La señora de vestido negro está parada frente a la pantalla sin saber qué hacer. Pone su dedo índice sobre unos de los números que están allí, pero no ocurre nada. Un dedo de uña pintada de rojo. Una mano de anillos de un oro de color raro. Ese oro antiquísimo que tiene reflejos rosados y que estoy casi segura que sólo se consigue en joyerías ucranianas. Yo estoy detrás de ella, esperando, embutiéndome de paciencia. La señora no es tan vieja, debería saber usar esta pantalla – pienso. También pienso que la señora es lo suficientemente vieja como para estar preocupada por su desempleo. Entonces me veo a mí misma en 15 años viniendo a esta oficina a oprimir los botones de una máquina infernal -que quien sabe cómo funcione- para dejar constancia de que sí, estoy desempleada; sí, no me he ido de vacaciones ni estoy fuera del país: y sí, no me he muerto todavía.
Cada principio de semana de este verano vengo a "firmar" en la oficina de desempleo. Así lo escribo en mi agenda: "Firmar", aunque desde el año pasado lo que hago es oprimir botones con números en una pantalla y luego poner mi dedo índice en una ranura que escanea mis huellas digitales. Ante toda esta modernidad, yo sigo diciendo "firmar". Me pregunto cómo llamará la señora del vestido negro y el oro ucraniano a esto que yo llamo "firmar" (¿tallar una x en la piedra?)
Lo bueno de presentarse ante una máquina tan purupupú es que uno no tiene que dar explicaciones de por qué lleva ya 6 semanas desempleada. Tampoco tiene que escuchar la oferta de trabajos miserables y aceptar alguno porque si no se enteran de que lo que uno más quiere en esta vida es vivir sin trabajar pero tener una pensioncita para poder escribir. Escribir, ese es el verdadero trabajo y el que no consta en ningún certificado ni proporciona ninguna retribución económica. A la máquina eso no le interesa: le basta saber que ese es mi número de identidad y esas son mis huellas digitales. Le dije a D que si me muero, me arranque el dedo como hacen en las películas para poder seguir metiéndolo en esa ranura, para poder seguir "firmando". Entonces me vio con cara descompuesta y no quiso seguir escuchándome. "Andá, andá a firmar, y dejáte de tonterías" (Él también lo llama "firmar")
Pero a veces sucede que la máquina suelta un papelito que no dice nada (por si acaso el desempleado es analfabeta o nuevo inmigrante, da igual) pero tiene el dibujo de un señor sentado rígidamente ante un escritorio. Entonces hay que ir a hablar con algún empleado. Explicarle que sí, que uno sigue desempleado. El empleado sabe que mi trabajo no cubre veranos, que no trabajo durante cuatro meses y no me pagan, hay varios profesores como yo que también "firman" en esta oficina. No obstante me ofrece un trabajo de secretaria en un bufete de abogados en el que buscan a alguien que hable español. Acepto – le digo. ¿Ha trabajado alguna vez en una oficina? – me pregunta. Nunca – le respondo, pero qué importa, pienso. Me ve con mala cara. ¿Pero usted comienza a dar clases nuevamente en octubre, no es así? – me pregunta. En noviembre – le corrijo. Me mira como pensando que el Estado se va a joder con profesores como yo. Lo miro como diciendo que no es tanta la pensioncita. Entonces déjelo así – pone punto final a nuestro duelo de miradas. Lo que no se imagina ese señor es que en los meses en los que "firmo" suelo trabajar más que nunca: escribo cuentos, novelas, proyectos de tesis doctorales. Me vuelvo una máquina de lectura, escritura, nado y supervivencia.
Señora – le digo a la señora del vestido negro y el oro ucraniano- permítame ayudarla. Le escribo su número de identidad en la pantalla, le pongo el dedo de uña roja en la ranura de la máquina, le entrego un papelito que no dice nada pero tiene dibujada una casa. Esto quiere decir – le aclaro – que todo está bien, que se puede ir a su casa.

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