La estación de autobuses es gris y muy grande. Lugares comunes del tránsito y sus domadores. La urbe se abre como un castillo lleno de malos tratos y baratijas. Cuantas veces perdí mis monedas a cambio de sus raídos espejos o su ropa plástica sin posibilidades de cambio. En ese templo de lo estrafalario venden las gorras y las camisas que sobraron de una olimpiada del 2004. ¿Qué oscuro flujo de barcos, trenes, manos, cajas, trámites, billetes debajo de la mesa trajo hasta esta costa del Mediterráneo en el año 2011 las sobras de los juegos olímpicos de Atenas del 2004? ¿Cuál será la procedencia de las demás baratijas, más allá del obvio madeintaiwan?
La urbe se abre como una feria llena también de fenómenos. Damas en-bigotadas compran perritos que ladran a pilas para llevarle al niño que las espera en casa. Señoras filipinas en cardúmenes comen en Mc Donalds. Chicas muy rubias compran una botella de vodka y una lata de Red Bull, encienden cigarros y miran con ojos corridos. Un soldado se come una salchicha, tembloroso. Un religioso con peyes y joroba asusta a una niña. Un drogado derrama su café, ya frío, ante los ojos pasmados de la mujer que espera el autobús, esa que abraza fuertemente su cartera porque es latinoamericana.
Una vez una horda de neonazis aterrorizó a todos los extranjeros en la estación de autobuses mientras anuncios en altavoces ofrecían piercings o libros en idish usados. ¿Qué oscuros tratos y malos momentos trajeron a esos libros en idish hasta este fortín de lo rechazado? ¿Qué extraña negociación convirtió a esa horda en perseguidores perseguidos?
Nunca he tenido la "ventura" de vivir en una ciudad y suelo llegar hasta ellas por sus puertas traseras. Ese despeñadero que los citadinos en su casi mayoría desconocen. Eso que no puede ser urbe porque allí la urbanidad es palabra extranjera que no significa nada. Menos que un ruido. Reductos de lo tosco, lo rústico, lo ilegal, lo que no acepta ninguna norma. El billete pasado debajo de la mesa. El baño usado para intercambios sexuales. La pacotilla. Las apuestas.
La colilla apagada en los restos de café turco
Y yo, la extranjera, la que lleva la cartera apretada contra el pecho porque es latinoamericana, la que se come un sanduchito frío sentada en el pretil de algún matero, no puedo dejar de pensar que ésta es mi literatura urbana. Si escribo sobre ciudades no puedo escribir sobre el hombre solo y anónimo sino sobre el apelmazamiento de desechos.
Los viejos libros en idish, las gorras de Atenas 2004, el religioso con su joroba, la niña que grita.
2 comentarios:
Encuentro que la indiferencia de la urbe es el mejor lugar para estar con uno mismo.
Excelente texto, Liliana. Tus descripciones son impecables.
Me encanta que te parezcan impecables mis descripciones!
Gracias!! :-D
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