miércoles, octubre 05, 2011

El abecedario del estío: M de Milosz

Se sabe, o por lo menos yo lo sé, que me apasiona Polonia-1922 desde que leí El certificado de Isaac Bashevis Singer. Se sabe, además, que desde entonces vengo repitiendo que una vez viví en Varsovia, en la entre guerra. La gente que no sabe vivir la literatura me ve con desprecio. Se ríen. Piensan que enloquecí. No se dan cuenta que leer es descubrir nuestras otras vidas. Que hay libros que como espiritistas convocan fragmentos de nuestra memoria perdida.

Yo viví en Polonia, en la entre guerra. Eso me quedó claro luego de leer a Singer porque cada detalle, cada cuadra, cada zapato roto, cada café de artistas, cada personaje me emocionó hasta la médula. No sé si luego emigré a Palestina o a Siberia, pero lo cierto es que me salvé de Auschwitz.

También supe de mi vida en Polonia aquella mañana de sábado en la que me despertó el olor tan fuerte del Scholent que D. me había preparado un invierno particularmente frío. Las carnes, los frijoles, la cebada perlada estuvieron cociéndose toda la noche y en la mañana la casa estaba calada por ese olor. Olor a fiesta y a sábado. Incluso, y por qué no, olor a navidad. El aroma de la memoria. La fragancia que solía despertarme en mi oscura casa de Varsovia.

Es cierto, no he querido adentrarme en los meandros de esos recuerdos. Obligo a mi mente a detenerse en lo superficial: el presentimiento, la leve evocación, la nostalgia, la piel emocionada. Evito comer o leer más de la cuenta a Polonia. Pero siempre hay un pero. Entonces vienen las cadenas de casualidades a mover la trama a su modo, a su beneficio.

Un libro en el rincón más escondido de una biblioteca pública. La superficie mostaza de su portada. Las letras ABC estampadas en vez de alguna ilustración. Lo agarro: El ABC de Tsalka, se llama. Cómo no me lo voy a llevar si yo misma también estoy escribiendo mi ABC. Yo sé que no es idea mía esto de los abecedarios, esto de escribir crónicas, recuerdos, ficciones como si se tratase de un diccionario. En alguna parte vi videos de Deleuse hablando de su alfabeto personal, pero no había querido perderme en la red buscando otros antecedentes y filiaciones. Lo que me sorprende es encontrarlos al azar en ese libro mostaza, en ese deseo repentino de buscar autores israelíes pocos conocidos. En ese alfabeto hebreo. Y Dan Tsalka dice que tomó la idea del Abecedario de Czeslaw Milosz, ese autor polaco.

Todos los caminos llevan a Varsovia, me digo mientras leo que el abecedario es un género muy usado en la literatura polaca. Lamentablemente el único abecedario de Milosz que consigo en otra biblioteca está en polaco y hasta allí no llegan mis recuerdos.

Milosz armó su autobiografía a manera de un abecedario. Tsalka -quien también era polaco, pero tomó rumbo al Levante apenas pudo- dice que abecedarios, diccionarios y enciclopedias hay muchos, sin embargo la innovación de Milosz fue darle a su abecedario un carácter autobiográfico y a la vez no hablar directamente de sí mismo sino a través de los otros. Tsalka tomó la idea para sí. Ambos hablaron sobre sí mismos a través de los otros, a través del orden de las letras, uno con el alfabeto polaco, otro con el alfabeto hebreo. Me doy ánimos a mí misma pensando que mi mayor innovación en el género alfabético será la presencia de la letra eñe, aunque en realidad todavía no tengo idea de la palabra que usaré cuando llegue la oportunidad. Mi alfabeto es egocéntrico, eso sí: hablo de mí misma, invento sobre mí misma, me disfrazo y me maquillo yo misma. Yo, que nunca soporté la autoficción. Mientras ellos hablaron de personas famosas o acontecimientos históricos, filosofía o política, yo me dedico a redecorarme. No tengo la humildad que se requiere para hacerme a un lado. Como aquella vedette antiquísima de la televisión venezolana llamada –precisamente- "La polaca", me contoneo en el medio del escenario. No en vano pasé horas frente al espejo cuando era niña tratando de emularla.

Frustrada por no poder leer el abecedario de Milosz, sigo su pista en la red y así me entero que este año se celebran los 100 años de su nacimiento. Nació un verano como este verano en el que escribo mi abecedario, justo el día en que yo nací. Lo juro!

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