma no lo puedo creer.

Y si en algo nunca he tenido dudas es en el amor infinito a mis hijos, a las luces de sus ojos.

Lo que si me convierte nuevamente en un mar de dudas es en mi capacidad de serles un buen ejemplo, yo que le hablo de dudas a mi niña ....

domingo, julio 20, 2008

¿Cómo me gustaría escribir?




¿Cómo me gustaría escribir?

Como un viejo griego que invoca a los muertos
y envenena a los vivos. O escribir
como un hombre de las nieves que anda solo y descalzo.
Anotar la montaña señalar el mar con una aguja fina,
como haciendo el dibujo de un bordado.
Escribir como un mercader ruso que está de camino
hacia China: encontró una cabaña. La dibujó.
Por la tarde observó por la noche anotó
al amanecer terminó se levantó pagó y se puso en camino
por la mañana temprano.

Amos Oz, "El mismo mar"

lunes, julio 07, 2008

Las viejitas de Tel aviv pueden guardar manuscritos de Kafka

Tel – aviv está llena de viejitas, chupaditas, translúcidas, con ese aire de Mia Farrow delgadísima y con unos cien años a cuestas. Yo siempre me imagino que una de esas viejitas, cuyas manos tambalean al recibir el vuelto de alguna compra, tuvo una vida mucho más excitante que esta que lleva ahora, llena de pastillas y televisión a toda hora. Alguna pudo ser una bailarina, asesina, actriz, meretriz o cualquier cosa más digna que ese caminar con bastones o de la mano de una enfermera filipina. Por eso no puedo dejar de verlas y adivinarles historias en el pergamino de sus cuerpos, en las joyas antiquísimas, en la cartera puesta como un escudo sobre el pecho melancólico. Algunas notan que las veo y me muestran sus dientes sintéticos, agradeciendo mi curiosidad. Despertar curiosidad a esas altura las gratifica, les llena los ojos de una alegría infantil y la boca se abre en una sonrisa de dientes artificiales. Otras fruncen el seño, bajan la mirada o me regalan una ojeada odiosa, como diciéndome que estoy perdida, que no valgo nada, que no tengo modales ni cultura, que debo ser marica o drogona, que me vaya a que me parta un rayo, que respete. No sé detrás de cual viejita va la gran historia, si detrás de las que se ofenden o de las que se alegran. Probablemente detrás de ninguna, porque las viejitas con historias no andan deambulando libremente por allí, sino enfermas o en asilos perdidos. Es posible incluso que ninguna tenga ninguna historia, que la memoria se les haya formateado tras el alzeimer o los años, que se sientan como quien nace de pronto en otra vida y en un cuerpo viejo. Puede que ellas sean un misterio para sí mismas y dediquen sus larguísimas tardes a una actividad de autoinvestigación y descubrimiento. Puede que ya no recuerden nada o que realmente no tengan nada que recordar, pero me gusta pensar que hay algo debajo de esos vestidos de seda y esa dignidad de vieja. Las viejitas de Tel – aviv parecen las más llamadas a tener historias enrevesadas porque casi ninguna nació en esta ciudad o en este país, casi todas vinieron en barcos, huyendo de guerras. Muchas dejaron atrás idiomas y recuerdos. Casi todas hablan con acento y tienen anillos en las manos que datan de eras prehistóricas. Algunas trajeron cofres llenos de cosas que no encontrarían en el Levante: no sólo libros, telas, recuerdos, sino también papeles y manuscritos.
Una de esas viejitas murió hace un año y tal vez yo me la crucé en mis caminatas por la calle Dizengoff o por lo menos eso me gusta pensar. Aunque no sé si ella podía caminar por la Dizengoff a los 100 años... Probablemente estaba encerrada en un mínimo y húmedo apartamento luchando con sus recuerdos una guerra a brazo partido. La guerra por la recuperación de la memoria que deben tener algunas viejitas. Toda una vida tratando de olvidar amores, traumas, pesadillas. Toda una muerte tratando de recordar cualquier cosa. Esa viejita checa probablemente se preguntaba por esa cantidad de papeles mohosos que estaban guardados en el lugar más oscuro de su armario. Eran importantes, eso sí, porque los había guardado casi toda la vida. En esa lucha, en ese encierro en la propia memoria devastada, fue recordando, mientras los vecinos se quejaban del estado de abandono del apartamento, el mal olor que emanaba por debajo de la puerta, la poca disposición para el correcto evacuado de la basura. En esa memoria llena de olores, la viejita supo que fue amante y secretaria de Max Brod, el amigo de Kafka y que esos papeles que guardaba eran del escritor –del mismísimo Franz Kafka- y valían tanto que hacía 20 años había vendido algunos para poder sobrevivir a la ruina, la soledad, el abandono. Probablemente no hablaba a nadie de esos papeles y explicó la repentina fortuna que obtuvo tras la subasta como producto de una lotería o herencia. ¿Qué hizo con esos 2 millones de dólares esa viejita con aspecto de pensionada? ¿Las hijas conocían el origen de aquellos papeles antes de su muerte? ¿Qué dicen esos papeles? ¿Los escondió porque quería esconderlos o porque los olvidó? Yo creo que los olvidó, así como olvidó a Max Brod. De pronto tuvo conciencia de sí misma como una vieja abandonada en un apartamento claustrofóbico sin un antes ni un después. Una viejita eterna, translúcida, chupadita, que pierde la batalla campal a favor de la memoria cada tarde, antes del té y después de las noticias.