lunes, junio 14, 2010

Schwarze Puppe y Superdemokráticos







Por esas maravillas que ocurren en la red, voy a participar durante estos próximos cuatro meses en un proyecto espectacular: Los superdemokráticos. Junto a otros autores latinoamericanos y alemanes, escribiré sobre historia, ciudadanía, cuerpo y globalización. Aquí la lista de autores, con un mapa tan afable que tiene a Israel en pleno Caribe, una isla frente a la costa venezolana. !Qué belleza! El proyecto es bilingüe, así que además de leer a mis compañeros de idioma, tendré la oportunidad de conocer a esos escritores alemanes que de otra manera no podría haber leído! (El Google Translate, se sabe, está cobrando vida propia, y en lugar de traducir, combina infinitamente las palabras para crear historias, como la mítica máquina pigliana) Y seré leída en alemán! Dios mío! El periódico Freitag publicó un especial con textos de varios de los participantes, también el mío. Pueden verlo aquí. Sueno de lo mejor en alemán! A ver qué tal en español:

Muñeca negra

Antes de entrar a la primera clase de mi curso de español, veo a mis alumnos desde lejos. No me ven, no me reconocen. Hablan de sus viajes a Latinoamérica, sus mochilas, sus diccionarios, de las palabras que aprendieron en los bares, los barrancos, las quincallas. Yo los veo desde lejos y sé que esperan que la maestra sea una mezcla de Jennifer López con Penélope Cruz, con frutas de Carmen Miranda y plumas de La Tongolele. Pero entro yo: latinoamericana apagada, casi blanca con boca y nariz de negra, pero caderas y curvas enfundadas en un sobrio apátrida. La clase no irá de la siesta a la fiesta, todo lo contrario: les haré exámenes orales, escritos, de selección múltiple – digo frunciendo las cejas, queriendo borrar todo lugar común de lo latinoamericano. Al rato llego a mi casa cansada. Llevar la máscara de la neutralidad pesa. Me tiro en la cama y me pongo mil cobijas. Ante la mirada asombrada de mi marido, digo: "Es que ya no soy venezolana". A lo que él me responde: "pero mijita, si pareces una vendedora de souvenirs para turistas, mírate en un espejo". Prefiero no mirarme porque pienso que encontraré una cara desdibujada, unos cabellos que ya no son tan crespos por lo seco de este clima, una piel cada vez más clara por tanto invierno, unos zarcillos sumamente israelíes.
Miro mi casa y descubro que la neutralidad también se va apoderando de ella. Mi marido señala en un estante sus revistas de rock argentino, sus maracas brasileras, sus flautas de todos los países. Pero yo me empeño en ver los muebles que sacamos de paquetes del grosor de una caja para pizza, diseñados por un frío sueco y elaborados por un explotado chino. Entonces él me señala el poema de Rafael Cadenas pegado en la pared como un símbolo patrio y pronuncia la palabra nefasta: "hibridez". No es neutralidad, es hibridez. Y abrimos la despensa de la cocina para regodearnos en nuestra hibridez culinaria. Y en el cuarto de los niños, entre todos los monstruos, las Bratz y las hidras, encontramos una muñeca de trapo negra como la noche más negra de cualquier costa del Caribe bañada de selva. Una muñeca que yo compré en una carretera venezolana a orillas del mar. Un lugar en el que la gente desconoce el término "políticamente correcto" y las muñecas son negras porque sí. Porque hay a quienes les gustan las muñecas rosadas y hay quienes las prefieren negras. Recuerdo que un día mi hija sacó a pasear a esa muñeca. La llevaba en un bolsillo de su pequeño morral y una señora que estaba detrás de nosotros se quedó mirándola como quien ve un monigote para hacer vudú. Los ojos desorbitados, casi se persigna. Entonces pensé: esa muñeca que mi hija besa a cada rato y quiere sacar a pasear, para los otros es un bicho horrible, un choque cultural, un susto. Esa muñeca que mi hija adora, que piensa que fue mía de niña, que yo compré porque me recordó mi infancia, esa muñeca a los otros les remite a una tiniebla. Una muñeca igual a la que mi mamá me compró hace mil años, probablemente recordando su infancia también. Por el teléfono mi madre me aclara que en Venezuela ya las niñas no quieren ni ver a esas muñecas.
Soy un limbo, un entresijo, una contrariedad: una muñeca negra me recuerda un país en el que ya las niñas no quiere ver muñecas negras. Y mis hijos están creciendo con una muñeca negra que asusta a los de aquí y espanta a los de allá. Soy como esa muñeca negra, sólo comprendida por la identidad doméstica.
A la segunda clase de español no llevaré ni frutas ni plumas, que no sabría dónde ponérmelas, pero sí un tecnomerengue de Rita Indiana para que nos sean más leves las diferencias entre el ser y el estar.

domingo, mayo 09, 2010

Un testimonio llenándose de olvido (y una voyeurista que no puede salvarlo)


Apenas subí a la camionetica, me topé con la viejita y su libro. No recuerdo qué libro era, sólo recuerdo que era italiano. La miré y me reí, cómplice. Ver un idioma latino entre tanto trazo semítico es como encontrarse con un primo o un familiar cercano. La viejita se rió, amable, desde la profundidad de unos ojos amarillos rodeados de arrugas bondadosas. Me senté detrás de ella. Vi su pelo gris, su libro abierto, su pañuelo de algo que se me ocurría seda. Me sentí a gusto.

Subiendo el monte de Zion, un olor a quemado inundó la camionetica. Deben ser los frenos, pensé yo, aunque no había motivo para frenar en una subida. De todos modos, no me preocupe. El olor me trajo gratas memorias: las camioneticas de mi patria; un autobús de los años 50 bajando por Tazón antes de aterrizar en Caracas; un "carrito por puesto" en las curvas de Mochima. Pero a la viejita italiana ese olor no le trajo ningún grato recuerdo y muy nerviosa le dijo al conductor en perfecto hebreo que olía a quemado. El conductor dio una explicación mecánica que no hubiese yo podido entender aún si él la hubiese dado en español. Está todo bien –pensé- y seguí con mis recuerdos.

Otra pasajera, de falda larga y cabeza cubierta, le dijo a la viejita que su voz le era conocida. ¿No es usted la maestra tal? La viejita asintió y comenzaron a recordar viejos tiempos en un internado para señoritas. La viejita había sido maestra, pero no me quedaba claro de qué. ¿Tal vez historia? o ¿literatura? La señora había sido su alumna y con voz brillante de alegría recordaba nombres y anécdotas. En un momento la viejita dijo que había publicado un libro. La señora quiso comprarlo, pero la viejita dijo que no se conseguía en ninguna parte, que había sido una auto-edición, que sólo se conseguía en una pequeñísima librería que era de una vieja amiga. ¿De qué trata el libro? – quiso saber la señora. Es mi testimonio sobre el holocausto- dijo la viejita y a mí me entró un escalofrío. Recordé su risa bondadosa, su libro italiano, el imaginario parentesco que nos unía. Ella había estado allí de niña, antes de llegar a Israel – dijo- y lo había contado en esas páginas. También había contado cómo había podido seguir viviendo con "eso". Increíblemente, había tenido que publicarlo sola. Ahora el libro estaba perdido en una mínima librería del sur de Israel que es como decir la nada. Un testimonio llenándose de olvido.

