jueves, octubre 06, 2011

El abecedario del estío: N de Nómadas

Dos jesucristos-súper-stars, de esos que abundan por estos lados, llegan a la parada de autobuses en medio de la nada en la que me encuentro esperando a áquel que me conducirá a la ciudad sagrada. Campos resecos de lado y lado: el trigo ya fue cosechado y la imagen es la materialización de la palabra "devastación". La carretera brilla en el medio. Oscura y escasamente concurrida. El calor es irrespirable.

Los dos cristos hablan de sus sandalias. No son de aquellas llamadas bíblicas que suele calzar la gente de aquí, sino unas con mucha goma, cierres y correas. No combinan con sus barbas, sus cabellos desquiciados, sus franelas tostadas. Pero son extremadamente cómodas, dice uno. Que no se arrepiente de haberlas comprado en el viaje, cuando apenas tenía para comer- dice el otro. Yo no puedo evitar inspeccionar detenidamente aquellas sandalias. Las miro disimuladamente mientas me como una manzana. Me hago la que no escucha o la que no entiende. Miro las sandalias que llevo, las que decidí usar durante todos los días y en todas las ocasiones de este verano.

- En Latinoamérica – dice uno- te pueden llegar a vender un pasaje para un autobús que ni siquiera existe.

Muevo la cabeza afirmativamente. Me río. Recuerdo un oscuro autobús con destino a Caracas. El terminal de Oriente. Y, mucho más atrás, el Nuevo Circo. El otro comenta algo que no llego a entender, que no escucho por el ruido de un camión cargado que pasa rompiendo el viento detenido de aquella carretera ardiente. La conversación sigue ese rumbo: del realismo mágico a la viveza criolla. Las palabras llevan un acento acompasado, como si flotaran en un sembradío de algodón. Los cuerpos, las manos parecen bailar en un strawberry-fields-forever. Y el autobús nada que llega.

- El autobús 351 es una verdadera pesadilla – dice el otro- que te lo digo yo que acabo de pasear en todos los autobuses de La India.

Y ya lo creo, el 351 recorre todo el sur de Israel antes de llegar a cualquier parte. Digo que es cierto. Me río. Los miro. Sus barbas, sus greñas, sus franelas percudidas, sus sandalias exóticas. Dos nómadas del transporte público. Tres.

2 comentarios:

krina dijo...

Recuerdo el 351! Y su chofer me regaló una manzana cuando fui a visitarte.

LL dijo...

Eso si es verdad: el viaje es largo, pero los choferes son amables!