En algún punto de su diccionario de semiótica, Umberto Eco se queja de la falta de bases de una teoría que en este momento no recuerdo cuál es y decreta que lo mejor que se puede hacer con ella es agarrar las hojas sobre las que está escrita y liarse un cigarrillo de marihuana. Si, señores, mejor háganse un joint con ese papel. Una lumpia.
Tal vez yo deba escribir un diccionario de semiótica para poder decir lo mismo y con las mismas palabras sobre ciertas teorías aburridas y repetitivas. Ciertos trabajos que parecen ideados por la misma mente. Una mente enorme a la que están conectadas miles de cabecitas de académicos en el mundo. Esos mismos señores que se encuentran en cada congreso y se congratulan los unos a los otros. Se me ocurre, aunque la verdad es que no lo sé porque yo no voy a congresos y cuando se habla de ayuda económica para asistir a este tipo de reuniones en diversas partes del planeta, yo – para mis adentros- pienso que lo mejor sería que me ayudaran a pagar el pasaje de autobús para la universidad que queda a una hora y algo del campo en el que vivo.
Si, soy la prima campesina que está un poco coleada en ese asunto, que hace un doctorado sólo para responderse preguntas que nada más le atañen a ella. Tal vez por eso no puedo sugerirle a nadie que se arme un joint con el papel en el que están escritas ciertas teorías y tengo que sentarme a escribir un proyecto con un lenguaje tan serio y tan explicativo que no se puede creer que sea mío. A mi no me gusta explicar nada, a mi me gusta repetir hasta la saciedad las mismas palabras, a mi me gusta la sintaxis viciosa y circular, a mi me gustan los sonidos, el canto de una coma descolocada, la decencia de un punto-y-coma, la orfandad del punto-y-aparte. Me niego a poner tres puntos suspensivos porque quien ha dicho que el suspenso se cuenta de a tres. Me niego a poner un punto luego de un signo de interrogación porque creo en lo definitivo de ciertas preguntas.
¿Cómo voy a poder escribir una tesis, yo que no puedo mandar a mis lectores a que se hagan un charuto con el papel de ciertas teorías aburridas y repetitivas?
¿Cómo voy a escribir una tesis, yo que tengo como principio estético dejar todo inconcluso, a medias, suspendido?
¿Cómo voy a escribir una tesis, yo que soy la maestra de los desvíos, que nunca hablo claro, que pienso con una sintaxis tan enmarañada como mis cabellos?
La tesis que yo debería escribir tendría que ser una hermética autobiografía, filosófica, experimental, escrita a medias, que contara por qué de pronto el espacio se me hace un problema cuando escribo.
Algo así como esa fascinante novela de autoficción lingüística erróneamente leída como un ensayo: "El monolingüismo del otro" del enrevesado poeta argelino Jacques Derridá.
Derridá era judío, pero sus padres no hablaban la lengua de sus antepasados, sino el árabe argelino. Derridá, desde niño, no hablaba la lengua de sus padres, sino el francés argelino. "Soy el hablante monolingüe de una lengua que no es mía" es la frase que abre esta apasionante novela de desarraigo y pérdida. El francés es la lengua que la colonia francesa ha impuesto a Argelia, pero el francés-argelino no es el francés de Francia. La única lengua de Derridá es una lengua que no le es propia por un lado y que a la vez no es considerada como pura en la metrópolis.
Y de este drama particular, el enrevesado poeta argelino da cuerpo a una teoría de la propiedad de las lenguas, de la marca y la memoria de la lengua, de la necesidad de inventarse una lengua para poder referir lo propio. Teoría que es citada y recontracitada por todos esos señores que en los congresos se congratulan los unos a los otros y escriben aburridas páginas sobre colonialismos, migraciones, exilios. Páginas que tendrían más utilidad si con ellas se pudiesen liar cigarrillos de marihuana, pero ni eso.
2 comentarios:
No puedo superar el elogio de Lena al soñarte. Me atengo a mis limitaciones: ¡esto es precioso!
Mil gracias, Corina! Limitaciones nada, tu elogio lo dice todo y me halaga enormemente!! Un beso!!
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