Cuando llegamos a Jerusalén, cuando nos bajamos de la camionetica, le miré los ojos amarillos nuevamente. Sonreí y ella me contestó con su sonrisa. Quise hablarle, pero no me atreví. Soy una voyeurista en esta lengua.

viernes, abril 23, 2010

De las profesiones y los lugares del escritor


La fortuna o el azar hizo que me fuera dado el privilegio de participar en una mesa redonda sobre blogs y literatura. Mi compañero de conversación era el taxista-escritor que lleva el exitoso blog "Ni libre ni ocupado". Un taxista poeta que descubre historias en su carro, en las calles de Madrid, en las conversaciones de sus pasajeros pero también en sus silencios, en los objetos que olvidan en el asiento trasero, en la ecuación que une el punto de partida con el punto de llegada del recorrido del taxi. Después de escucharlo, no me quedó ninguna duda de que la mejor profesión para un escritor es la de taxista.

O la de cartero: una señora del público dijo que ese era su trabajo y comentó todas las historias que se podían inventar en cada carta llevada o en cada postal leída.

O la de bibliotecaria: la bella chica de la biblioteca comentó todos los cuentos que imagina tras escuchar a los usuarios y sus extrañas selecciones de libros.

Un escritor, además de leer muchísimo, debería dedicarse a profesiones como esas: bibliotecarios, carteros, taxistas. Lugares privilegiados para la observación detallada y descarada de los otros. Lugares donde las historias nacen.

Kafka era oficinista.

Tuve un tío/abuelo telegrafista que escribió dos novelas que no he leído.

Un escritor desempleado o empleado en alguna profesión nefasta de esas que pisotean la creatividad, debe buscar la manera de estar en esos lugares donde las historias nacen. Yo, por mi parte, trato de estar mucho tiempo en la peluquería o en los autobuses. En los ministerios y en las estaciones de tren. En las plazas y en los baños públicos. Pero también pasó largos ratos ojeando las intimidades ciberespaciales que se desparraman en la red en forma de fotos, blogs, avatares, comentarios. Navego por ese enjambre de voces ajenas y anónimas. Tejo historias con la nada, lo inasible, lo inalámbrico.

viernes, abril 09, 2010

De la lengua húmeda a la lengua florida



Mi vida en este idioma sigue dos movimientos:

Uno en el que no hago más que simular que hablo en un nivel aceptable. Un constante poner caras, repetir lo que los otros acaban de decir, dejar frases a medio terminar. Un hablar con puntos suspensivos.

El otro movimiento va en caída libre: un "vente tú" y un "sálvese quien pueda".

En el primer movimiento soy una pésima actriz que no ha aprendido el libreto, pero simula y disimula como la que más. Con mi máscara hebrea, me pavoneo, me río, me hago la loca, contesto aunque no entienda la pregunta. ¿Acaso en nuestra lengua materna contestamos exactamente lo que se nos pregunta? Nunca me quedo callada porque el silencio en otra lengua es señal de ignorancia. En esta instancia me esmero con la pronunciación, las muletillas, los gestos de la lengua máscara. Hablo, ya lo dije, con puntos suspensivos que los demás completan con palabras ultra elevadas, frases célebres, citas de la biblia. Entonces queda como que era yo la que quería decir eso, como que fueron los otros los que no me dejaron terminar, pero mira tú, ¡qué bien sintonizados que estamos!!

En la caída libre me valgo de cualquier palabra en cualquier idioma para tratar de traducir un chiste intraducible porque tengo ganas de reírme a la venezolana y no consigo con quién. Por lo general el interlocutor queda con ojos de huevos fritos, se rasca la cabeza y decide retirarme el saludo de una vez y para siempre, no traer nunca más a sus hijos a que jueguen con los míos, pedir que me deporten, que me lleven de los pelos, loca que no hace más que embarrar la lengua nacional. Entonces pido disculpas por no tener un hebreo húmedo, cuando la verdad es que quise decir un hebreo florido. Dos adjetivos que me suenan casi igual.

En el primer movimiento, en cambio, soy una intelectual con mucho acento, como esos profesores de barba y cadencia rusa que el populacho suele asociar con Einsteins resurrectos. Barba y acento ruso son sinónimos de sabiduría. Pelo ondulado y acento venezolano no tanto, pero bueno ... supongamos que... En mi primer movimiento digo que leer y escribir me cuestan sólo porque estoy acostumbrada a leer y escribir rapidísimo en español y no tengo paciencia.

En el segundo movimiento, asumo que la poca risa que causan mis chistes se deben a la falta de humor local, a lo chato del pensamiento, a un pesado pasado y a un futuro incierto. No al acento, no a la mala pronunciación, no a la intraducibilidad de los chistes, no a la falta de palabras.

En el primero movimiento, suelo hablar de cosas de las que no tenía ganas de hablar, pero sí tenía las palabras. Entonces todos me miran, levantan las cejas y asienten.

En el segundo movimiento, suelo hablar de lo que quiero y de vez en cuando consigo una mirada benevolente o una sonrisa a moco tendido. Soy más feliz en este punto: ¿Acaso en nuestra lengua materna todos nos miran y asienten o no son sólo unos pocos los que nos abrazan con su risa?

No me gusta ser la educada con acento, sino la peliloca disléxica, pero tengo que simular, disimular, secar mi lengua húmeda y hacerla pasar por florida.

miércoles, marzo 31, 2010

¿Hacerle frente a los miedos o irse corriendo a comprar helados?

En la punta de la montaña estaba la boca de la gruta. Le habían puesto una escalera de metal para que la gente bajara sin la posibilidad de caerse. Apenas mi niña vio ese hueco por el que todos estaban entrando, dijo con vocecita temblorosa: "no".

- Claro que sí -le dije- tenemos que entrar allí como todos los demás padres y los demás niños.

Luego, cambiando la voz, adoptando el tono solemne de las grandes enseñanzas, agregué.

- Hay que hacerle frente a los miedos.

Bajamos por la escalerita hasta la atmósfera fría de la gruta. Temblaba de miedo mi niña y de emoción mi niño. Yo, en medio, temblaba a los ritmos disparejos que me venían de ellos. En las paredes habían tallado espacios para colocar velas y una madre precavida las había traído, las había encendido. La gruta helada parecía temblar con el vaivén de las sombras que producían las llamas.

- Hay que hacerle frente a los miedos- me dije esta vez a mí misma, mientras mi niña decía que no con una vocecita que apenas se escuchaba y mi hijo decía que sí con toda la fuerza de sus pulmones. Un sí que repercutió en todas las paredes de piedra blanca.

Luego de un túnel estrecho y en el que había que caminar encorvado, había una especie de sala. Uno de los padres detuvo allí la excursión subterránea para explicar no sé qué cosa sobre historia o geología. La respiración de 10 niños con sus respectivos padres agotaba el aire.

- Aquí no cabemos – dije.

- Y pensar que aquí vivía gente hace mil años – dijo un padre al lado mío.

Y entonces nada más pensar en esa gente la nariz se me cerró. Era como si de pronto el aire frío se hubiese convertido en piedra irrespirable. Miré a mi marido y le dije bajito para que nadie escuchara – y también porque con la glotis a punto de sellarme la garganta, era poco lo que podía yo hablar- Vamonos de aquí.

