Este verano descubrí que me encantan las judías. Pero no esas judías que se comen, que yo nunca las he llamado así. Ni esas que andan por allí de sombrerito y languidez. Ni las que se extralimitan en el éxtasis y el soul.
Hablo de las judías que se leen.
Dramáticas y delirantes como la Pizarnik, quien quería sacarse la piedra de la locura en cada poema, pero lo que hizo fue abrazarla, enterrársela en lo más subterráneo de su núcleo. Y ya no puedo hablar de la Pizarnik sin recordar a Cristina Rivera Garza. ¿La muerte me da es la novela que tanto quería escribir Alejandra? Cristina, en todo caso, podría ser parte de esta lista, aunque yo no sepa si es judía. No me interesa. Más que un origen étnico o religioso, estas judías que se leen tienen una misma raíz estética. Una misma lucidez.
Destrozadas en Auschwitz como la Nemirovski. Su baile es preciso, acompasado, duele, impresiona y se presiente cada vez más aterrador. ¿Quién dijo que las descripciones exteriores, precisas y los verbos exactos eran patrimonio de Chandler o cualquier otro gringo? ¿Quién dijo que sólo la pluma masculina tiene ese rigor? ¿Quién dijo que lo femenino no es rigor? Aún antes de leerla, yo sabía que Irene era de las mías.
Masculinas como Gur. Porque a mi Batia Gur me recuerda a esas mujeres poderosas y briosas que abundan en este Israel de la insolencia. Impertinente metía su uña y su verbo en las grietas de esta sociedad que a veces se quiere a sí misma tan cuadrada. Y ella dijo, descarada, que era ese hombre que protagoniza sus novelas, así como aquel francés dijo "Madame Bovary soy yo".
Desoladas como Lea Goldberg. Siempre me ha llamado la atención que haya escrito tantos cuentos, canciones y poemas para niños si no los tuvo, si vivió encerrada con su madre hasta la muerte. Dijo que no escribir en hebreo era como no escribir nada y abandonó su lengua sin reparos. Se entregó a esta música, a este desierto, a esta tristeza. Es cierto, casi todos los grandes escritores de este país no fueron hablantes de hebreo como lengua materna, pero yo sólo la he cantado a ella. Sus canciones infantiles me acompañan en ese nuevo paso por la niñez que son los hijos.
Relenguadas como Ber. Abandonar la lengua de la infancia es abandonar la verdadera patria. Abarcar otra lengua en una comunión que no cualquiera logra para escribir lo que se tiene dentro no es poca cosa. Heredera de estas judías nómadas de la lengua, Krina Ber escribe sus historias en ese español que le pertenece. Oraciones alargadas que a mi se me ocurre vienen del polaco, pero con ritmo caribe de su Caracas adoptada.
Llevadas por el ansia de contar como Gorodischer. Angélica Gorodischer era en realidad Angélica Arcal hasta que se casó con el judío Gorodischer y tomó su apellido y se autodenominó "judía reencauchada". Impostora entre las impostoras y a mucha honra. Trafalgar es uno de esos libros a los que siempre vuelvo.
Densas, como la Lispector. Y cuando pienso en Clarice pienso en la densidad de esa novela que se abre con la visión de una cucaracha. La pasión según GH es difícil de recorrer, una lengua pesada que verdaderamente construye en el texto la clautrofóbica pasión del personaje. GH llega más allá que el Gregorio Zamza de Kafka, eso sí.
Recién descubiertas por mí, como Ginzburg. Unas líneas apenas de su Querido Miguel y ya sé de su fuerza.
Todas, o casi todas, han conocido los temblores de la multiplicidad de lenguas y la extranjería. El exilio y la dislocación.
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