Me despertó el ruido de mi propio cuerpo estrellándose contra el piso. Me despertó también un dolor inmenso y la voz de D. diciéndome que cómo me caigo así, que si acaso no sé que cuando suena la alarma hay que actuar con frialdad y premura.
- ¿Qué alarma? – le pregunté y pude ver el pavor en sus ojos.
En el cuarto blindado ya estaba E., quien obedientemente hizo lo que se debe hacer en estos casos. S. en cambio no se había despertado todavía. D. lo trajo cargado.
- Ah, esa alarma- dije y abracé a los niños.
Cuando estoy despierta sé lo que hacer, pero cuando estoy dormida mi cuerpo brinca como un gato sorprendido. El problema es la caída.
La realidad a veces nos lanza un uppercut real y no sólo metafórico. Gracias a que mi rostro es ovalado y mi barbilla roma, no necesité que me agarraran puntos, pero el dolor fue grande porque iba en dos direcciones: la física y la metafísica.
Las guerras nunca se terminan, sólo se transforman. Para sustentar esta aseveración tendría que pasearme por los recovecos de la historia universal y la verdad es que no tengo ganas.
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