Apenas di media vuelta, mi hija dijo "sí" con su vocecita y emprendió la retirada. Mi hijo dijo "no" con su vocezota y se negó a caminar. Separarse del grupo significaba quedarse a oscuras. Mi esposo trataba de iluminar el túnel estrecho con la luz de su teléfono celular. Las velas que habían puesto en la entrada casi se habían consumido. Mi hijo se negaba a avanzar, no se quería ir. El aire no me entraba por la nariz, como si fuese una masa espesa de frío y voces muy antiguas. Estaba a punto de ponerme a gritar en el espacio estrecho de ese túnel de piedra, oscuro como la ceguera definitiva, con un aire irrespirable, iluminado de vez en cuando por la débil luz azul de un teléfono celular. Y pensar que aquí vivía gente hace mil años – se repetía esa frase en mi recuerdo. Estaba a punto de ponerme a gritar, pero pensé en mis hijos. Hay que hacerle frente a los miedos – me dije- y me tragué el grito, aguanté la respiración, halé a mi hijo y caminé, caminé, caminé hasta la luz.

Soy claustrofóbica. No soporto los túneles, ni las cuevas, ni los toboganes cerrados.

Y tengo otra fobia que no sé cómo se llama: no soporto estar en un lugar donde la gente ha tenido que vivir de forma inhumana, escondida, agachada. No importa que eso haya pasado hace miles de siglos. Odio las catacumbas, las mazmorras, las ruinas, las casas destruidas o abandonadas, los castillos medievales. Se me cierran todas las vías respiratorias apenas pienso en la gente que sufrió en esos espacios y sólo me provoca gritar y gritar y gritar.

Cuando salimos de aquel infierno, evitando cualquier pregunta, queja, moraleja o gran enseñanza, dije:

- Vamos, vamos a comprarnos unas barquillas de chocolate - y nos fuimos corriendo a perseguir al carrito de los helados.

miércoles, febrero 24, 2010

Aversión a los disfraces en dos actos


La maestra dijo:

A tu niño no le gusta Purim.

(Purim es una fiesta en la que se celebra que hace mil años los judíos se disfrazaron para poder salvarse o para matar a alguien , ya no recuerdo. Probablemente un carnaval entendido de otro modo o viceversa)

La maestra continuó:

Los disfrazamos a todos de payasos y salimos a dar una vuelta por los alrededores de la guardería, pero él entró en pánico, se aferró a mi mano, no quería nada. Me parece que no le gustan los disfraces.

(En mi cabeza la imagen de mi hijo de 3 años con su traje de spiderman en la mitad de las fotos de los dos últimos años y yo con cara de asombro ante la revelación de la maestra)

La maestra se apoltronó en un discurso del tipo:

Los disfraces representan un cambio de la realidad conocida y hay niños que no están preparados para la flexibilidad, la máscara, lo diferente.

Yo dije:

Me asombra porque él ha estado vestido de spiderman todas las tardes ....

(Ante la exposición de los motivos psicológicos de la aversión a los disfraces y sus posibles consecuencias en el desarrollo del ser humano, mi argumento además de inútil era infantil)


2

- En esa casa viven abuelos – dijo mi hijo cuando pasamos frente a un ancianato cerca de su guardería.

- ¿Estuviste allí con los niños de la guardería?

- Sí.

- ¿El día que se disfrazaron de payasos?

- Sí.

- Ah!

- Si y un abuelo estaba llorando.

- ...

- ...

- ¿Los demás niños lo vieron?

- No.

- ¿Y las maestras?

- No.

- ¿Sólo tú?

- Sí.

jueves, febrero 18, 2010

La vida en 10 palabras

- ¿Puedes contarme tu vida en 10 palabras?

Contar la vida en 10 palabras: eso es lo que hace Daniel Mordzinski en cada una de sus fotos. Pero eso lo supe luego, en ese momento sólo pensé en cómo podría resumirle mi vida con tan poco. Mientras yo pensaba, él habló mucho. Habló incluso en hebreo. Uno de los hombres que colocaba las fotos de la exposición le preguntaba que quién era ese de apellido Halfon. Y él contaba en perfecto hebreo, explicaba la foto del escritor tirado en un campo de margaritas, mientras yo seguía buscando mis 10 palabras.

- No puedo- le dije finalmente.

Entonces pude verlo: en cada una de sus fotos Mordzinski cuenta la vida de sus personajes en esas 10 palabras que sólo pueden ser capturadas por su cámara. O tal vez fotografía ese momento leve y breve en el que cada quien descubre sus 10 palabras. Microrelatos hechos a fuerza de luz y colores, sombras y claros. Instantáneas con las 10 palabras de la vida de grandes escritores.

Las manos toscas de Miguel Delibes. Edgar Keret volando en los cielos de Tel –aviv. La mirada áspera de una Batia Gur en blanco y negro. Ernesto Sábato detrás de una ventana, hundidos sus ojos melancólicos en un mar de arrugas. Rosa Montero vista de muy cerquita, casi respirada. Wendi Guerra desnuda y con manzana. Bolaño entre las ramas. La sombra de Guillermo Cabrera Infante entre la lejanía y un gato.

Tal vez porque no pude emitir ni una sola palabra que fotografiara mi vida, él tomó su cámara y me puso mirando hacia arriba en un fondo rojo.

Así, de pronto, miró y armó mi historia, como arma cada historia que fotografía, porque Mordzinski fotografía historias. Las arma con lo que lo rodea en el momento, como un arrebato de inspiración, sin guiones. Las cosas que la casualidad pone a su alcance se prestan a lo que él quiere. Yo pude verlo mirando luces y fondos, trayendo unas manos, una cinta métrica, cualquier cosa. Contó mi vida en ese fondo rojo. Se respondió a sí mismo.

Yo también estaba allí de casualidad, como la cinta métrica, las luces, el rojo del fondo. Nadie vaya a creer que fui invitada especialmente a tal privilegio. Y mientras no tenga yo una copia de esas fotos, no sabré las 10 palabras con que Mordzinski contó mi historia.

martes, febrero 02, 2010

Místicas



Sacamos nuestros libros al mismo tiempo. El de ella era un librito pequeño y manoseado con tapa de cuero y letras cabalísticas. El mío estaba manoseado también porque era un libro de la biblioteca de Alejandría, esa mítica biblioteca.... El de ella le cabía en la palma de la mano. El mío era grande y blanco y con letras latinas. El de ella tenía páginas delgadas como alas de libélulas, el mío tenía páginas de un blanco imponente. Podría seguir páginas y páginas con eso de "el de ella ..., el mío ...." . Así de diferentes eran los libros que leíamos, sentadas hombro contra hombro en el asiento del autobús que nos conducía a la ciudad sagrada. No obstante, el fervor era el mismo. Ella leía sus oraciones, sus mandatos celestiales, la voluntad de su dios. Iba de falda larga, cabeza cubierta, cuello abotonado. Yo leía a Marcelo Cohen con su "Oído absoluto", su peripecia y su poesía. Iba yo también extremadamente cubierta, pero por el frío. El fervor era el mismo y recuerdo que pensé si yo sería capaz de abrazar una religión que me impusiera a ciertas horas abandonarlo todo y sumergirme en santas escrituras o cubrir mi cabello. Cubriría mi cabello gustosa – me contesté- que después de todo es tan indomable y de un teñido insoportable. Me abandonaría a santas escrituras – continué – sólo si me llevan al éxtasis que me provoca Marcelo Cohen con sus metáforas imposibles y sus territorios caprichosos. Sí – casi lo dije en voz alta: Mi religión sería la literatura.

Ella leía. Yo leía. Ella con sus preceptos divinos. Yo con mi universo fantástico.

