Muy temprano en la mañana, aún sin abrir los ojos, siento la mirada de S. sobre mí. Que sus sueños le dijeron que la vida era un sueño y que ellos eran en realidad la vida – me dice. Estoy tan dormida que no puedo procesar la información, pero la frase se me va adentrando como una moneda por la ranura de una máquina oxidada que luego de un largo recorrido cae donde debe caer y acciona mecanismos, catalinas, cables, cuerdas. Abro los ojos repentina y a la vez pesadamente. Me siento como aquella máquina de títeres que se llenaba de polvo y grasa en un restaurante de una carretera que recorrí mil veces en mi niñez. Mi papá siempre decía que habíamos perdido la moneda, pero de pronto los títeres abrían los ojos y comenzaban a cantar algo que suponíamos era una canción alpina. La moneda que me lanzó mi niño con su frase parece una moneda perdida en la maraña de mi sueño, pero cuando finalmente toca el cable sulfatado que corresponde, abro una boca que parece de madera y le pregunto que qué clase de niño que aún no ha cumplido cinco años viene a despertar a su madre con esas complicaciones borgeanas. Como una canción alpina cantada por un títere antiquísimo que debería estar en un museo de juguetes en Holanda y no en la carretera de Oriente en los años 80, abro mi boquita cuadriculada, muevo mis manitos amaderadas y convoco a Calderón de la Barca:
¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; que el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Qué de tiempos sin repetir ese verso, esa canción alpina.
Mis niños. siempre me meten sus monedas imaginarias, me hacen mover los pesados dispositivos de mi memoria. Aquella máquina, aquella carretera, aquel verso.
A S. le gusta mirar las cosas siempre de otra manera. Inventa instrumentos musicales como la guitarra-flauta o la flauta 2, que es la más difícil de tocar porque no tiene orificios. S. dice que se sabe la posición de todas las piezas del ajedrez de memoria. Me las dice una a una y yo me asombro y le creo porque no me sé el orden de las piezas y porque soy su madre y creo ciegamente en todo lo que me cuenta. A S. le gusta inventar juegos de computadoras. Cuando vamos en el carro o mientras lavo los platos me va contado de qué se tratan, va pasando de una etapa a otra. Confieso que a veces me pierdo. Escucho su voz como un gorgojeo lejano. Lavo platos o manejo. Me pierdo en mis cosas. De pronto vuelvo y lo escucho decir que la etapa cuatro es la más complicada porque entonces los cocodrilos tienen muchas vidas y …. ¿Qué? – grito- ¿tiene tantas etapas ese juego?. Sí – me responde – y son cada vez más complicadas. !Ah, no! – me quejo – cuéntamelo todo de nuevo a ver si lo entiendo. Y entonces él comienza nuevamente, feliz.
¿Qué soñaste, mi hijito? – le pregunto y lo meto en mi cama. El comienza su historia y yo lo escucho y le creo. Me gusta ser la madre de sus sueños.

2 comentarios:
Qué bonito debe de ser ir siguiendo el descubrimiento, el apropiamiento del mundo por parte de los chiquilines que son parte de una... ¿Se recuerda o se confunde con el proceso propio, tanto tiempo atrás?
Creo que las dos cosas!
Publicar un comentario