Que aquella mujer tenía una extraña forma de aprender idiomas- decían ellos en medio de risas. Que había aprendido una lengua eslava de un titiritero que se instaló en la plaza de un pueblo vecino. Ella vivía en esa zona de Europa en la que las guerras, los regímenes políticos, las rencillas, las geografías, las fábulas, los mitos, el exceso de vodka hacen de dos pueblos vecinos dos países de lenguas diferentes. Todas las tardes aquella mujer se escapaba hasta aquella plaza y escuchaba al titiritero hablar en una lengua hermana de su propia lengua. Tenía 13 años. Inventaba cualquier mentira para desaparecer de su casa. Pasaba algunos controles militares o los escabullía. O tal vez ni siquiera los había. No contó detalles, sólo que estaba allí cada tarde y que de pronto la gramática de los títeres se abrió ante sus ojos como una gruta secreta. Por aquella gruta entró, de la mano de alguna fábula contada por un viejo de boca desdentada y un muñeco con lengua de madera. Luego esa lengua la llevó a otras plazas, escuelas, fábricas. Abandonó su pueblo y su primera lengua.
El hebreo lo había aprendido aquí, en una fábrica. Su vida se resumía al trabajo callado y repetitivo cada noche; y a la telenovela mexicana cada dia. Lloraba con las mismas lágrimas de sus trece años ante cada desengaño amoroso, cada trampa, cada reencuentro. Así entró también en la gramática de aquellas actrices excesivamente maquilladas, tan de madera como los títeres de su segunda lengua eslava. Sola, en su cuchitril, acompañaba su melodrama con una botellita de vodka y aquellos panes dulces rellenos con semillas de amapolas que le recordaban su infancia. Un día decidió comprar un diccionario español-ruso en lugar del vodka. Se propuso entonces aprenderse de memoria cada letra. Y así lo hizo en las largas horas de guardia nocturna en aquella fábrica de un suburbio de Tel – Aviv. Hablaba un español rebuscado, lleno de adornos, se me ocurre que traducía la estructura de sus lenguas eslavas. Poseía una rigidez de diccionario. Y todo lo aderezaba con el idioma lacrimógeno de las telenovelas latinoamericanas más tradicionales. Aquella mujer era en sí misma una mezcla de fábulas. Su hebreo pasaba por ese tamiz de lo eslavo y lo latino.
Pero a ellos eso les daba risa. Su español tan artificial. Su manera de aprender idiomas.
No supieron ver la parábola.
No supieron ver la parábola.
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