Felices. Extasiadas. Místicas.

Cuando terminó de leer, ella besó el manoseado librito y lo guardó en su bolso.

En ese momento, uno de los personajes de Marcelo Cohen hablaba de la música en un párrafo exquisito. ¿Por qué no? – Me dije - y también besé mi libro. Extasiada.

jueves, enero 28, 2010

Historia universal de la ceguera

La optometrista dijo:

- Es el inevitable transcurrir del tiempo: primero el pelo se llena de canas, luego viene la vista, los dientes y hasta el oído- Señaló en el oído del marido, parado como un autómata frente a la caja registradora, un discreto aparatico color carne para mejorar la audición.

A mi me ardían los ojos por el esfuerzo de ver letras y números microscópicos a través de un lente que los alejaba irrebatiblemente de mi entendimiento.

- Es un ... ocho.... no ... un tres. Había tratado de adivinarlos todos. Era eso, adivinarlos más que leerlos en aquel cubículo oscuro en el que la optometrista se empeñaba en hacerme ver mi ceguera.

Con lo poco que me quedaba de vista vi el aparatico en la oreja del marido, sus ojos verde catarata, los dientes de su risa sarcástica. El tiempo, mijita – me hubiese dicho si hablara español- no perdona. Pero no dijo nada, fue sólo un reírse como quien da una burlona bienvenida.

Con lo poco que me quedaba de vista me vi un pelo resplandeciente en la cabeza. También pude ver cómo la optometrista marcaba en un formulario que yo tenía el mínimo requerido para aprobar el examen de vista.

- No veo nada – le dije.

- Nadie ve perfectamente – me replicó – y para eso están los lentes.

Lentes, tintes para el cabello, aparaticos para mejorar la audición, dentaduras plásticas.

Salí de la óptica con el examen temblando entre las manos. Esperaba que al menos me dieran la licencia para conducir. Esperaba poder conservar lo que me quedaba de vista. Los ojos me ardían como si navegaran en granos de arena.

Conservar lo que me queda de vista.

Y hacerme otro examen para saber qué tengo.

Comprarme unos lentes.

Los ojos me dolían como si hubiese llorado ríos. No leer hasta el próximo examen. No forzar lo que me queda. ¿Cómo no me había dado cuenta de mi ceguera? ¿Será porque los ciegos son ciegos hasta de sí mismos? Si una persona nace sin luz en los ojos, ¿cómo puede saber que el mundo es mucho más que sombras? Sólo porque los otros se lo dicen, que si nadie advierte al ciego de su ceguera la oscuridad sería el mundo y no su ausencia. Así la optometrista había aparecido en mi vida para señalarme que el mundo es mucho menos opaco, que las letras son más grandes, que los números son exactos, que un ocho es un ocho y un tres es un tres y que a la mierda la física cuántica.

No leer. No forzar lo que me queda de vista hasta que pueda comprarme unos lentes- me dije.

Desde la ventana de mi casa pude ver los sembradíos neblinosos, rodeados de cipreses empolvados y a lo lejos una carretera atravesada por carros y camiones que de seguro estaba mucho más cerca de lo que yo la veía.

- Dios mío – pensé - tal vez no vivo en medio de campos sembrados como yo creía sino a orillas de una carretera.

Me empeñé en escuchar a los carros que se veían a los lejos, pero sólo el silencio de los duraznos era lo que se percibía. No era de extrañar: primero la vista, luego el oído – había dicho la optometrista.

No, no: no debía yo esforzar la vista ni el oído. Más bien salir corriendo a teñirme el pelo.

Tal vez no era casual que me gustara tomar agua de un filtro que estaba en un instituto para ciegos en la universidad. No era casual que chocara con sus bastones y quisiera ayudarlos a llegar a sus destinos. Tampoco fue casual aquella célebre ceguera ...

Recordé "Autobiografía médica" de Damián Tabarovski, pero ni siquiera podía releerla porque no quería agotar la poca luz de mis ojos. Pasé siete días sin leer, con el escritorio atiborrado de cosas pendientes. O sólo leyendo en la computadora donde la letra se puede agrandar a dimensiones extremas. A 200% el texto se sale de la pantalla, pero la vista reposa- me convencí a mí misma.

También convencí a mi marido para que me acompañara al siguiente examen. Aferrada a su antebrazo llegué a la óptica, no quería caerme ni perderme en la neblina. Él era mi bastón, mi lazarillo y como tal me condujo a la silla eléctrica en la que otra optometrista más computarizada se dedico a hurgar en mi ceguera.

Me midió todos los lentes posibles y yo seguía viendo una nube blanca alrededor de un punto de luz. Me fue sacando lentes hasta que de pronto la realidad apareció diáfana y recién estrenada ante mis ojos.

- Veo – grité – veo muy bien así.

La optometrista apagó el aparataje, las luces, las computadoras, desenchufó todos los cables y me dijo:

- No tienes puestos ningunos lentes. Tienes tan poca cosa que no sé si valga la pena ponerte nada.

Salí de aquel cubículo como quien sale de la cueva de un brujo, un santero, un iluminado, un hacedor de milagros. El mundo se abríó ante mí con el brillo de lo recién descubierto, con el asombro del prodigio.

miércoles, enero 20, 2010

El bien escribir, según Roberto Raschella

Los consejos de Testuzza sobre el bien escribir

1.- Hazte de coraje y escribe.
2.- Escribe siempre con el lápiz.
3.- Si escribes, no hables de mí.
4.- Tu lengua será siempre tu enemiga.
5.- Los malos tiempos te enseñarán a escribir. 6.- Cuando escribas, no debe ser ni de noche ni de día.
7.- Cuando escribas, el tiempo no debe tener ni límite ni extensión.
8.- Cuando escribas, no te comas el corazón.
9.- Tampoco escribas concitado mucho tiempo porque se te quebrará la voz.
10.- Deja siempre un lugar para intersecar.
11.- Trata de expresar alguna esperanza, pero con pocas líneas.
12.- Despoja, despoja y te quedarán dos palabras, una en cada extremo.
13.- Tu buen gusto se verá en las mezclas.
14.- Siempre es otro el que escribe.
15.- No te vuelvas hacia atrás al componer.
16.- Nunca llores sobre tu propio libro.
17.- Haz la página limpia, y si vienes del abismo, asómate a él.
18.- Muerde un punto, un sólo punto de tu carne.
19.- No inclines demasiado la cabeza para escribir.
20.- Aún las uvas pueden ser pisadas limpiamente: interprétame.
21.- Escribe, y quema.
22.- Siempre estarás en crisis.
23.- Si eres poeta verdadero, perderás el tiempo con la gente.
24.- Estudia la tradición, y al recordar inventa.
25.- Debes hacer esto y no otra cosa.
26.- Si puedes, llévate la palabra al lecho, pero no la ames.
27.- Y de cada palabra, y de cada mal, surgirás más sereno.
28.- Alguien te comprenderá, pero el mundo no cambiará.
29.- Cuando termines de escribir, lee: si no te reconoces al leer, lo escrito es bueno.
30.- Expurga, expurga. No des a las prensas antes de expurgar.

Roberto Raschela, "Si hubiéramos vivido aquí"

jueves, diciembre 31, 2009

Pantaletas amarillas contra el mainstream



Días que se suceden y que nunca completan un año.

Ese es mi tiempo desde que vivo lejos de la civilización occidental.

