miércoles, septiembre 21, 2011

El abecedario del estío: D de D.


Si yo fuera D. escribiría un cuento que comenzara así:

Nací el mismo día en que Grombowitz se fue de la Argentina.

O escribiría el cuento de su abuela jugadora de póquer, llena de joyas y pieles falsas. O de su otra abuela.

O de los salones de juegos de mesa a donde iba en su adolescencia a jugar 1914 y a tomar té. Mientras yo estaba en mi pueblo selvático tropical chiflando por el grupo Menudo, D. pasaba toda la noche y la madrugada en salones de juegos de mesa en el Buenos Aires querido de los años 80 (?) Me lo imagino caminando, delgado y narizón, con las manos en los bolsillos. Empuja la puerta para entrar, deja atrás la noche y el invierno húmedo, se interna en el salón junto a los amigos, escogen una mesa y se sientan a jugar durante horas juegos bélicos y de estrategias (y yo metida en mi casita, pegando posters en la pared, sin salir más allá de mi jardín, sólo para ir a la escuela) Aquellos salones estaban llenos de mesas con miles de juegos para escoger: TEG (técnicas y estrategias de guerra), Espionaje, Mil Millas, Petrodólar y 1914, el mejor juego que se haya inventado nunca -en palabras de D. Tomaban té, cocacola y tostados. No se jugaba a plata sino por el honor. A las siete de la mañana del siguiente día, cuando salían a la calle nuevamente, muchas amistades se habían roto sobre los mapas, las cartas y las fichas de los juegos porque "ningún juego es un juego".

Todo lo que me cuenta D a mi se me transforma en un cuento inmediatamente. Tal vez porque he leído mucha literatura argentina, encuentro en sus recuerdos reminiscencias piglianas, saerianas, e incluso – y por qué no- cohenianas. Pero también cosas muy de él. O será porque me cuesta creer que hayan existido salones de juego sin juegos electrónicos ni tragamonedas, aún a principios de los años 80, que apenas me lo cuenta me ubico ya no en Buenos Aires sino en algún lugar de Europa en alguna posguerra. Un salón de juegos en Polonia 1921 en el que ya se está jugando 1914.


De uno de sus cuentos nació mi novela. El cuento fue como un núcleo, que luego quedó tan transformado y a la vez tan oculto que ni él mismo lo reconoce.

Ese mapa de Maturín en la pared de la cocina parece otro cuento suyo.

Si yo fuera D escribiría un cuento sobre el día en que Grombowics abandonó la Argentina.

La Argentina.

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