De pronto me encuentro a mí misma sin hacer planes para el próximo año, ni promesas, ni "borrón y cuenta nueva". Por no decir: sin las uvas, la abuela llorando, "un año que viene y otro que se va", la cuenta regresiva, el encaramarse a cualquier silla, tirar monedas por la ventana, comer lentejas y todas esas tradiciones que en su momento me parecían ridículas y que ahora son tan lejanas, tan ajenas como si me hubiese metido en la máquina del tiempo y hubiese aparecido en otra era, otro planeta. Tradiciones de una civilización extinta. De pronto me encuentro sin año nuevo, viviendo un año viejo y larguísimo y ya sin siquiera añorar las pantaletas amarillas.

No me acostumbro a celebrar el fin de año en septiembre, como es la usanza entre la gente que me rodea. No celebro, digo "felizaño" por educación, no me emociona la manzana y la miel, ni el pescado con salsa picante de remolacha, ni las bolas de harina flotando en un caldo transparente. Más extranjera que nunca, como todo lo que me sirven sin poner mala cara, saludo sin sentirlo, recibo algunas tarjetas por educación, puedo incluso ir a alguna fiesta, pero no siento que acaba el año, no hago planes de ningún tipo, ni promesas, ni buenos o malos propósitos. No saco cuenta de lo pasado, no borro, sigo sumando en una operación de adición infinita y el 31 de diciembre me llega sin darme cuenta, sin revuelos, sin gente hablando de lo malo que fue y de lo peor que vendrá. Aquí casi nadie celebra, "no hay ambiente en las calles", y yo tampoco me siento en el mood del año nuevo. Tal vez alguna fiesta perdida, exagerada y remedadora de una tradición gringa, tan artificial como un halloween venezolano. Y yo prefiero quedarme en casa.

No hago una lista de deseos ni me propongo una dieta ni terminar la novela ni comenzar a estudiar algo ni nada. Tal como si se tratara de un día cualquiera a mediados de año. Un día igual a otros días que se suceden sin concierto.

Pero una voz, debajo del moho de mis recuerdos muertos, me dice que compre una botella de algo que parezca champaña, que vaya a una tienda de delicateses a comprar aunque sea un panetone, que vea en la televisión como celebran la llegada del año nuevo en Sydney. Que no me deje opacar por el status quo, el stablishment, el mainstream y en un acto de resistencia cultural sin precedentes me compre unas pantaletas amarillas.

miércoles, noviembre 25, 2009

Perdida en el espacio



Enumeración de cosas que me han pasado en estos días desaparecida del ciberespacio y perdida en el espacio:

1.- Subir Zion es toda una experiencia iniciática. Los oídos se tapan, en la punta de la montaña nos espera un puente flotante, otro mundo que desconocemos quienes vivimos en las tierras bajas. A la pregunta de si la experiencia iniciática se repite en la medida que se repite la subida cada dos o tres días, la respuesta es sí.

2.- Tener una experiencia iniciática cada dos o tres días es agotador, eso sí. Las neuronas no dejan de estremecerse ni un minuto, el asombro se repite con eficiente puntualidad, la cabeza se quiere salir por los oídos. La razón dice que algo debería salir de todo esto. El corazón dice que baste sentirlo.

3.- Babel es una torre virtual que flota sobre mi cabeza. Creo que fue Derrida el que dijo que era el hablante monolingüe de una lengua que no era suya. Igual yo: si quiero hablar en inglés, me salen palabras en la lengua bíblica. Últimamente sólo hablo una lengua que hablo mal. El español es el idioma del corazón y de la casa.

4.- No quiero escribir historias que se desarrollen en este país, pero cada imagen que me hace saltar una historia sólo es posible en este lado del mundo. Por ejemplo: las larguísimas llamadas desde celulares sólo viables en este país y no en mi tierra, donde las llamadas se remiten a "llámame" –fin de la llamada- o "ya voy saliendo para allá" – fin de la llamada-. En síntesis, un problema económico-tecnológico no me permite escribir el gran cuento del hombre que habla por teléfono en un autobús en otro lugar que no sea éste.

5.- Lo mejor que le puede pasar a la curiosidad es ir sentada en un autobús en un país en el que la telefonía celular es tan o más barata que la telefonía fija. Cada quien lleva su casa a cuestas, su teléfono, entonces cuando habla se cree solo, se mete en esa conversación al punto de que los demás no existen. Así, los otros se enteran de pormenores de la vida de quien habla y se produce un nuevo tipo de "voyeurismo": el telefónico. Nadie creería las cosas que he escuchado en esas conversaciones ajenas. Qué agradable que es ir recomponiendo la historia, tratando de imaginar lo que no escuchamos, un juego literario espectacular para llenar los largos viajes en autobuses.

6.- ¿Por qué será que estudiar me hace sentir culpable?

7.- Tenemos tanto perejil y cilantro en el jardín que tuvimos que armar bolsas para regalar porque ya no damos basto. Comemos y comemos y no se acaba nunca. Tendré que preparar un tabule, que sería la ensalada ultimativa de perejil, masacraría y acabaría con gran parte del excedente.

8.- Tenemos en el jardín otra hierba que no sé cómo se llama en español. ¿Será estragón? Me acerco a un punto en el que sé cómo se llaman las cosas en este idioma y no en el mío. Pero es que en español nunca tuve la oportunidad de ver el estragón, prácticamente nunca lo comí. Mi cultura culinaria en español es escasa.

9.- La teoría del excedente de población para explicar la inmigración europea de 1880 a 1850 a América Latina me parece un gran hallazgo. Bueno, pero no soy experta en el tema.

10.- En 1880, más o menos, llegaron los padres de mi abuela a un pueblo ínfimo del oriente venezolano. Vinieron de Córcega, sus ancestros más lejanos habían sido criadores de palomas. ¿Por qué llegaron allí precisamente?

11.- Leer, leer, leer. De todo: inmigración, hiperacusia, historias de instrumentos musicales, lenguaje, identidad, ballet, hadas y brujas, Diamela Eltit, Mario Bellatín.

12.- No escribir nada. O casi nada.

13.- Descubrí que puedo sacar cincuenta libros de la biblioteca de la universidad. CINCUENTA !!

14.- Hay un cuento mío en "Domingos de ficción" de Prodavinci. Clic aquí.

15.- Tenemos una crema – flauta. A veces es crema, a veces es flauta. Cada mañana le digo a mis hijos: Vamos a ver qué quiere ser hoy la crema – flauta, si crema o flauta. Cuando la crema quiere ser crema, sale rosada y pastosa, cae sobre la espalda de mi niño o en la barriguita de mi niña. Esta crema – les digo – la compré cuando tú eras una bebé y cuando tú ni siquiera pensabas nacer- Es una crema enorme, rosada, con ese olor que tienen las cremas para bebés que al final terminan oliendo a pañal repleto más que a perfume suave. Cae espesa y fría sobre la piel de mis niños y es regada con vigorosos masajes por mí, contentos todos porque hoy la crema-flauta quiso ser crema. Cuando la crema quiere ser flauta, emite un ta-ta-tá cuando la aprieto y no sale. O sí, lo único que sale es el sonido, una flauta grave y desafinada que dice do-do-do. Es una crema viejísima – les digo- tiene unos cinco años y ya debe estar vencida y tal vez por eso el olor. Tal vez por eso se cansó de ser crema y quiso ser flauta. Cada quien espera su turno para tocarla, contentos todos porque hoy la crema- flauta quiso ser flauta.

martes, octubre 06, 2009

En un lugar de la Mancha


En un lugar de
la Mancha hay un
cuento mío.
Click

martes, septiembre 29, 2009

Pepinos dentados


Mi niño no come pepinos, porque los pepinos tienen dientes, mamá – me dice muy serio y convencido. Veo el pepino cortado a lo largo sobre su plato de spiderman y es cierto, las semillas son dientes de leche - delgaditos y transparentes- que nacen de una encía verde claro, casi blanca. ¿Qué le puedo decir? Pues que se coma los dientes que son blanditos. Sí, sí, hijo, el pepino tiene dientes, pero no muerde. Pero ya sé que no comerá pepino hasta que deje de verle los dientes. Y cuando deje de verle los dientes al pepino, tal vez comience a ver la realidad de una forma más realista y eso me entristece más que toda la gama de vitaminas que queda desperdiciada en el pepino abandonado en el plato. Que no coma pepino, mi hijo, y que siga mirando dientes y soles que se meten en los árboles y cambiando las palabras y hablando con metáforas. No soy una gran madre, no me preocupo en extremo por la alimentación de mis hijos, pero me preocupa que mi niño deje de ver poesía en cada palabra o deje de jugar con la comida o deje de encontrarle dientes al pepino y ojos a los panes. O que mi hija deje de contar historias con la boca llena mientras la comida se le enfría en el plato.

A veces, no lo puedo evitar y me convierto en una máquina de dar instrucciones o de negar. Come con la boca cerrada, siéntate en la silla, no tomes más jugo, no comas más pan. Me pregunto si ese será el fin último de una madre. De pronto me escucho y me aburro de mí misma, entonces dejo que los niños hagan lo que quieran para poder comer en silencio. Así como y a mi alrededor los niños están felices. Uno le habla al pepino, la otra se sirve a cada rato jugo. Uno come con las manos, la otra habla con la boca llena. Felices todos, eso sí, porque yo soy de las que les gusta comer callada y ellos son de los que les gusta comer hablando, bailando, brincando. Yo sigo callada, educando con el ejemplo, aunque nadie diría que estoy educando nada ....

Un día escuché a una niña que le decía a su madre que el sol era una naranja. La madre se encargó de recalcarle que el sol PARECIA una naranja... " porque tu y yo sabemos que en realidad es el sol, ¿verdad?" – decía la madre, con tono preocupado. En estos días mi hijo vio un tren azul cobalto y dijo "azul lluvia, mamá". Desde entonces existe en la gama de nuestros colores el azul – lluvia. Una "madre sensata" habría dicho: "todos sabemos que la lluvia no es azul, hijito, es sólo que ese color se PARECE al de las nubes cuando llueve" . A mi me parece insensato explicar que la lluvia no es azul, que el sol no es una naranja, que el pepino sólo tiene semillas y no dientes.

Creo que el fin último de una madre no es convertirse en un pepino dentado para comerle la imaginación a sus hijos, pero tal vez me equivoco.

miércoles, septiembre 16, 2009

Una década y tres guerras



Casi en el inicio de este nuevo siglo me mudé a Israel. Acababa de comenzar la Segunda Intifada, con la subsiguiente oleada de atentados suicidas y sus correspondientes represalias, pero yo llegué con maleta ligera, sin prestarle mucha atención a los titulares de los periódicos que anunciaban ataques terroristas, bombas y muerte de este lado y del otro. Llegué sin lengua: no conocía otra palabra en hebreo, más que "shalom". Llegué sin historia: el judaísmo, el holocausto, el sionismo, los kibbutzim eran fábulas lejanas vistas en algún libro o película que ni siquiera podía precisar. Palabras nebulosas y desdibujadas. Nada que tuviese que ver con mis intereses o mi realidad. Yo vine a Israel como podría haber ido a cualquier otra parte, a cualquier otro país.
Mi llegada coincidió con los albores del siglo XXI, así mi visión del Israel de principios de este siglo está muy contaminada de esa visión de asombro y perplejidad que tiene todo viajero. Una visión más bien turística, un poco superficial, detenida en detalles sensoriales más que en profundidades. En los primeros meses me dediqué a deambular por calles y mercados, iglesias y ruinas, maravillándome por la historia y por la gente que a pesar de los titulares de los periódicos era feliz y guardaba esa felicidad con mucho celo. En aquellos días, me dediqué a desmentir a las noticias, a entender a esta gente que ha estado asediada durante siglos, a aprender esta lengua acorralada. Israel es un paraíso cuando uno acaba de llegar, incluso en los primeros meses: Los campos sembrados, las piedras llenas de historias, los mares disímiles, los desiertos dorados, las ciudades ruidosas, los sabores y los olores de las comidas. Si uno no se pone a revisar lo que pasa detrás de las murallas o más allá de los puestos de frontera, Israel es una maravilla.
Pero la realidad va asomando sus tentáculos aquí o allá. Mi primer choque con ella vino en forma de una caja que contenía una máscara antigás y una jeringa de atropina. Una caja recibida durante la última guerra de Irak, en el año 2003. La caída de las torres gemelas, tiempo después de mi mudanza a Israel, significó también la caída de mi visión ingenua de la realidad. Aunque veíamos la guerra del Golfo por la televisión, como el resto del mundo, debíamos tener a mano las máscaras antigás por si a Irak se le ocurría lanzar alguna bomba química por estos lados. Si alguien me hubiese dicho que habría una máscara horrible para mí descansando en una caja y esperando ser usada, nunca lo hubiese creído. Un video con las instrucciones para su uso se repetía constantemente en la televisión y yo me preguntaba si la caída de los grandes relatos que pregonó la posmodernidad no había significado también la caída de los fanatismos y de las posibilidades de guerras o conflictos bélicos de cualquier tipo. Al parecer los filósofos se habían equivocado o tal vez fui yo la que entendió mal todo. Terminó esa primera guerra televisada y guardamos las máscaras sin haber tenido la necesidad de usarlas. Dentro de sus cajas, quedaron perdidas en lo más recóndito del closet. Así como dentro de la memoria, el episodio quedó borroneado por la cotidianidad. Sin embargo, la guerra interna seguía manifestándose a través de atentados y bombardeos aquí y allá.
La siguiente guerra, a mediados de esta década, me encontró más endurecida. La lluvia de cohetes Qassam que caía con frecuencia en mi lugar de trabajo y sus alrededores, me sirvió para no asombrarme con la lluvia de cohetes que tuvo lugar en el verano del 2006 en el norte del país y que desencadenó la segunda guerra del Líbano. Esta década que se inició con la Segunda Intifada ha estado signada por una violencia continua que de alguna manera ha sido asimilada por la gente como un hecho cotidiano. Pero también hay quienes la niegan: para algunos Gaza o Beirut están tan lejos como Kabul. Sea como fuere, el común de la gente suele aferrarse al día a día, una de las mejores armas que posee el israelí en contra de una realidad que generalmente le es adversa. Y yo, aunque siempre me pregunto si es justo que la rutina no se rompa en situaciones bélicas, no niego que también hecho mano de este recurso, este refugio antiaéreo personal.
La realidad israelí conjuga de una manera asombrosa la tranquilidad del día a día con la violencia bélica y la intolerancia religiosa. Y con el paso de esta década está mezcla disímil se ha ido afianzando: por un lado hay una guerra enmascarada que se traduce en atentados palestinos y represalias israelíes, con sus altos y sus bajos; por otro lado la gente sigue trabajando, viviendo, tratando de ser feliz, las calles llenas, las playas, los niños en todas partes. Es difícil, para quien no está acostumbrado, vivir o entender esta dicotomía.
La tercera guerra se produjo a algunos kilómetros de mi casa. De tanto pasar cerca de los bunkers y los refugios, no se hace extraña la idea de que algún día deban ser usados.
Yo desconozco otro Israel que no sea este, el de esta década signada por tres grandes conflictos bélicos y sus repercusiones a nivel moral, social y económico. Me suenan a cuentos de ciencia ficción las historias de amigos israelíes contemporáneos conmigo, esas en las que ellos, de niños, solían ir a pasear con toda la familia cada sábado en la mañana por Gaza, se bañaban en sus playas, comían el mejor pescado del mundo en sus restaurantes, compraban frutas y vegetales en sus mercados. Las historias de la gente mayor me parecen mitos fundacionales. Y cada vez escucho más voces disidentes entre mis estudiantes que acaban de salir del ejercito, un porcentaje cada vez mayor de ellos hacen lo imposible por no enrolarse o van como quien se entrega a un castigo. Creo que esta década se ha encargado de apagar los ideales de paz y las esperanzas de mucha gente. Cada vez más personas añoran épocas pasadas en las que la paz parecía más posible.
Mi visión de Israel también ha ido fluctuando hacia el desencanto, aunque ahora mi maleta ya no está tan vacía: He ido incorporando la lengua, la historia y de pronto me descubro emocionada por ciertas canciones, ciertos lugares, ciertas leyendas, ciertas palabras y ciertas personas interesantes de este país. Ya no es la emoción de lo extraño, la curiosidad turística o antropológica, sino el amor por lo cercano, el gusto de reconocerse en las cosas y objetos, la identidad, la nostalgia incluso. Mi relación con Israel es de amor y desencanto a un mismo tiempo.



(este texto salió publicado en la edición del Nuevo Mundo Israelita de Caracas esta semana)

sábado, septiembre 05, 2009

De jardines y desvíos


En "500 ejemplares", el mejor blog venezolano de crítica literaria, acaban de publicar una reseña de mis jardines. (la ilustración de este post la tomé de allí)

Y en la página de Enrique Vila-Matas, mis desvíos!
¡No me puedo quejar!

martes, septiembre 01, 2009

Cajas, estaciones, ojos


Parece mentira que yo me alegre porque al parecer va pasando lo peor del verano y nos encaminamos a ese otoño aún caluroso de esta parte del mundo. Yo, que soy fanática del calor ... Pero así es: estoy alegre de sentir ese rayito de fresco en las mañanas, esas mañanas más oscuras, esos días menos crispados, ese calorón que se va yendo, aunque nadie, sólo yo, lo sienta. Los demás me miran como si estuviera loca porque ya no prendo el aire acondicionado o le compré zapatos deportivos a mis hijos para que ya dejen de usar todos los días sus sandalias.

Últimamente los cambios estacionales siempre me alegran. Bueno, todos menos el paso del otoño al invierno. Del resto, me alegro porque de pronto llegan las flores, o el aire huele de otra manera, o porque el sol comienza a tostarlo todo, o porque el calor se va disolviendo. En Venezuela, donde no hay estaciones –lo aclaro para mis 2 lectores interestelares- lo único que se espera es que llueva para que el calor se aplaque o que deje de llover de una buena vez.

Últimamente los cambios estacionales también me llegan junto a cajas grandes o pequeñas del correo. El invierno vino junto a una caja forrada en tela blanca que traía 36 jardines, mis libros. Me preguntaba en ese entonces, con ese frío blanco y mientras destrozaba la tela blanca también que cubría la caja, a quién podría darle yo esos libros. Sorprendentemente, los fui dando aquí, allá, por correo o de mano en mano, y me quedé sin nada. Bueno, con uno sólo, el mío, que procuro no leer pero que de vez en cuando hojeo.

La primavera me trajo libros de amigos internéticos. Amigos de esos que uno nunca ha visto, pero que lee en la web. La primavera me trajo sus libros y una felicidad inaudita de flores abriéndose.

El verano me trajo otro libro de una escritora a quien si conocí personalmente y con quien quedé maravillada por toda la belleza que irradia y por su sabiduría.

Este pre-otoño me llegó con una caja llena de 20 jardines más y 12 libros de un poeta venezolano olvidado, quien –además- es primo de mi mamá. O debería decir "fue" porque murió sin que yo llegase a conocerlo.

Veo en sus fotos los ojos que se repiten en varios miembros de la familia. Ojos italianos o franceses, de Córcega en todo caso. Ojos que me estremecen, porque aunque nunca los ví en persona o no los recuerdo, me son infinitamente familiares. Si estuviese vivo y me lo encontrara en la calle de casualidad, hubiese sabido inmediatamente que formaba parte de mi familia materna.

Ahora comienzo a leer sus libros y a meterme de manera oblicua en su historia, que en algunos puntos es también la historia de la familia. Porque no sólo reconozco en sus ojos a otros ojos familiares, sino que algunas de sus palabras me remiten a los mitos de mi abuela, a esas historias contadas entre tías, a algunas frases de mi mamá, a una manera de relacionarse con el mundo que se repite como sus ojos, con leves diferencias de color o tamaño, aquí o allá.

Agradezco al azar la suerte de que me haya tocado hacer una antología de su obra porque leerlo es toda una experiencia de descubrimiento literario y genealógico.

domingo, agosto 30, 2009

Miuzic!!


Escribir es también hacer música.

En estos días leí "Perros Héroes" de Mario Bellatín y encontré cierta música. Pero también encontré ripios.

Música: capítulos cortos a la manera de Agota Kristoff. Otra vez una narración en presente que otorga al relato cierta urgencia de cosa recién ocurrida. Cierta rapidez de semifusas. (?)

Ripios: Si uno escribe corto, creo, no se puede ser muy redundante. Sin embargo encontré repeticiones innecesarias y un cierto descuido en el lenguaje. Me encontré a mi misma corrigiendo. Taché en dos o tres oportunidades palabras que estaban demás. Repeticiones que no eran música, sino descuidos, como un viejo tocadiscos cuya aguja se queda pegada en surco o peor. No como Thomas Bernhard con su estilo repetitivo extremo y muy apropósito. Música, sin lugar a dudas, Bernhard.

Sin embargo, Mario Bellatín es un autor de moda, de ruptura, de instalaciones y demás. Y la verdad es que si: en un sentido "Perros Héroes" se siente cierta ruptura. Aunque la verdad, yo siempre dudo si se debe hablar de "rupturas" luego del Quijote, pero bue ...

En otro sentido, tenía demasiadas coincidencias estilísticas (y otras cuantas de contenido) con la trilogía de Agota Krsitof, escrita a mediados de los 90 del siglo pasado. Es más, se me confunde una escena de un niño en el hospital que recibe un álbum de perros heroicos con otro niño en un hospital que mira cada sábado como todos los niños son visitados por sus padres menos él.

A pesar de todo, a mi me gustó "Perros Héroes" por su historia y su ironía. Una metáfora del futuro de América Latina.


(Estoy desempolvando viejos post no publicados antes en los que no hago más que hablar paja sin profundizar en nada, porque este verano me tiene súper ocupada y casi no he podido dedicarme a este blog. A mis cuatro lectores, mis disculpas)

lunes, agosto 17, 2009

De la madre



A mí, particularmente, no me gusta para nada la psicología y sus explicaciones del mundo. Cosas que parecen traídas de los pelos como, por ejemplo, que si un niño se hace pipí en la cama, tiene problemas fálicos o algo por el estilo. Siempre recuerdo una mañana que mi hermana amaneció nadando en un charquito amarillo (cuídate de la nieve amarilla, diría Zappa) y dijo que había soñado con un baño precioso y pasó por lo menos 15 minutos describiéndolo. Yo la escuchaba embelezada. Mi hermana se hizo pipí en la cama a sus 6 o 7 años porque tenía ganas de hacer pipí y había soñado con un baño tan bello que bien merecía la meada. Ese sueño representaba su necesidad del momento, diría otra rama de la psicología, tal vez sea esa la psicología que prefiero. Sea como fuere, evito leer artículos muy psicológicos porque no me gustan y porque yo soy de las que cuando lee algún manual de medicina voy sintiendo todos los síntomas de la enfermedad y cuando leo un artículo de psicología voy enloqueciendo paulatinamente.

Cuando era niña leí con minuciosidad una enciclopedia de medicina familiar que había en mi casa y llegué a la conclusión de que yo era maniaco-depresiva, y además sufría de una versión incurable de la enfermedad del sueño, esa trasmitida por la mosca tze-tze. Me imaginaba que en alguna de mis correrías por el jardín –en momentos en que la maniacodepresivez me llevaba a la euforia- se me había acercado una mosca de esas, verde y gorda, que emitía un "tze-tze-tze-tze" continuo y me había inyectado su veneno a través de una picada microscópica que casi no pude ver en mi piel. Pero de los síntomas de la enfermedad si que sabía: una perpetua flojera, unas ganas de quedarme suspendida en un columpio movido por el aire por horas sin que ninguna parte de mi cuerpo se moviese. Y, además, ese ir de la risa al llanto con una facilidad pasmosa. Así, maniaco-depresiva y con la enfermedad del sueño atravesé también mi adolescencia y ahora esta "adultez". En síntesis, que todavía no se me han pasado las enfermedades que me contagio ese libro, por eso no quiero leer nada que tenga que ver con los procesos mórbidos del cuerpo o del espíritu.

Pero por más que evite esta clase de libros, sus palabras a veces vienen escondidas en otros tipos de envases. El huso, por más que el rey lo esconda, termina puyando a la princesa. Así fue como en algún blog u otro sitio de internet, me encontré con esta cita de Freud:

"El matrimonio mismo no queda garantizado hasta que la mujer no ha conseguido hacer de su hijo su marido y actuar con él como su madre"

Qué pesadilla. Recordé de inmediato a algunas parejas viejas en las que la mujer es una madre abnegada y el esposo un hijo cómodo y juguetón. O, peor, otras parejas viejas en las que la mujer es una madre regañona y el marido un hijo distraído y travieso. Un frío me recorrió todo el cuerpo, a pesar de este verano extra caliente, y cerré la página en la que leí tan nefasta frase, me desconecté de internet, apagué la computadora, la desenchufé y bien hubiese querido desarmarla y meterla en una caja, pero no hay que exagerar.

Entonces caminé hasta mi cuarto y vi a mi marido echado en la cama, mirando en la tele una serie cómica, muerto de la risa. Y me dije a mi misma: maniaco-depresiva, con la enfermedad del sueño y ahora madre de mi marido, es demasiado. Así que lo vi con mala cara y le grité:

- No quiero ser tu madre!

El pobre no entendía nada, me miraba y me miraba como diciendo "¿y quien quiere que seas mi madre?". Contestando a su mirada, añadí:

- Es que Freud dice ...
- Ah! No, no, no! Freud a esta hora no, por favor...
- ... que el matrimonio sólo queda garantizado...
- ... que ya está a punto de comenzar "Avatar" ...
- cuando la mujer consigue ser la madre de su esposo ...
- ¿Qué?
- Ser tu madre...
- Bueno, con tal de que me des a luz frecuentemente ...
- ...

martes, agosto 11, 2009

Volver a Piglia



Estoy releyendo a Piglia.

El verbo "releer" suena muy mal, porque es como si uno ya se hubiese leído todos los libros del planeta y ahora se dedicase a "releer" algunos muy selectos. Y la verdad es que yo no he leído tantos como para darme el lujo de "releer" ninguno. En lugar de eso, debería ponerme a leer por primera vez (y tal vez única) algunas obras claves de la literatura universal, en lugar de pretenciosamente "releer" a Piglia.

No diré "releer", pues, que yo no estoy para "releer" ni una receta de cocina.

Entonces digo: he vuelto a leer a Piglia.

Y he recordado por qué en una época dedique tanta fuerza, horas, cafés y cigarros (fumaba, en ese entonces) a escribir una tesis sobre él. Una tesis que me parece sumamente infantil y pretenciosa y de la que no recuerdo haber escrito ni una palabra. La (h)ojeé en estos días y me pareció escrita por una extraña. Así como cuando de pronto, y de puro ocio, nos ponemos a revisar los números de teléfonos en la memoria del celular y encontramos nombres totalmente desconocidos. Pero, ¿quiénes son estos? ¿Cómo los conocí? ¿Cuándo siquiera escribí sus nombres y números en mi teléfono? A mí me suele pasar. Todavía tengo un "David E." que no logro identificar. Años mirando su teléfono y su nombre sin poder saber ni dónde ni cómo.

Así, en ese estado de memoria, mi tesis me parece escrita por una extraña y disfruto de Piglia como la primera vez.

Prisión perpetua es una obra maestra de la literatura universal. Después de que la vuelva a leer, la volveré a leer, la volveré a leer, la volveré a leer.

Piglia es un teórico de la ficción, de la pasión pura del relato. Contar, para él, es como una especie de actividad metastásica en la que una historia lleva a otra y a otra. Una historia produce otras historias. Los motivos se agrupan y reagrupan de forma aleatoria, se reproducen aunque nunca llegan a ser los mismos del todo, se conectan y desconectan. Prisión perpetua es una especie de laboratorio de la ficción. La ficción claustrofóbica.

Es el trabajo meticuloso de la forma lo que me convierte nuevamente en fan de Piglia: ese tejido fino que hay detrás de un libro lleno de pequeñas anécdotas, microcuentos que se van conectando, voces escuchadas de lejos, a veces distorsionadas. La maravilla de la composición aleatoria, en la que un motivo va reapareciendo en historias sucesivas, pero disímiles. Porque la literatura no es sólo contar, no es sólo la frase corta y el despojo como piensan algunos, es también un juego con la musicalidad, la repetición, el azar y el orden de la anécdota y de las palabras. Narrar es también hacer música.

Vayan, mis queridos cuatro lectores, a leer o a releer o a leer nuevamente a Piglia.

No se puede comprender la literatura contemporánea en español sin Piglia. La verdadera literatura, digo. No la información ni la imitación bien escrita que no paran de publicar las grandes editoriales.

Después de leer tanta cosa mala promocionada como "audacia narrativa" o tanta narración de frase corta y poco adjetivo imitando un estilo norteamericano sin tomar en cuenta la lengua en la que se escribe (lo que en inglés suena contundente, en español suena a carencia), después de tener que abandonar tanto libro malo por la mitad, vuelvo a Piglia.

La ilustración es de Mark Weaber